domingo, 26 de abril de 2026

Vulnerables

 Vulnerables (Jn. 10, 1-10)

El Evangelio de este domingo nos presenta una de las imágenes más entrañables y exigentes de Jesús: “Yo soy la puerta de las ovejas”. No se trata solo de una metáfora piadosa, sino de una profunda declaración sobre el modo en que Dios se relaciona con su pueblo y, por extensión, sobre cómo debe ejercerse toda autoridad que pretenda llamarse humana, justa y cristiana. Con razón este domingo IV de Pascua es llamado “del buen pastor”, en el que se nos invita a orar por las vocaciones a la vida sacerdotal, y más ampliamente, por todas aquellas vocaciones que tienen como propósito el cuidado de la comunidad.

Jesús se presenta como pastor verdadero, aquel que entra por la puerta, que no fuerza, que no engaña, que no se aprovecha del rebaño. Conoce a sus ovejas por su nombre, camina delante de ellas y vela especialmente por aquellas que no podrían sobrevivir solas, las más vulnerables. En el mundo bíblico —y también en el nuestro— las ovejas más frágiles son las que más dependen del cuidado del pastor: las enfermas, heridas, cansadas, las rezagadas. El papa Francisco, cuyo primer aniversario de muerte recordamos esta semana, hablaba de que los pastores han de tener olor a ovejas: a mí me parece bueno agregar que las ovejas, en reciprocidad, tienen que tener algo del olor del pastor también.

Jesús es tajante: el ladrón viene a robar, matar y destruir; el buen pastor, en cambio, viene para que las ovejas tengan vida, y vida en abundancia. Allí está el criterio. No en los discursos, no en las justificaciones técnicas, sino en los actos concretos que permiten una vida más plena, particularmente a los más pobres.

Esta imagen evangélica ilumina con fuerza la vocación del buen gobernante, especialmente cuando se inspira en valores cristianos. Gobernar no es solo administrar cifras ni ordenar sistemas impersonales: es cuidar personas, y de modo preferente a quienes tienen menos herramientas para defenderse solas, las más vulnerables entre nosotros. El bien común no se construye cuando se protege únicamente a los fuertes, aquellos que tienen medios y herramientas para ponerse de pie por sí mismos, sino cuando se asegura que los más débiles no queden fuera del corral, expuestos a la indefensión de la intemperie. El del cuidado del Bien Común es uno de los principios que justifican la existencia del Estado, presente tanto en la Doctrina Social de la Iglesia como en nuestra Constitución.

Un gobernante que escucha la voz del Buen Pastor sabe que no basta con “cumplir la ley” si las consecuencias prácticas dejan a miles sin oportunidades reales de desarrollo. Sabe que quitar apoyos, cerrar puertas o debilitar mecanismos de protección para los más vulnerables no es neutral: es una decisión moral. Cuando se eliminan caminos de formación, capacitación o integración social para quienes no tienen alternativas, se les empuja silenciosamente a la exclusión. Y eso no es pastoreo; es abandono.

Jesús dice con claridad que Él es la puerta. La puerta no es un privilegio para unos pocos, sino el acceso para todos a la vida. Allí donde se cierran puertas a los pobres, a las personas con discapacidad, a las personas que no han podido terminar sus estudios secundarios o formarse para aprender un oficio, a quienes buscan una oportunidad para salir adelante con dignidad, no habla la voz del pastor, sino la del extraño que las ovejas no reconocen.

Como sociedad, y especialmente como creyentes, estamos llamados a discernir: ¿qué voces seguimos?, ¿qué decisiones y cambios legislativos promueven vida en abundancia y cuáles las restringen?, ¿quiénes quedan fuera cuando se toman algunas medidas? El Evangelio no ofrece recetas técnicas, pero sí un criterio irrenunciable: quien hace las veces de pastor ha de cuidar especialmente a quienes son más vulnerables.

Que la imagen de Jesús, puerta y pastor, nos ayude a exigir y a construir formas de liderazgo que no trepen por otro lado, que no se desentiendan de los más débiles, y que comprendan que el verdadero poder se mide por el cuidado y promoción efectiva de los que son más vulnerables.

Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” Jn. 10, 10

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 1-10

Jesús dijo a los fariseos: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”. Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: “Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.

domingo, 5 de abril de 2026

Al amanecer

 

Al amanecer (Jn. 20, 1-9)

“Al que madruga Dios lo ayuda”, dice el refrán. No porque el esfuerzo humano baste por sí solo, sino porque hay una sabiduría antigua en aprender a mirar temprano, cuando la luz todavía es frágil y las sombras no se han ido del todo. Así comienza también el Evangelio de Pascua: al amanecer, cuando aún pesa la noche y nadie tiene todas las respuestas. Ese detalle vuelve este relato especialmente cercano al Chile de hoy.

No faltan los nubarrones. El alza de los combustibles, empujada por una guerra lejana, pero de efectos muy cercanos, vuelve a tensar el presupuesto familiar y amenaza una meta de inflación que ya costó esfuerzo encauzar. Las decisiones que se han debido tomar —difíciles, impopulares, muchas veces inevitables— han erosionado confianzas y aumentado el malestar. Hay temor legítimo frente al futuro inmediato, y una sensación extendida de fragilidad económica que se cuela en la vida cotidiana. Todo eso es real. La Pascua no nos pide negarlo.

El Evangelio tampoco comienza con certezas económicas, políticas o sociales. Comienza con una tumba abierta y con María Magdalena, y los demás discípulos luego, que no entienden del todo lo que está pasando. Comienza con desconcierto. Con una ausencia que descoloca. Con la experiencia de que lo conocido ya no está donde se lo dejó. Y, sin embargo, ahí mismo —en ese escenario incierto— se abre paso algo nuevo.

La esperanza pascual no consiste en que desaparezcan de un día para otro las amenazas externas ni las dificultades internas. No promete estabilidad inmediata ni soluciones mágicas. Lo que anuncia es otra cosa: que incluso en contextos adversos, la vida puede abrirse camino; que la historia no está cerrada; que el futuro no queda prisionero del miedo.

En tiempos de estrechez, la tentación es endurecerse, replegarse, pensar solo en la propia supervivencia. Pero lo que brota, silenciosamente, es muchas veces lo contrario. Brota la solidaridad concreta frente al alza del costo de la vida. Brota la creatividad para sostener el empleo y el emprendimiento. Brota la responsabilidad de quienes saben que gobernar —o liderar en cualquier ámbito— no siempre significa agradar, sino cuidar el largo plazo. Brota también una ciudadanía más consciente de que las crisis globales no se resuelven con consignas simples. Eso también es Pascua.

El amanecer del Evangelio no elimina de inmediato las cicatrices de la noche, pero permite verlas con otra luz. Enseña a distinguir entre el ruido del miedo y los signos discretos de vida nueva. A no confundir impopularidad con fracaso moral, ni dificultad con ausencia de sentido. A recordar que hay decisiones que duelen precisamente porque buscan evitar males mayores.

En un país tensionado por la incertidumbre económica, la esperanza no está en negar el impacto del alza de precios ni en minimizar el desgaste social. Está en no perder el horizonte humano: en proteger a los más vulnerables, en cuidar la convivencia, en sostener la confianza básica de que el esfuerzo compartido tiene sentido. Está en comprender que los procesos serios rara vez son cómodos, pero pueden ser fecundos.

La Pascua ocurre cuando alguien se atreve a mirar el amanecer sin ingenuidad y sin cinismo. Cuando se reconoce la amenaza, pero no se le concede la última palabra. Cuando se sigue caminando, aun con dudas, porque rendirse sería aceptar que la noche manda.

Este domingo de Pascua, tal vez no celebremos desde la euforia, sino desde una esperanza sobria y responsable. Una esperanza que sabe de cuentas apretadas y de decisiones difíciles. Pero que también sabe que la vida —cuando es cuidada, compartida y asumida con verdad— termina abriéndose paso.

Al amanecer, cuando todavía no todo está claro, ya ha comenzado algo nuevo. Y en tiempos como los nuestros, eso ya es una buena noticia.

José Francisco Yuraszeck Krebs, S.J.

Capellán General del Hogar de Cristo

 

Texto breve del evangelio: “El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada”.   Jn. 20, 1

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO 1Cor 5, 7b-8a

Aleluya. Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua. Aleluya.

EVANGELIO

Él debía resucitar de entre los muertos

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: Él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos. 

Palabra del Señor