En el texto del evangelio según san Lucas que se nos
ofrece hoy, contemplamos como Jesús llama a sus primeros discípulos, entre un
grupo de pescadores. Han estado infructuosamente pescando toda la noche y Él se
les acerca para enseñar, desde la barca de Simón, a la multitud. Al terminar de
hablar les pide a los pescadores que vuelvan a echar las redes mar adentro. Lo
hacen y las llenan de pescados, y se llenan también de temor. ¿Quién es éste
que en medio de nuestras desilusiones nos anima a perseverar y eso da mucho
fruto? Entonces Jesús los llama, lo dejan todo y le siguen.
En los Ejercicios Espirituales, san Ignacio de
Loyola invita a hacer elección sobre la propia vida. Se trata de liberarnos de
nuestros afectos desordenados para buscar, hallar y elegir la voluntad de Dios.
Distingue dos tipos de elección, las que son inmutables; o sea, las que se
toman de una vez para siempre –como casarse, entrar a la vida religiosa, formarse
para ser cura– y otras que luego se pueden cambiar, como quien hace reforma
dentro de la vida que ha elegido.
Estamos inmersos en una crisis mayor de todo
compromiso definitivo, cada vez menos personas se casan o ingresan a los
seminarios o a la vida religiosa. ¿Quién puede y quiere comprometerse para
siempre?
Mientras tanto, y desde hace tiempo, la inmensa
mayoría de las personas no tiene muchas posibilidades de elegir: determinadas
por el lugar de origen, por el tamaño de la billetera de su familia, se sabe
cuáles son sus alternativas posibles. Salvo alguno que otro que destaque o se
escape del montón, más o menos se sabe en qué va a terminar, atado por su
época, su rebaño, la masa que le da identidad y horizonte de sentido. Añoramos
la libertad y la autonomía, y es un bien más o menos esquivo para las grandes
mayorías.
Pero incluso entre quienes no pueden elegir qué
estudiar, a qué dedicarse, con qué ganarse la vida, siempre es posible elegir
el modo de vivir aquello que toca, amando y sirviendo como enseña Jesús, atento
a las necesidades que se observan alrededor, construyendo comunidad que
sostiene y da sentido de pertenencia, ofreciendo la propia vida para la vida de
los demás y para la felicidad propia.
Cada momento tiene sus dolores que aliviar, sus
epopeyas que acometer, sus obstáculos que traspasar. Miremos Chile. Si décadas
atrás campeaba en nuestro país la desnutrición, hoy lo hace la obesidad. Si
alguna vez la patria o el partido o alguna idea mayor podía ser motivo para
ofrecer la vida, hoy quizás un ser querido o una camiseta o una mascota lo sea.
Si antes no había escuelas ni profesores para todos los niños, hoy una buena
proporción de quienes van al colegio no aprenden bien a leer ni a escribir. Si
antes quienes migraban a nuestras grandes ciudades venían del campo, hoy lo
hacen quienes arrancan de otros países, en ambos casos buscando nuevos
horizontes de bienestar. Algunos de estos cambios se visualizan en nuestro
libro “1944-2024: 80 avances para reducir la pobreza en Chile”, el que
recomiendo como lectura para estas vacaciones. Búsquelo en el sitio web del
Hogar de Cristo, se puede descargar gratis.
Cada uno de estos dolores, epopeyas, obstáculos,
tiene una llamada inscrita. Necesitamos despertar vocaciones que las atiendan,
que perseveren en la búsqueda de soluciones y no se desanimen ante las
dificultades. El privilegio de poder elegir encierra una gran responsabilidad. Mirando
alrededor, ¿escucha alguna llamada? Todo comienza por tener abiertos los
sentidos, y escuchar en profundidad cuál es la necesidad que requiere una
respuesta instruida, convocante y generosa. ¡Adelante!
Fragmento del evangelio: “Maestro,
hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si Tú lo dices,
echaré las redes” (Lc. 5, 5)
EVANGELIO
+ Evangelio de
nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 5, 1-10
En una oportunidad,
la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios,
y Él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas
junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las
redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se
apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde
la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Navega mar
adentro, y echen las redes”.
Simón le
respondió: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos
sacado nada, pero si Tú lo dices, echaré las redes”. Así lo hicieron, y
sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse.
Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a
ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se
hundían.
Al ver esto, Simón
Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: “Aléjate de mí, Señor,
porque soy un pecador”. El temor se había apoderado de él y de los que
lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les
pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús
dijo a Simón: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de
hombres”.
Ellos atracaron las
barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.