domingo, 2 de octubre de 2022

Creer y servir

 Creer y servir (Lc. 17, 3-10)

Este domingo se nos presenta en la celebración litúrgica un trozo del Evangelio según san Lucas que no es un milagro ni una parábola ni un encuentro de sanación, sino partes de un diálogo de Jesús con sus discípulos que parecen no estar del todo articuladas.

Ante la petición “¡Auméntanos la fe!”, Jesús responde con la imagen de la semilla de mostaza. Una pequeña semilla de mostaza puede dar con el tiempo mucho fruto, sombra y cobijo (Lc. 13, 18-19). Ha dicho Jesús que el Reino de Dios es como una medida de levadura que una mujer mezcla con harina. Basta un poco de levadura para transformar toda la masa (Lc. 13, 20-21). El impacto transformador del testimonio de un grupo pequeño de creyentes logra hacer que muchas personas reciban las buenas noticias por ellos vividas y anunciadas.

Nos hace bien dejar de lado, a quienes nos decimos creyentes, otro tipo de consideraciones relacionadas con influencia, tamaño relativo respecto del total de la población, o con el poder: encontramos acá y en muchos pasajes del Evangelio una valoración positiva de los medios pobres y humildes que recuerdan a la persona de Jesús de Nazaret, cuyo principal fundamento era la fe en el amor de Dios, a quien comprendía como un padre amoroso. Y vivía profundamente aquello que creía, y eso lo hacía creíble.

La segunda parte del texto nos lleva a otro aspecto de nuestra vida creyente, la del cumplimiento de lo que se nos manda en virtud de nuestra fe: “También ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.  Recuerdo el cuento de una exalumna de un colegio de monjas que se quejaba que pocas veces le celebraban cuando tenía una buena nota o había conseguido algún logro importante en el plano deportivo, artístico o musical. “Con su deber no más cumple”, era la respuesta habitual de una de las religiosas antes ese rezongo. Hay algo de eso en este texto del evangelio: el principal reconocimiento por haber hecho algo bien, es la satisfacción de haberlo realizado.

La vinculación entre la fe que se profesa y las obras que se realizan debiera ser muy estrecha. Pocas cosas configuran más la existencia humana que las creencias, de distinta naturaleza, que se tienen. Ellas se expresan en el modo de actuar, de vivir, de alimentarnos, de rezar, de tratarnos y vincularnos con los demás y con el medioambiente que nos rodea.

Desde hace un tiempo en occidente nos encontramos sumergidos en una profunda crisis de fe. Se han disuelto las pertenencias, se han debilitados los diversos modos de participación y no están siendo del todo significativos los espacios celebrativos que expresan y sustentan la fe y los vínculos comunitarios. Vivimos una especie de orfandad. ¿A quién seguir? Tengamos el coraje de pedir, aún en medio de las más grandes dudas que nos acometen, lo que piden los más cercanos a Jesús: “¡Auméntanos la fe!”. Y reconozcamos en cada pequeño gesto de cariño, construcción de vínculos, amor, servicio, dignificación e inclusión, pequeñas semillas del Reino que esperemos den mucho fruto y transformen la sociedad entera.

Fragmento del Evangelio: Los Apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe. Él respondió: Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería.  (Lc. 17, 5-6)

domingo, 11 de septiembre de 2022

Misericordia

 Misericordia (Lc. 15, 1-32)

El texto del Evangelio según san Lucas que proclamamos hoy nos ofrece tres parábolas en las que la misericordia se nos revela como camino de salvación, encuentro y alegría. El marco de estos relatos está dado por la contraposición entre dos grupos de personas: por un lado los pecadores y publicanos – cobradores de impuestos para el imperio romano - que se acercan a Jesús para escucharlo; por el otro los fariseos y escribas, celosos custodios de la ley, que miran con desprecio al primer grupo y le reprochan en murmuraciones a Jesús que se siente a la mesa con ellos. El segundo grupo se siente superior moralmente al primero, y no puede comprender cómo es que Jesús les dedica tanta atención.

Las tres parábolas puestas en boca de Jesús – la del pastor que busca y encuentra a la oveja perdida; la de la mujer que encuentra una moneda; la del padre que abraza y hace una fiesta ante su hijo menor que vuelve a casa - son respuesta a esta contraposición de grupos que tienen una actitud muy distinta ante la novedad y frescura que trae el Evangelio. Unos parecen acogerse al rostro misericordioso de Dios y a los gestos de compasión sanadora que se les ofrecen en Jesús. Los otros parecen escudarse en la rigidez de la ley para dividir a las personas entre buenas y malas, limitando la acción de la gracia que renueva con su alegre misericordia: es lo que le ocurre al hermano mayor en el tercer relato, incapaz de sumarse a la fiesta que ofrece su papá.

