domingo, 17 de mayo de 2026

Estaré

 Estaré (Mt. 28, 16-20)

Leemos hoy, en el relato del Evangelio que se proclama en la Fiesta de la Ascensión del Señor, que después de su muerte y resurrección, sus discípulos van a Galilea, a la montaña donde Él los había citado. El relato es sorprendentemente honesto: al verlo, se postran ante Él, pero algunos dudan. El Evangelio no disimula esa fragilidad. La fe no aparece como una certeza sin fisuras, sino como un camino que se abre en medio de preguntas, temores y vacilaciones.

No es difícil reconocernos hoy en esa escena. También nosotros, como sociedad, vivimos tiempos de incertidumbre. Hay cansancio, desconfianza, un clima social marcado por tensiones y dificultades serias para encontrarnos. Muchos miran el futuro con inquietud y se preguntan si todavía es posible construir algo común. En ese contexto, la duda no es un signo de fracaso, sino una experiencia profundamente humana.

Es precisamente a esos discípulos, que creen y dudan al mismo tiempo, a quienes Jesús confía una misión: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”. No espera que tengan todo resuelto ni que estén libres de miedo. Los envía tal como están. La misión cristiana no nace de la perfección, sino de la disponibilidad para ponerse en camino.

Conviene detenerse en el contenido de esa misión. Jesús no habla de imponer ni de dominar. Habla de bautizar, que es una palabra que significa sumergir, y de enseñar a vivir según lo que Él ha transmitido. Es una invitación a empapar de criterios, a acompañar procesos, a formar personas, a cuidar la vida en todas sus dimensiones. En un país donde tantas veces el diálogo se empobrece y la descalificación reemplaza al encuentro, esta llamada adquiere una resonancia muy concreta.

La fe no ofrece soluciones inmediatas a los desafíos económicos, sociales o políticos, pero sí propone un fundamento para afrontarlos: la dignidad de cada persona, la responsabilidad por todo otro, la convicción de que nadie sobra, el cuidado del bien común. Tal vez hoy la misión más urgente sea volver a educar en el respeto, en la escucha, en la paciencia necesaria para reconstruir confianzas.

El Evangelio culmina con una promesa que sostiene todo lo anterior: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. No es una garantía de éxito, sino de presencia. No elimina las dificultades, pero ofrece compañía y sentido para perseverar. En tiempos de desencanto, esta palabra recuerda que la historia no está abandonada y que incluso desde la fragilidad se puede seguir sembrando esperanza.

Quizás hoy ser discípulo y misionero de Jesús consista menos en hablar fuerte y más en estar presentes; menos en dar respuestas rápidas y más en acompañar con fidelidad. En medio de la duda, el Evangelio invita a no detener el camino y a confiar en que Dios sigue actuando, silenciosamente, en la vida de quienes no renuncian a servir. Es de alguna forma lo que celebraremos la próxima semana, en la fiesta de Pentecostés: el Espíritu Santo sigue animando y ofreciendo caminos de vida plena a quienes se disponen a recibirlo, aún en medio de las propias dudas e incertidumbres.

Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo Mt. 28, 20

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 16-20

Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”

domingo, 26 de abril de 2026

Vulnerables

 Vulnerables (Jn. 10, 1-10)

El Evangelio de este domingo nos presenta una de las imágenes más entrañables y exigentes de Jesús: “Yo soy la puerta de las ovejas”. No se trata solo de una metáfora piadosa, sino de una profunda declaración sobre el modo en que Dios se relaciona con su pueblo y, por extensión, sobre cómo debe ejercerse toda autoridad que pretenda llamarse humana, justa y cristiana. Con razón este domingo IV de Pascua es llamado “del buen pastor”, en el que se nos invita a orar por las vocaciones a la vida sacerdotal, y más ampliamente, por todas aquellas vocaciones que tienen como propósito el cuidado de la comunidad.

