Frágiles (Mt. 4, 25 – 5, 12)
La realidad de los incendios que en
las últimas semanas han asolado a tantas familias de nuestro país vuelve a
recordarnos, con fuerza y crudeza, algo que solemos olvidar: somos frágiles. En
minutos, aquello que consideramos firme —el hogar construido durante años, los
recuerdos familiares, la seguridad del propio entorno y sus rutinas— puede
quedar reducido, literalmente, a cenizas. No hay planificación perfecta ni
tecnología suficiente que pueda garantizarnos una vida sin sobresaltos. Y, sin
embargo, justamente ahí, en ese despojo que desnuda nuestra vulnerabilidad,
aparece una de las paradojas más luminosas del Evangelio.
El texto de este domingo nos devuelve
al inicio del Sermón de la Montaña. Mateo nos presenta a Jesús subiendo al
monte, rodeado de multitudes que lo buscan porque intuyen que hay en Él una
palabra capaz de sostener y darle sentido a la vida. Y la primera palabra que
pronuncia —la que abre toda su enseñanza— es sorprendente: “Felices los que
tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”.
¿Cómo hablar de felicidad cuando lo
que experimentamos es pérdida? ¿Cómo proclamar bienaventuranza cuando tantas
familias hoy se encuentran afligidas, con sus casas destruidas y sus proyectos
interrumpidos? Tal vez la respuesta se encuentre precisamente en lo que hemos
visto florecer en medio de la tragedia. Porque si los incendios han puesto de
manifiesto nuestra fragilidad, también han revelado una fuerza más honda, más
verdadera: la resiliencia tenaz de quienes, aun entre lágrimas, ya levantan los
primeros muros; la solidaridad inagotable de voluntarios, instituciones, iglesias,
vecinos y desconocidos que se movilizan sin preguntar nombres ni condiciones;
la capacidad del país entero y sus instituciones de ponerse en movimiento para
que nadie enfrente solo su dolor.
En esa corriente de compasión activa
se encarnan otras bienaventuranzas del Evangelio: “Felices los
misericordiosos… Felices los que trabajan por la paz… Felices los que tienen
hambre y sed de justicia”. No se trata de una felicidad superficial ni
ingenua, sino de aquella que brota cuando, al reconocernos pobres, dejamos
espacio para que el otro nos complete; cuando, al experimentar nuestra
pequeñez, descubrimos que la vida se sostiene comunitariamente; cuando, desde
el corazón herido, elegimos responder con empatía y no con indiferencia.
Entre las viviendas arrasadas por el
fuego he visto manos que reparten agua, jóvenes que limpian escombros y ordenan
ayudas recibidas en un centro de acopio, otras personas que preparan y reparten
comida, y mucho más. He visto personas que, aun habiéndolo perdido todo,
agradecen estar vivas y acompañadas. En ese tejido silencioso se hace visible
el Reino anunciado por Jesús. Porque la verdadera grandeza humana no reside en
la autosuficiencia, sino en la capacidad de sostenerse mutuamente, de llorar
juntos y de ponerse de nuevo de pie. Eso que desde la comodidad y la
autosuficiencia puede caer en el olvido.
Las bienaventuranzas no son un ideal inalcanzable
ni una lista de obligaciones morales: son un modo de mirar la realidad desde el
corazón de Dios. Y Dios mira con ternura a quienes hoy se sienten pobres y
afligidos, abundantes en sufrimiento. Mira con predilección a quienes responden
con misericordia y paz. Mira y llama “felices” a quienes, en medio del dolor,
mantienen la esperanza. Les invito en particular a conocer el testimonio de “don
Luis Cifuentes”, como se llama a sí mismo. Vecino de Lirquén, a sus 75 años, se
alegra de estar vivo y tener energía para una vez más ponerse de pie, con la
ayuda de Dios y tanta gente que se ha acercado. Lo encuentran, junto a otros
testimonios similares, en las redes sociales del Hogar de Cristo.
Que el Evangelio de este domingo nos
ayude a reconocer —en la fragilidad expuesta por los incendios y en la
solidaridad que emerge con fuerza— la presencia viva de ese Reino que ya está
germinando entre nosotros. Y que nos anime a seguir siendo constructores de
consuelo, justicia, paz y fraternidad. Ahí, dice Jesús, ahí está la verdadera
felicidad.
Texto breve del evangelio: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.”
EVANGELIO
Felices los que tienen alma
de pobres
+ Evangelio
de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25—5, 12
Seguían a Jesús grandes
multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y
de la Transjordania.
Al ver la multitud, Jesús subió
a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.
Entonces tomó la palabra y
comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de
pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque
serán consolados.
Felices los pacientes, porque
recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y
sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos,
porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque
verán a Dios.
Felices los que trabajan por la
paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos
por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean
insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.
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