El domingo pasado hemos tenido en nuestro país una elección democrática con la más alta participación en décadas. Una inmensa mayoría rechazó la propuesta de Constitución elaborada en proceso deliberativo por la Convención. Ya es historia. Ante este acontecimiento tan importante para los destinos de nuestro país también podemos reconocer distintas actitudes contrapuestas. El evangelio de hoy nos muestra un camino a seguir.

Las posibles lecturas de los motivos del resultado de la elección dan para mucho. Tenemos que intentar comprender las profundas razones detrás de este resultado tan contundente, identificando los caminos posibles de andar para seguir conviviendo como compatriotas en adelante. Ante todo, tendamos puentes de encuentro que permitan recuperar la amistad cívica y la perspectiva de comunidad y reciprocidad que posibilite seguir conversando y construyendo futuro.

La enseñanza de Jesús tiene alcance universal. Nos advierte del peligro de mirar en menos a los demás o de anteponer rígidamente la ley y las costumbres a la vida en libertad de las personas. Contra la soberbia y el orgullo se erige como camino la humildad. Contra la avaricia, la via de la generosidad y el desprendimiento, en atención a las necesidades de los demás. Contra el conservadurismo que tiene al miedo como principal consejero, la apertura a la novedad del Reino. Contra el pecado alienante y deshumanizador, un camino de conversión y conexión con el Espíritu que renueva todas las cosas. Contra la hipocresía moralizante, la alegre novedad del Evangelio. Intentemos sintonizar con ese Espíritu de Jesús que sigue revoloteando por donde quiere, anunciando buenas noticias en medio de su pueblo, profundamente arraigado en la misericordia.

Fragmento del Evangelio: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola.” (Lc. 15, 1-3)

domingo, 21 de agosto de 2022

Solidaridad

 

Solidaridad (Lc. 13, 22-30)

Solidaridad. Es esta una palabra difícil de pronunciar, y tal vez más difícil de vivir. En su definición en la Enseñanza Social de la Iglesia, dice relación con “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común”. Y el bien común refiere “al conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección”. Contra la exaltación del individualismo y la satisfacción del propio interés, la solidaridad y el bien común se erigen como principios sobre los que construir, libremente, comunidad.

Hace algunos días, el jueves 18, conmemoramos los 70 años de la muerte del Padre Hurtado, en el día nacional de la Solidaridad. Tuve la ocasión de participar de la celebración en que junto al presidente de la República, a la ministra de Desarrollo Social y Familia y otras autoridades, pusimos una rama de aromo sobre su tumba, inspirados por las palabras de Gabriela Mistral. Acompañó el gesto, la declaración explícita de hacer de nuestro país un lugar de encuentros, de abrazos, de fraternidad, de solidaridad, en los que la verdad, la justicia y la paz se encuentren. Tras el encuentro en la Tumba del Padre Hurtado visitamos por un momento dos programas del Hogar de Cristo: la Hospedería de Mujeres Ana Cruchaga y la Casa de Acogida Josse van der Rest.

Fueron encuentros llenos de esperanza y alegría.

Junto a la camioneta verde le entregamos al presidente y a la ministra algunos de los varios libros que escribió el Padre Hurtado: “Sindicalismo”, “Humanismo Social”, “¿Es Chile un país católico?”. Varios de ellos siguen siendo sumamente vigentes por más que fueron escritos en la primera mitad del siglo XX. Además les entregamos un documento elaborado por el Hogar de Cristo, titulado “Matriz de Inclusión 2022”, en el que mostramos los efectos de la pandemia en la población especialmente vulnerable de nuestro país y las brechas de cobertura a esos grupos de población ofrecidas por organizaciones de la sociedad civil y del Estado.

¿Qué es una brecha de cobertura?

La diferencia entre la atención concreta total existente y la población potencial que requiere aquellos servicios. Las brechas son enormes, y con la pandemia se han agudizado, principalmente por que han aumentado las necesidades. Si le interesa conocer el documento, puede descargarlo en la sección “Estudios e Incidencia” del sitio web del Hogar.