Jesús se presenta como pastor verdadero, aquel que entra por la puerta, que no fuerza, que no engaña, que no se aprovecha del rebaño. Conoce a sus ovejas por su nombre, camina delante de ellas y vela especialmente por aquellas que no podrían sobrevivir solas, las más vulnerables. En el mundo bíblico —y también en el nuestro— las ovejas más frágiles son las que más dependen del cuidado del pastor: las enfermas, heridas, cansadas, las rezagadas. El papa Francisco, cuyo primer aniversario de muerte recordamos esta semana, hablaba de que los pastores han de tener olor a ovejas: a mí me parece bueno agregar que las ovejas, en reciprocidad, tienen que tener algo del olor del pastor también.

Jesús es tajante: el ladrón viene a robar, matar y destruir; el buen pastor, en cambio, viene para que las ovejas tengan vida, y vida en abundancia. Allí está el criterio. No en los discursos, no en las justificaciones técnicas, sino en los actos concretos que permiten una vida más plena, particularmente a los más pobres.

Esta imagen evangélica ilumina con fuerza la vocación del buen gobernante, especialmente cuando se inspira en valores cristianos. Gobernar no es solo administrar cifras ni ordenar sistemas impersonales: es cuidar personas, y de modo preferente a quienes tienen menos herramientas para defenderse solas, las más vulnerables entre nosotros. El bien común no se construye cuando se protege únicamente a los fuertes, aquellos que tienen medios y herramientas para ponerse de pie por sí mismos, sino cuando se asegura que los más débiles no queden fuera del corral, expuestos a la indefensión de la intemperie. El del cuidado del Bien Común es uno de los principios que justifican la existencia del Estado, presente tanto en la Doctrina Social de la Iglesia como en nuestra Constitución.

Un gobernante que escucha la voz del Buen Pastor sabe que no basta con “cumplir la ley” si las consecuencias prácticas dejan a miles sin oportunidades reales de desarrollo. Sabe que quitar apoyos, cerrar puertas o debilitar mecanismos de protección para los más vulnerables no es neutral: es una decisión moral. Cuando se eliminan caminos de formación, capacitación o integración social para quienes no tienen alternativas, se les empuja silenciosamente a la exclusión. Y eso no es pastoreo; es abandono.

Jesús dice con claridad que Él es la puerta. La puerta no es un privilegio para unos pocos, sino el acceso para todos a la vida. Allí donde se cierran puertas a los pobres, a las personas con discapacidad, a las personas que no han podido terminar sus estudios secundarios o formarse para aprender un oficio, a quienes buscan una oportunidad para salir adelante con dignidad, no habla la voz del pastor, sino la del extraño que las ovejas no reconocen.

Como sociedad, y especialmente como creyentes, estamos llamados a discernir: ¿qué voces seguimos?, ¿qué decisiones y cambios legislativos promueven vida en abundancia y cuáles las restringen?, ¿quiénes quedan fuera cuando se toman algunas medidas? El Evangelio no ofrece recetas técnicas, pero sí un criterio irrenunciable: quien hace las veces de pastor ha de cuidar especialmente a quienes son más vulnerables.

Que la imagen de Jesús, puerta y pastor, nos ayude a exigir y a construir formas de liderazgo que no trepen por otro lado, que no se desentiendan de los más débiles, y que comprendan que el verdadero poder se mide por el cuidado y promoción efectiva de los que son más vulnerables.

Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” Jn. 10, 10

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 1-10

Jesús dijo a los fariseos: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”. Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: “Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.

domingo, 5 de abril de 2026

Al amanecer

 

Al amanecer (Jn. 20, 1-9)

“Al que madruga Dios lo ayuda”, dice el refrán. No porque el esfuerzo humano baste por sí solo, sino porque hay una sabiduría antigua en aprender a mirar temprano, cuando la luz todavía es frágil y las sombras no se han ido del todo. Así comienza también el Evangelio de Pascua: al amanecer, cuando aún pesa la noche y nadie tiene todas las respuestas. Ese detalle vuelve este relato especialmente cercano al Chile de hoy.

