Volver a ver (Jn. 9, 1 – 41)
El
evangelio de este domingo nos presenta una de las escenas más humanas y
reveladoras de todo el cuarto evangelio: un hombre que no veía, que nunca había
visto, que no conocía la luz ni los colores, y que, de pronto, recibe la vista
como un regalo inmerecido. Jesús lo toca, lo envía a lavarse, y él,
sencillamente, se deja conducir. Y, al volver, lo hace viendo. Los encuentros y
diálogos posteriores lo llevarán a afirmar con profunda convicción su fe en
Jesús.
La
conversión a la que estamos invitados en esta cuaresma - ya estamos en el cuarto
domingo, a solo tres semanas de la Semana Santa - comienza muchas veces así:
con un gesto que no se fuerza, con una apertura humilde, con un deseo sincero
de luz, con un brote pequeño y frágil.
En
estos días en que nuestro país ha vivido un cambio de autoridades, este
evangelio se vuelve especialmente iluminador. La alternancia política a la que
nos hemos ya acostumbrado —tan propia de una democracia que madura— implica que
quienes antes eran oficialismo ahora se convierten en oposición, y viceversa.
Los roles cambian, las responsabilidades se redistribuyen, y los acentos se
modifican. Pero hay algo que no debiera cambiar jamás: la capacidad de ver. Ver la historia que nos trajo hasta aquí.
Ver al otro no como enemigo, sino como persona. Ver que compartimos la misma
tierra, el mismo sol, la misma casa común, el mismo destino.
A
veces, como en el relato evangélico, podemos quedar atrapados en cegueras que
no reconocemos: la sospecha permanente, del prejuicio, del miedo, del rencor o
incluso de la indiferencia. Y como los fariseos del relato, podemos
convencernos de que vemos más que otros. Así como la soberbia enceguece, la ignorancia
es muy atrevida.
El
desafío de este momento histórico no es sólo político; es profundamente humano.
El país es uno solo, pero quienes lo habitamos somos cada vez más diversos. Y,
en medio del reconocimiento de esa diversidad, todos necesitamos pedir lo mismo
que el ciego del evangelio: la
gracia de ver.
Ver
el valor como servidores públicos de quienes llegan, y también de quienes se
van. Ver que detrás de cada postura hay una historia, un anhelo, un temor o una
esperanza. Ver que nadie posee todo el bien, ni toda la verdad, ni toda la
solución. Ver que el país no se construye desde trincheras, sino desde
encuentros y acuerdos amplios.
Y
ver, sobre todo, a quienes suelen quedar fuera del campo visual: los que llevan
años intentando insertarse; las mujeres y jóvenes desempleados; los que viven
en las calles y correteamos de un lado a otro sin lograr una solución real; los
que están fuera del sistema escolar; los que han tenido que venir de lejos
escapando de realidades penosas; los que buscan un espacio digno para aportar al
bien común y de sus familias desde sus talentos y capacidades. Ellos también
“vuelven viendo” cuando se encuentran en una comunidad que les abre espacio.
Hoy,
más que nunca, necesitamos esa luz humilde y valiente que Jesús ofrece. Una luz
que no se impone, y que cuando nos ilumina nos transforma. Una luz que nos
devuelve la capacidad de reconocernos como hermanos, más allá de las
diferencias legítimas y necesarias. Una luz que nos recuerda que Chile es tarea
de todos, y que nadie sobra en esa tarea. Que este domingo podamos repetir, con
la misma honestidad del ciego sanado: “Señor,
quiero ver”. Y que ese deseo se convierta en un modo nuevo de
caminar juntos.
Texto breve del evangelio: “Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada” Jn. 9, 32-33
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 8, 12
“Yo
soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la Vida”, dice el Señor.
EVANGELIO
Fue,
se lavó y vio
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según
san Juan 9, 1-41
Jesús
vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro,
¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”
“Ni
él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús-; nació así para que se
manifiesten en él las obras de Dios.
Debemos
trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la
noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del
mundo”.
Después
que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre
los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que
significa “Enviado”.
El
ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.
Los
vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste
el que se sentaba a pedir limosna?”
Unos
opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”.
Él
decía: “Soy realmente yo”.
Ellos
le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”
Él
respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y
me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi”.
Ellos
le preguntaron: “¿Dónde está?”
Él
respondió: “No lo sé”.
El
que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús
hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo
había llegado a ver.
Él
les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.
Algunos
fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.
Otros
replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?” Y se produjo una
división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices
del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un profeta”.
Sin
embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que
había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es
este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”
Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero
cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a
él: tiene edad para responder por su cuenta”.
Sus
padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo
para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta
razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”.
Los
judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
“Glorifica a Dios.
Nosotros
sabemos que ese hombre es un pecador”.
“Yo
no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora
veo”.
Ellos
le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”
Él
les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren
oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”
Ellos
lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos
discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde
es éste”.
El
hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es,
a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los
pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que
alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no
viniera de Dios, no podría hacer nada”.
Ellos
le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?” Y
lo echaron.
Jesús
se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el
Hijo del hombre?”
Él
respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”
Jesús
le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.
Entonces
él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.
Después
Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no
ven y queden ciegos los que ven”.
Los
fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros
somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían
pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece”.
Palabra
del Señor
O bien más breve:
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según
san Juan 9, 1.6-9. 13-17. 34-38
Jesús,
vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la
saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole:
“Ve
a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”.
El
ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo
habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir
limosna?”
Unos
opinaban: “Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece”.
Él
decía: “Soy realmente yo”.
El
que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús
hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo
había llegado a ver.
Él
les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”. Algunos fariseos
decían:
“Ese
hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.
Otros
replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”
Y
se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y
tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un
profeta”.
Ellos
le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones?” Y lo
echaron.
Jesús
se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el
Hijo del hombre?”
Él
respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”
Jesús
le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.
Entonces
él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.
Palabra del Señor