En el evangelio de hoy Jesús recibe una pregunta respecto de la cantidad de personas que se van a salvar. Él responde invitando a “entrar por la puerta angosta”. Esta expresión ha tenido varias interpretaciones. Algunos hablan de no tomar atajos ni el camino que parece más fácil, pero que a la larga es menos fecundo. Otros de la importancia de forjar la voluntad y la laboriosidad. Mirando las brechas en la atención de necesidades, también se podría decir que es oportuno evitar el asistencialismo, por más que algunos grupos requieran en algunos momentos asistencia y cuidado especial: se trata de desarrollar capacidades y promover la autonomía. Y, ante todo de seguir a Jesús, empaparse de sus criterios y modo de proceder.

En tiempos de confrontaciones y legítimas discrepancias, hace bien recordar a Alberto Hurtado, padre de la Patria, que nos invitó incansablemente a levantar la mirada, reconocer los dolores y necesidades de quienes vivían a nuestro alrededor y procurar aliviarlos. Pongámonos todos en el lugar de los últimos, y así juntos seamos los primeros.

 

José Fco. Yuraszeck Krebs, S.J.

Capellán General Hogar de Cristo

 

Fragmento del Evangelio: “Vendrán muchos de Oriente y de Occidente, de Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos” (Lc. 12, 15)

domingo, 31 de julio de 2022

Desapegos

 

Desapegos (Lc. 12, 13-21)

El relato del evangelio según san Lucas que proclamamos hoy es elocuente y directo: nos advierte del apego desordenado a las riquezas que puede hacer que acumulemos sin considerar lo efímero de la vida o sin que tengamos en cuenta a quienes están alrededor. Un dato que con facilidad olvidamos es que desnudos nacemos y así tal cual vamos a morir. En este paréntesis que es la vida, transitamos juntando y conectando palabras, saberes, amores, experiencias, bienes y más.

Hoy, 31 de julio, celebramos a San Ignacio de Loyola. La espiritualidad ignaciana nos enseña que seremos más felices y plenos, encontrando y poniendo por obra la voluntad de Dios. Ello se logra cuando libres de afectos y apegos desordenados, sintonizamos con la corriente liberadora y sanadora de Jesús que nos impulsa a amar y servir.

Un buen primer paso para el desapego es la gratitud. ¿Qué de lo que tienes o sabes no lo has recibido de otras personas, tus padres o tus profesores, de Dios? ¿O de los esfuerzos colaborativos de muchísimas personas? ¡Agradece! La gratitud es antídoto contra la soberbia, vehículo de humildad, posibilitadora de la generosidad.

Un segundo paso para el desapego es la conciencia de la interdependencia que tenemos unos con otros. Nos necesitamos e impactamos unos a otros, aunque no nos encontremos ni nos conozcamos. ¿Qué esfuerzos personales puedo hacer para contribuir al bien común?

Los apegos que nos atan pueden ser “riquezas” de distinta naturaleza. Una madre o un padre puede impedir que un hijo crezca y adquiera autonomía si lo ahoga con sus cuidados e impide que se equivoque o se pierda en el camino. Un trabajador social o un terapeuta puede impedir que una persona en situación de calle o con discapacidad florezca si el apoyo que le brinda es asfixiante y no le permite desplegar capacidades.

Mañana comienza el mes de agosto, que en nuestro país desde hace décadas ha sido denominado Mes de la Solidaridad, en memoria de San Alberto Hurtado. Este año se cumplen, el jueves 18, setenta años de su muerte. La fundación que lleva su nombre nos interpela con la pregunta “¿Podemos estar tranquilos?”. Esta expresión recuerda las palabras de Gabriela Mistral que acompañan la invitación a poner una rama de aromo sobre la sepultura del padre Hurtado, “que tal vez sea un desvelado y un afligido mientras nosotros no paguemos las deudas contraídas con el pueblo chileno, viejo acreedor silencioso y paciente”.