No faltan los nubarrones. El alza de los combustibles, empujada por una guerra lejana, pero de efectos muy cercanos, vuelve a tensar el presupuesto familiar y amenaza una meta de inflación que ya costó esfuerzo encauzar. Las decisiones que se han debido tomar —difíciles, impopulares, muchas veces inevitables— han erosionado confianzas y aumentado el malestar. Hay temor legítimo frente al futuro inmediato, y una sensación extendida de fragilidad económica que se cuela en la vida cotidiana. Todo eso es real. La Pascua no nos pide negarlo.

El Evangelio tampoco comienza con certezas económicas, políticas o sociales. Comienza con una tumba abierta y con María Magdalena, y los demás discípulos luego, que no entienden del todo lo que está pasando. Comienza con desconcierto. Con una ausencia que descoloca. Con la experiencia de que lo conocido ya no está donde se lo dejó. Y, sin embargo, ahí mismo —en ese escenario incierto— se abre paso algo nuevo.

La esperanza pascual no consiste en que desaparezcan de un día para otro las amenazas externas ni las dificultades internas. No promete estabilidad inmediata ni soluciones mágicas. Lo que anuncia es otra cosa: que incluso en contextos adversos, la vida puede abrirse camino; que la historia no está cerrada; que el futuro no queda prisionero del miedo.

En tiempos de estrechez, la tentación es endurecerse, replegarse, pensar solo en la propia supervivencia. Pero lo que brota, silenciosamente, es muchas veces lo contrario. Brota la solidaridad concreta frente al alza del costo de la vida. Brota la creatividad para sostener el empleo y el emprendimiento. Brota la responsabilidad de quienes saben que gobernar —o liderar en cualquier ámbito— no siempre significa agradar, sino cuidar el largo plazo. Brota también una ciudadanía más consciente de que las crisis globales no se resuelven con consignas simples. Eso también es Pascua.

El amanecer del Evangelio no elimina de inmediato las cicatrices de la noche, pero permite verlas con otra luz. Enseña a distinguir entre el ruido del miedo y los signos discretos de vida nueva. A no confundir impopularidad con fracaso moral, ni dificultad con ausencia de sentido. A recordar que hay decisiones que duelen precisamente porque buscan evitar males mayores.

En un país tensionado por la incertidumbre económica, la esperanza no está en negar el impacto del alza de precios ni en minimizar el desgaste social. Está en no perder el horizonte humano: en proteger a los más vulnerables, en cuidar la convivencia, en sostener la confianza básica de que el esfuerzo compartido tiene sentido. Está en comprender que los procesos serios rara vez son cómodos, pero pueden ser fecundos.

La Pascua ocurre cuando alguien se atreve a mirar el amanecer sin ingenuidad y sin cinismo. Cuando se reconoce la amenaza, pero no se le concede la última palabra. Cuando se sigue caminando, aun con dudas, porque rendirse sería aceptar que la noche manda.

Este domingo de Pascua, tal vez no celebremos desde la euforia, sino desde una esperanza sobria y responsable. Una esperanza que sabe de cuentas apretadas y de decisiones difíciles. Pero que también sabe que la vida —cuando es cuidada, compartida y asumida con verdad— termina abriéndose paso.

Al amanecer, cuando todavía no todo está claro, ya ha comenzado algo nuevo. Y en tiempos como los nuestros, eso ya es una buena noticia.

José Francisco Yuraszeck Krebs, S.J.

Capellán General del Hogar de Cristo

 

Texto breve del evangelio: “El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada”.   Jn. 20, 1

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO 1Cor 5, 7b-8a

Aleluya. Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua. Aleluya.

EVANGELIO

Él debía resucitar de entre los muertos

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: Él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos. 

