Al
amanecer (Jn. 20, 1-9)
“Al
que madruga Dios lo ayuda”, dice el refrán. No porque el esfuerzo humano baste
por sí solo, sino porque hay una sabiduría antigua en aprender a mirar
temprano, cuando la luz todavía es frágil y las sombras no se han ido del todo.
Así comienza también el Evangelio de Pascua: al amanecer, cuando aún pesa la
noche y nadie tiene todas las respuestas. Ese detalle vuelve este relato
especialmente cercano al Chile de hoy.
No
faltan los nubarrones. El alza de los combustibles, empujada por una guerra
lejana, pero de efectos muy cercanos, vuelve a tensar el presupuesto familiar y
amenaza una meta de inflación que ya costó esfuerzo encauzar. Las decisiones
que se han debido tomar —difíciles, impopulares, muchas veces inevitables— han
erosionado confianzas y aumentado el malestar. Hay temor legítimo frente al
futuro inmediato, y una sensación extendida de fragilidad económica que se
cuela en la vida cotidiana. Todo eso es real. La Pascua no nos pide negarlo.
El
Evangelio tampoco comienza con certezas económicas, políticas o sociales.
Comienza con una tumba abierta y con María Magdalena, y los demás discípulos
luego, que no entienden del todo lo que está pasando. Comienza con
desconcierto. Con una ausencia que descoloca. Con la experiencia de que lo
conocido ya no está donde se lo dejó. Y, sin embargo, ahí mismo —en ese
escenario incierto— se abre paso algo nuevo.
La
esperanza pascual no consiste en que desaparezcan de un día para otro las
amenazas externas ni las dificultades internas. No promete estabilidad
inmediata ni soluciones mágicas. Lo que anuncia es otra cosa: que incluso en
contextos adversos, la vida puede abrirse camino; que la historia no está
cerrada; que el futuro no queda prisionero del miedo.
En
tiempos de estrechez, la tentación es endurecerse, replegarse, pensar solo en
la propia supervivencia. Pero lo que brota, silenciosamente, es muchas veces lo
contrario. Brota la solidaridad concreta frente al alza del costo de la vida.
Brota la creatividad para sostener el empleo y el emprendimiento. Brota la
responsabilidad de quienes saben que gobernar —o liderar en cualquier ámbito—
no siempre significa agradar, sino cuidar el largo plazo. Brota también una
ciudadanía más consciente de que las crisis globales no se resuelven con
consignas simples. Eso también es Pascua.
El
amanecer del Evangelio no elimina de inmediato las cicatrices de la noche, pero
permite verlas con otra luz. Enseña a distinguir entre el ruido del miedo y los
signos discretos de vida nueva. A no confundir impopularidad con fracaso moral,
ni dificultad con ausencia de sentido. A recordar que hay decisiones que duelen
precisamente porque buscan evitar males mayores.
En un
país tensionado por la incertidumbre económica, la esperanza no está en negar
el impacto del alza de precios ni en minimizar el desgaste social. Está en no
perder el horizonte humano: en proteger a los más vulnerables, en cuidar la
convivencia, en sostener la confianza básica de que el esfuerzo compartido
tiene sentido. Está en comprender que los procesos serios rara vez son cómodos,
pero pueden ser fecundos.
La
Pascua ocurre cuando alguien se atreve a mirar el amanecer sin ingenuidad y sin
cinismo. Cuando se reconoce la amenaza, pero no se le concede la última
palabra. Cuando se sigue caminando, aun con dudas, porque rendirse sería
aceptar que la noche manda.
Este
domingo de Pascua, tal vez no celebremos desde la euforia, sino desde una
esperanza sobria y responsable. Una esperanza que sabe de cuentas apretadas y
de decisiones difíciles. Pero que también sabe que la vida —cuando es cuidada,
compartida y asumida con verdad— termina abriéndose paso.
Al
amanecer, cuando todavía no todo está claro, ya ha comenzado algo nuevo. Y en
tiempos como los nuestros, eso ya es una buena noticia.
José
Francisco Yuraszeck Krebs, S.J.
Capellán
General del Hogar de Cristo
Texto breve del evangelio: “El primer
día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena
fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada”. Jn. 20, 1
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO 1Cor
5, 7b-8a
Aleluya. Cristo, nuestra Pascua, ha
sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua. Aleluya.
EVANGELIO
Él debía resucitar de entre los
muertos
+ Evangelio de nuestro Señor
Jesucristo según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de
madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio
que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro
discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han
llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Pedro y el otro discípulo salieron y
fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más
rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en
el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en
el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había
cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar
aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: Él
también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él
debía resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor
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