El fundador del Hogar de Cristo fue un incansable apóstol de la misericordia, y se ocupó de acoger a quienes morían de frío en las calles de Santiago, convocando para ello a quien quisiera sumarse. Decía que no podemos quedarnos tranquilos mientras haya algún dolor que mitigar. ¿Qué nuevos dolores y necesidades reconocemos a nuestro alrededor? Menciono cuatro: son cientos de miles los niños y niñas que pudiendo ir al colegio, no van; también es enorme el déficit habitacional, que entre campamentos y hacinamiento crítico llega a poco más de 600 mil familias; en situación de calle hay oficialmente casi 20 mil personas, aunque todo indica que son muchas más; el flagelo de la inflación está afectando los bolsillos de familias e instituciones.  Para aliviar tanto dolor nuestras propias fuerzas no alcanzan y entonces tenemos que sumarnos a otras personas e instituciones, tanto públicas como privadas, para reaccionar oportunamente, transformando conciencias y estructuras, y promoviendo al mismo tiempo la inclusión y dignificación.

Intentemos en este Mes de la Solidaridad desarrollar los sentidos y virtudes que el padre Hurtado vivió y nos sigue invitando a vivir: una de ellas es el desapego. Son muchas aún las necesidades y dolores que requieren la concurrencia de esfuerzos y voluntades. Pongamos al servicio del bien común aquello que tenemos, aquello que sabemos, todo aquello que hemos recibido.

Fragmento del Evangelio: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas” (Lc. 12, 15)

domingo, 10 de julio de 2022

Prójimos

Pasadas las fiestas de Pascua, hemos retomado hace algunas semanas el Tiempo Ordinario en el calendario litúrgico de la Iglesia Católica. Domingo a domingo estamos leyendo el Evangelio según san Lucas. Hoy se nos ofrece la parábola del Buen Samaritano, con la que Jesús responde las preguntas: ¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna? ¿Quién es mi prójimo?

La respuesta en forma de relato es una preciosa catequesis acerca de lo primordial de la Ley: aquellas tradiciones, mandamientos, historias, que –de generación en generación–iban configurando aquello que la comunidad reconocía como Buen vivir. Quien cumple lo medular de ello, en este relato, es el extranjero, el samaritano, que probablemente no conocía los preceptos de la Ley, pero que los vive en forma de compasión.

Esta parábola ha sido puesta como pórtico de entrada de la encíclica Fratelli Tutti del papa Francisco sobre la Fraternidad y la Amistad Social, dada a conocer hace un par de años. Vuelvo a recomendársela, querido lector, querida lectora: sigue siendo un escrito con invitaciones muy vigentes. Algunos guiños a su contenido, que busca actualizar la parábola en los tiempos que corren, dicen relación con darse cuenta de lo que le ocurre a los demás, estar con los sentidos abiertos y, cuando es menester, dedicar tiempo, detenerse. Se trata de evitar confundir lo que está bien con lo que conviene. Es también una invitación a la colaboración, a contar con los demás en sentido amplio: como el samaritano que confía al posadero el cuidado del hombre malherido al lado del camino.

Pasado el año que fue el plazo señalado para la redacción de una propuesta de nueva constitución, hemos conocido el lunes el escrito final de este esfuerzo deliberativo. Tendremos ahora un tiempo de dos meses, hasta el 4 de septiembre, para conocer en profundidad el texto y preguntarnos si es lo mejor para nuestro país. Las páginas de la propuesta no son las tablas de la ley escritas en piedra ni han sido reveladas por Dios, sino un texto que ha sido redactado por compatriotas elegidos democráticamente, acogiendo la diversidad presente entre quienes habitamos esta tierra. Como todo esfuerzo humano, es perfectible.

Me ha sorprendido de los últimos años la polarización creciente que hemos experimentado en nuestro país. Es evidente que hay divisiones y diferencias profundas entre nosotros. Las distintas aproximaciones y opiniones ante el proceso constitucional puede ser expresión de los abismos de distancia entre personas que debiéramos entender como prójimos. Es muy difícil discrepar y mirarse como legítimos otros, cuando lo que está en juego son posiciones más bien ideológicas o que tocan intereses particulares que con facilidad descuidan el cuidado del bien común. O cuando tratamos a los demás desde los prejuicios o encasillamientos, sin dialogar o provocar verdaderos encuentros. Cuando no salimos de nuestras propias trincheras que pueden enceguecernos o hacernos insensibles a los dolores de las demás personas. Hagamos, en lo cotidiano, lo que esté a nuestro alcance para que ocurra lo que anhelamos ahora y a contar del 4 de septiembre en la noche: que nos reconozcamos y tratemos como prójimos que somos, sea cual sea el resultado de la votación.

Fragmento del Evangelio:  Un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó d os denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. – “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?” - “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor. - Y Jesús le dijo: “Ve, y procede tú de la misma manera”. (Lc. 10, 33-37)