Palabra del Señor

domingo, 15 de marzo de 2026

Volver a ver

Volver a ver (Jn. 9, 1 – 41)

El evangelio de este domingo nos presenta una de las escenas más humanas y reveladoras de todo el cuarto evangelio: un hombre que no veía, que nunca había visto, que no conocía la luz ni los colores, y que, de pronto, recibe la vista como un regalo inmerecido. Jesús lo toca, lo envía a lavarse, y él, sencillamente, se deja conducir. Y, al volver, lo hace viendo. Los encuentros y diálogos posteriores lo llevarán a afirmar con profunda convicción su fe en Jesús.

La conversión a la que estamos invitados en esta cuaresma - ya estamos en el cuarto domingo, a solo tres semanas de la Semana Santa - comienza muchas veces así: con un gesto que no se fuerza, con una apertura humilde, con un deseo sincero de luz, con un brote pequeño y frágil.

En estos días en que nuestro país ha vivido un cambio de autoridades, este evangelio se vuelve especialmente iluminador. La alternancia política a la que nos hemos ya acostumbrado —tan propia de una democracia que madura— implica que quienes antes eran oficialismo ahora se convierten en oposición, y viceversa. Los roles cambian, las responsabilidades se redistribuyen, y los acentos se modifican. Pero hay algo que no debiera cambiar jamás: la capacidad de ver. Ver la historia que nos trajo hasta aquí. Ver al otro no como enemigo, sino como persona. Ver que compartimos la misma tierra, el mismo sol, la misma casa común, el mismo destino.

A veces, como en el relato evangélico, podemos quedar atrapados en cegueras que no reconocemos: la sospecha permanente, del prejuicio, del miedo, del rencor o incluso de la indiferencia. Y como los fariseos del relato, podemos convencernos de que vemos más que otros. Así como la soberbia enceguece, la ignorancia es muy atrevida.

El desafío de este momento histórico no es sólo político; es profundamente humano. El país es uno solo, pero quienes lo habitamos somos cada vez más diversos. Y, en medio del reconocimiento de esa diversidad, todos necesitamos pedir lo mismo que el ciego del evangelio: la gracia de ver.

Ver el valor como servidores públicos de quienes llegan, y también de quienes se van. Ver que detrás de cada postura hay una historia, un anhelo, un temor o una esperanza. Ver que nadie posee todo el bien, ni toda la verdad, ni toda la solución. Ver que el país no se construye desde trincheras, sino desde encuentros y acuerdos amplios.

Y ver, sobre todo, a quienes suelen quedar fuera del campo visual: los que llevan años intentando insertarse; las mujeres y jóvenes desempleados; los que viven en las calles y correteamos de un lado a otro sin lograr una solución real; los que están fuera del sistema escolar; los que han tenido que venir de lejos escapando de realidades penosas; los que buscan un espacio digno para aportar al bien común y de sus familias desde sus talentos y capacidades. Ellos también “vuelven viendo” cuando se encuentran en una comunidad que les abre espacio.

Hoy, más que nunca, necesitamos esa luz humilde y valiente que Jesús ofrece. Una luz que no se impone, y que cuando nos ilumina nos transforma. Una luz que nos devuelve la capacidad de reconocernos como hermanos, más allá de las diferencias legítimas y necesarias. Una luz que nos recuerda que Chile es tarea de todos, y que nadie sobra en esa tarea. Que este domingo podamos repetir, con la misma honestidad del ciego sanado: “Señor, quiero ver”. Y que ese deseo se convierta en un modo nuevo de caminar juntos.

Texto breve del evangelio: “Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada” Jn. 9, 32-33

 

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 8, 12

“Yo soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la Vida”, dice el Señor.

EVANGELIO

Fue, se lavó y vio

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 9, 1-41

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”

“Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús-; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”

Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”.

Él decía: “Soy realmente yo”.

Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”

Él respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi”.

Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”

Él respondió: “No lo sé”.

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.

Él les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.

Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.

Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?” Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un profeta”.

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”.

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”.

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios.

Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”.

“Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”.

Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”

Él les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”

Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste”.

El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”.

Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?” Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”

Él respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”

Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.

Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.

Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”.

Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece”.

Palabra del Señor

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 9, 1.6-9. 13-17. 34-38

Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole:

“Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”

Unos opinaban: “Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece”.

Él decía: “Soy realmente yo”.

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.

Él les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”. Algunos fariseos decían:

“Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.

Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”

Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un profeta”.

Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones?” Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”

Él respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”

Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.

Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.

Palabra del Señor

domingo, 22 de febrero de 2026

Escuchar

 Escuchar (Mt. 4, 1 – 11)

El Evangelio que proclamamos hoy, Primer Domingo de Cuaresma, nos lleva al desierto donde Jesús enfrenta las tentaciones que buscan apartarlo de su misión. Ese desierto no es solo un lugar geográfico: es un espacio interior donde desaparecen los ruidos y se impone lo esencial. Cada año, la Cuaresma nos invita también a entrar allí, no para evadir el mundo, sino para comprenderlo mejor, para reencontrarnos con nuestra verdad más profunda y para avanzar hacia una vida más plena y fraterna. Las cenizas que hemos bendecido e impuesto el miércoles pasado son una invitación profunda a la humildad, y a realizar esta travesía de 40 días hasta la Semana Santa con un corazón bien dispuesto.

Hoy, muchas sociedades, familias y personas viven desiertos distintos: tensiones sociales, desencuentros políticos, fragmentación cultural, incertidumbres económicas, soledad creciente, tragedias inesperadas, como los incendios en Biobío y Ñuble. El desierto puede asustar, pero también puede ser un lugar de claridad. En el Evangelio, Jesús descubre que ninguna tentación tiene la última palabra cuando el corazón se aferra firmemente a la verdad y al amor. La Cuaresma quiere recordarnos justamente eso: que los momentos difíciles pueden convertirse en puntos de inflexión, en oportunidades para renovar la esperanza y para reconstruir los vínculos que nos sostienen.

En su carta para la Cuaresma, el Papa León XIV nos invita a asumir este tiempo de manera comunitaria. Su llamado a “escuchar y ayunar juntos” es profundamente actual. Vivimos en un mundo donde a menudo hablamos más de lo que escuchamos, donde expresamos opiniones velozmente pero con poca capacidad de comprender al otro, donde reaccionamos antes que reflexionar. Ayunar juntos significa hacer espacio para lo verdaderamente importante. Ayunar de palabras innecesarias, de juicios precipitados, de autosuficiencias, de irritaciones que nos dividen. Y escuchar juntos significa abrir el corazón para recibir al otro con respeto, con paciencia, con una disposición sincera a comprender su historia y su mirada.

Esta conversión no es solo personal. Las comunidades, los líderes, las instituciones y los sistemas que nos organizan también necesitan convertirse. No para cumplir exigencias externas, sino para reencontrar su propósito más noble: promover la dignidad de cada persona, favorecer relaciones más humanas, cuidar el bien común. Una institución se convierte cuando su estilo se vuelve más transparente, su servicio más cercano, su discernimiento más amplio, su corazón más compasivo. La Cuaresma nos invita a revisar nuestras prácticas, no para lamentarnos, sino para transformarlas.

La esperanza cristiana no es ingenua. No desconoce los dolores del mundo. Pero se atreve a ver más allá: confía en que cada desierto puede convertirse en camino, en que cada división puede abrir paso a un diálogo nuevo, en que cada fragilidad puede convertirse en el comienzo de una vida renovada. La Cuaresma no pide perfección, sino humildad y coraje. El coraje de revisar, de escuchar, de cambiar, de comenzar de nuevo. Y la humildad de reconocer que solos no podemos, que necesitamos caminar juntos.

Jesús salió del desierto fortalecido, más lúcido y más disponible para su misión. También nosotros podemos salir de esta Cuaresma con un espíritu renovado: más serenos, más atentos, más unidos, más abiertos al prójimo. Tal vez la transformación que anhela nuestro mundo comience simplemente por la decisión cotidiana de escucharnos más y de caminar juntos.

Texto breve del evangelio: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” Mt. 4, 4b


ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Mt 4, 4b

El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios

EVANGELIO

Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 1-11

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. 

Jesús le respondió: “Está escrito: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”.

Jesús le respondió: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”.

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”.

Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”.

Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Frágiles

Frágiles (Mt. 4, 25 – 5, 12)

La realidad de los incendios que en las últimas semanas han asolado a tantas familias de nuestro país vuelve a recordarnos, con fuerza y crudeza, algo que solemos olvidar: somos frágiles. En minutos, aquello que consideramos firme —el hogar construido durante años, los recuerdos familiares, la seguridad del propio entorno y sus rutinas— puede quedar reducido, literalmente, a cenizas. No hay planificación perfecta ni tecnología suficiente que pueda garantizarnos una vida sin sobresaltos. Y, sin embargo, justamente ahí, en ese despojo que desnuda nuestra vulnerabilidad, aparece una de las paradojas más luminosas del Evangelio.

El texto de este domingo nos devuelve al inicio del Sermón de la Montaña. Mateo nos presenta a Jesús subiendo al monte, rodeado de multitudes que lo buscan porque intuyen que hay en Él una palabra capaz de sostener y darle sentido a la vida. Y la primera palabra que pronuncia —la que abre toda su enseñanza— es sorprendente: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”.

¿Cómo hablar de felicidad cuando lo que experimentamos es pérdida? ¿Cómo proclamar bienaventuranza cuando tantas familias hoy se encuentran afligidas, con sus casas destruidas y sus proyectos interrumpidos? Tal vez la respuesta se encuentre precisamente en lo que hemos visto florecer en medio de la tragedia. Porque si los incendios han puesto de manifiesto nuestra fragilidad, también han revelado una fuerza más honda, más verdadera: la resiliencia tenaz de quienes, aun entre lágrimas, ya levantan los primeros muros; la solidaridad inagotable de voluntarios, instituciones, iglesias, vecinos y desconocidos que se movilizan sin preguntar nombres ni condiciones; la capacidad del país entero y sus instituciones de ponerse en movimiento para que nadie enfrente solo su dolor.

En esa corriente de compasión activa se encarnan otras bienaventuranzas del Evangelio: “Felices los misericordiosos… Felices los que trabajan por la paz… Felices los que tienen hambre y sed de justicia”. No se trata de una felicidad superficial ni ingenua, sino de aquella que brota cuando, al reconocernos pobres, dejamos espacio para que el otro nos complete; cuando, al experimentar nuestra pequeñez, descubrimos que la vida se sostiene comunitariamente; cuando, desde el corazón herido, elegimos responder con empatía y no con indiferencia.

Entre las viviendas arrasadas por el fuego he visto manos que reparten agua, jóvenes que limpian escombros y ordenan ayudas recibidas en un centro de acopio, otras personas que preparan y reparten comida, y mucho más. He visto personas que, aun habiéndolo perdido todo, agradecen estar vivas y acompañadas. En ese tejido silencioso se hace visible el Reino anunciado por Jesús. Porque la verdadera grandeza humana no reside en la autosuficiencia, sino en la capacidad de sostenerse mutuamente, de llorar juntos y de ponerse de nuevo de pie. Eso que desde la comodidad y la autosuficiencia puede caer en el olvido.

Las bienaventuranzas no son un ideal inalcanzable ni una lista de obligaciones morales: son un modo de mirar la realidad desde el corazón de Dios. Y Dios mira con ternura a quienes hoy se sienten pobres y afligidos, abundantes en sufrimiento. Mira con predilección a quienes responden con misericordia y paz. Mira y llama “felices” a quienes, en medio del dolor, mantienen la esperanza. Les invito en particular a conocer el testimonio de “don Luis Cifuentes”, como se llama a sí mismo. Vecino de Lirquén, a sus 75 años, se alegra de estar vivo y tener energía para una vez más ponerse de pie, con la ayuda de Dios y tanta gente que se ha acercado. Lo encuentran, junto a otros testimonios similares, en las redes sociales del Hogar de Cristo.

