Vulnerables (Jn. 10, 1-10)
El Evangelio de este domingo nos presenta una de las imágenes más
entrañables y exigentes de Jesús: “Yo soy la puerta de las ovejas”. No
se trata solo de una metáfora piadosa, sino de una profunda declaración sobre
el modo en que Dios se relaciona con su pueblo y, por extensión, sobre cómo
debe ejercerse toda autoridad que pretenda llamarse humana, justa y cristiana. Con
razón este domingo IV de Pascua es llamado “del buen pastor”, en el que se nos
invita a orar por las vocaciones a la vida sacerdotal, y más ampliamente, por
todas aquellas vocaciones que tienen como propósito el cuidado de la comunidad.
Jesús se presenta como pastor verdadero, aquel que entra por la puerta,
que no fuerza, que no engaña, que no se aprovecha del rebaño. Conoce a sus
ovejas por su nombre, camina delante de ellas y vela especialmente por aquellas
que no podrían sobrevivir solas, las más vulnerables. En el mundo bíblico —y
también en el nuestro— las ovejas más frágiles son las que más dependen del
cuidado del pastor: las enfermas, heridas, cansadas, las rezagadas. El papa
Francisco, cuyo primer aniversario de muerte recordamos esta semana, hablaba de
que los pastores han de tener olor a ovejas: a mí me parece bueno agregar que
las ovejas, en reciprocidad, tienen que tener algo del olor del pastor también.
Jesús es tajante: el ladrón viene a robar, matar y destruir; el buen
pastor, en cambio, viene para que las ovejas tengan vida, y vida en abundancia.
Allí está el criterio. No en los discursos, no en las justificaciones técnicas,
sino en los actos concretos que permiten una vida más plena, particularmente a
los más pobres.
Esta imagen evangélica ilumina con fuerza la vocación del buen
gobernante, especialmente cuando se inspira en valores cristianos. Gobernar no
es solo administrar cifras ni ordenar sistemas impersonales: es cuidar
personas, y de modo preferente a quienes tienen menos herramientas para
defenderse solas, las más vulnerables entre nosotros. El bien común no se
construye cuando se protege únicamente a los fuertes, aquellos que tienen
medios y herramientas para ponerse de pie por sí mismos, sino cuando se asegura
que los más débiles no queden fuera del corral, expuestos a la indefensión de
la intemperie. El del cuidado del Bien Común es uno de los principios que
justifican la existencia del Estado, presente tanto en la Doctrina Social de la
Iglesia como en nuestra Constitución.
Un gobernante que escucha la voz del Buen Pastor sabe que no basta con
“cumplir la ley” si las consecuencias prácticas dejan a miles sin oportunidades
reales de desarrollo. Sabe que quitar apoyos, cerrar puertas o debilitar
mecanismos de protección para los más vulnerables no es neutral: es una
decisión moral. Cuando se eliminan caminos de formación, capacitación o
integración social para quienes no tienen alternativas, se les empuja
silenciosamente a la exclusión. Y eso no es pastoreo; es abandono.
Jesús dice con claridad que Él es la puerta. La puerta no es un
privilegio para unos pocos, sino el acceso para todos a la vida. Allí donde se
cierran puertas a los pobres, a las personas con discapacidad, a las personas
que no han podido terminar sus estudios secundarios o formarse para aprender un
oficio, a quienes buscan una oportunidad para salir adelante con dignidad, no
habla la voz del pastor, sino la del extraño que las ovejas no reconocen.
Como sociedad, y especialmente como creyentes, estamos llamados a
discernir: ¿qué voces seguimos?, ¿qué decisiones y cambios legislativos promueven
vida en abundancia y cuáles las restringen?, ¿quiénes quedan fuera cuando se
toman algunas medidas? El Evangelio no ofrece recetas técnicas, pero sí un
criterio irrenunciable: quien hace las veces de pastor ha de cuidar
especialmente a quienes son más vulnerables.
Que la imagen de Jesús, puerta y pastor, nos ayude a exigir y a construir
formas de liderazgo que no trepen por otro lado, que no se desentiendan de los
más débiles, y que comprendan que el verdadero poder se mide por el cuidado y
promoción efectiva de los que son más vulnerables.
“Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”. Jn. 10, 10
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 1-10
Jesús
dijo a los fariseos: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el
corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante.
El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y
las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace
salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo
siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de
él, porque no conocen su voz”. Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no
comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: “Les aseguro
que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí
son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la
puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su
alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he
venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario