Estaré (Mt. 28, 16-20)
Leemos hoy,
en el relato del Evangelio que se proclama en la Fiesta de la Ascensión del
Señor, que después de su muerte y resurrección, sus discípulos van a Galilea, a
la montaña donde Él los había citado. El relato es sorprendentemente honesto:
al verlo, se postran ante Él, pero algunos dudan. El Evangelio no disimula esa
fragilidad. La fe no aparece como una certeza sin fisuras, sino como un camino
que se abre en medio de preguntas, temores y vacilaciones.
No es
difícil reconocernos hoy en esa escena. También nosotros, como sociedad,
vivimos tiempos de incertidumbre. Hay cansancio, desconfianza, un clima social
marcado por tensiones y dificultades serias para encontrarnos. Muchos miran el
futuro con inquietud y se preguntan si todavía es posible construir algo común.
En ese contexto, la duda no es un signo de fracaso, sino una experiencia
profundamente humana.
Es
precisamente a esos discípulos, que creen y dudan al mismo tiempo, a quienes
Jesús confía una misión: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis
discípulos”. No espera que tengan todo resuelto ni que estén libres de miedo.
Los envía tal como están. La misión cristiana no nace de la perfección, sino de
la disponibilidad para ponerse en camino.
Conviene
detenerse en el contenido de esa misión. Jesús no habla de imponer ni de
dominar. Habla de bautizar, que es una palabra que significa sumergir, y de
enseñar a vivir según lo que Él ha transmitido. Es una invitación a empapar de
criterios, a acompañar procesos, a formar personas, a cuidar la vida en todas
sus dimensiones. En un país donde tantas veces el diálogo se empobrece y la
descalificación reemplaza al encuentro, esta llamada adquiere una resonancia
muy concreta.
La fe no
ofrece soluciones inmediatas a los desafíos económicos, sociales o políticos,
pero sí propone un fundamento para afrontarlos: la dignidad de cada persona, la
responsabilidad por todo otro, la convicción de que nadie sobra, el cuidado del
bien común. Tal vez hoy la misión más urgente sea volver a educar en el
respeto, en la escucha, en la paciencia necesaria para reconstruir confianzas.
El Evangelio
culmina con una promesa que sostiene todo lo anterior: “Yo estaré con ustedes
todos los días hasta el fin del mundo”. No es una garantía de éxito, sino de
presencia. No elimina las dificultades, pero ofrece compañía y sentido para
perseverar. En tiempos de desencanto, esta palabra recuerda que la historia no
está abandonada y que incluso desde la fragilidad se puede seguir sembrando
esperanza.
Quizás hoy
ser discípulo y misionero de Jesús consista menos en hablar fuerte y más en
estar presentes; menos en dar respuestas rápidas y más en acompañar con
fidelidad. En medio de la duda, el Evangelio invita a no detener el camino y a
confiar en que Dios sigue actuando, silenciosamente, en la vida de quienes no
renuncian a servir. Es de alguna forma lo que celebraremos la próxima semana,
en la fiesta de Pentecostés: el Espíritu Santo sigue animando y ofreciendo
caminos de vida plena a quienes se disponen a recibirlo, aún en medio de las
propias dudas e incertidumbres.
“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Mt. 28, 20
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 16-20
Después
de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la
montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin
embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido
todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos
sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo
estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”
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