Que el Evangelio de este domingo nos ayude a reconocer —en la fragilidad expuesta por los incendios y en la solidaridad que emerge con fuerza— la presencia viva de ese Reino que ya está germinando entre nosotros. Y que nos anime a seguir siendo constructores de consuelo, justicia, paz y fraternidad. Ahí, dice Jesús, ahí está la verdadera felicidad.

Texto breve del evangelio: Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.”


EVANGELIO

Felices los que tienen alma de pobres

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25—5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. 

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.

domingo, 11 de enero de 2026

Más pobres

Más pobres (Mt. 3, 13-17)

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Y como es de suponer, en el Evangelio según San Mateo que proclamamos se nos presenta un momento trascendental en la vida de Jesús: su bautismo en el río Jordán por Juan, precisamente llamado el Bautista. Este evento no solo marca el inicio de su ministerio público, sino que también nos ofrece una profunda enseñanza sobre la identidad y el amor incondicional de Dios. Al ser bautizado, los cielos se abren y una voz divina proclama: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección".

Estas palabras de reconocimiento y amor son algo que todos necesitamos escuchar y experimentar en nuestras vidas. Nos recuerdan que somos amados y valorados por Dios, y hemos de valorarnos y querernos unos a otros, independientemente de nuestras circunstancias. Este sentimiento de ser queridos y aceptados es fundamental para nuestro bienestar emocional y espiritual.

La reciente encuesta CASEN 2024 ha revelado una realidad preocupante: la pobreza en Chile es mucho más extendida de lo que pensábamos. Cerca de una de cada cinco familias se encuentra en situación de pobreza en nuestro país. 17,3% exactamente. Les invito a mirar los resultados en el sitio del Observatorio Social del Ministerio de Desarrollo Social y Familia: https://observatorio.ministeriodesarrollosocial.gob.cl/. Cierto es que ahora la evaluamos de un modo más exigente, lo que está bien: podemos más y estos números nos mueven a hacer más. Este hallazgo nos desafía a reflexionar sobre cómo estamos cuidando a los más vulnerables entre nosotros. En un país donde la pobreza sigue siendo una herida abierta, y tiene nuevas complejidades, es imperativo que todos, especialmente los más pobres, experimenten el amor y la dignidad que merecen como hijos de Dios.

El "papá" Estado tiene una responsabilidad especial en este sentido. Debe esforzarse por crear políticas y programas que no solo alivien la pobreza material, sino que también reconozcan y valoren la dignidad intrínseca de cada persona, y promuevan su agencia y autonomía. Aquellos que sufren pobreza severa necesitan sentir que no están solos, que son queridos, que su bienestar es una prioridad para la sociedad y que ponemos los medios para que las políticas diseñadas para tenderles una mano, lleguen efectivamente a ellos.

Como comunidad de fe, estamos llamados a ser instrumentos de este amor y reconocimiento. Siguiendo el ejemplo de Jesús, debemos acercarnos a los más necesitados, ofrecerles nuestro apoyo y recordarles que son amados por Dios. Solo así podremos construir una sociedad más justa y compasiva, donde todos puedan experimentar el amor y la aceptación que tanto anhelan.

En este nuevo ciclo político que comienza en marzo, es esencial que tengamos como horizonte el crecimiento, la generación de empleo y el uso eficiente y focalizado de los recursos públicos. Solo así podremos tender una mano eficaz a aquellos que, por diversas razones, requieren ayuda para ponerse de pie por sí mismos. Que el bautismo de Jesús nos inspire a ser portadores de esperanza y amor en un mundo que tanto lo necesita.