Escuchar (Mt. 4, 1 – 11)
El
Evangelio que proclamamos hoy, Primer Domingo de Cuaresma, nos lleva al
desierto donde Jesús enfrenta las tentaciones que buscan apartarlo de su
misión. Ese desierto no es solo un lugar geográfico: es un espacio interior
donde desaparecen los ruidos y se impone lo esencial. Cada año, la Cuaresma nos
invita también a entrar allí, no para evadir el mundo, sino para comprenderlo
mejor, para reencontrarnos con nuestra verdad más profunda y para avanzar hacia
una vida más plena y fraterna. Las cenizas que hemos bendecido e impuesto el
miércoles pasado son una invitación profunda a la humildad, y a realizar esta
travesía de 40 días hasta la Semana Santa con un corazón bien dispuesto.
Hoy,
muchas sociedades, familias y personas viven desiertos distintos: tensiones
sociales, desencuentros políticos, fragmentación cultural, incertidumbres
económicas, soledad creciente, tragedias inesperadas, como los incendios en
Biobío y Ñuble. El desierto puede asustar, pero también puede ser un lugar de
claridad. En el Evangelio, Jesús descubre que ninguna tentación tiene la última
palabra cuando el corazón se aferra firmemente a la verdad y al amor. La
Cuaresma quiere recordarnos justamente eso: que los momentos difíciles pueden
convertirse en puntos de inflexión, en oportunidades para renovar la esperanza
y para reconstruir los vínculos que nos sostienen.
En
su carta para la Cuaresma, el Papa León XIV nos invita a asumir este tiempo de
manera comunitaria. Su llamado a “escuchar y ayunar juntos” es profundamente
actual. Vivimos en un mundo donde a menudo hablamos más de lo que escuchamos, donde
expresamos opiniones velozmente pero con poca capacidad de comprender al otro,
donde reaccionamos antes que reflexionar. Ayunar juntos significa hacer espacio
para lo verdaderamente importante. Ayunar de palabras innecesarias, de juicios
precipitados, de autosuficiencias, de irritaciones que nos dividen. Y escuchar
juntos significa abrir el corazón para recibir al otro con respeto, con
paciencia, con una disposición sincera a comprender su historia y su mirada.
Esta
conversión no es solo personal. Las comunidades, los líderes, las instituciones
y los sistemas que nos organizan también necesitan convertirse. No para cumplir
exigencias externas, sino para reencontrar su propósito más noble: promover la
dignidad de cada persona, favorecer relaciones más humanas, cuidar el bien
común. Una institución se convierte cuando su estilo se vuelve más
transparente, su servicio más cercano, su discernimiento más amplio, su corazón
más compasivo. La Cuaresma nos invita a revisar nuestras prácticas, no para
lamentarnos, sino para transformarlas.
La
esperanza cristiana no es ingenua. No desconoce los dolores del mundo. Pero se
atreve a ver más allá: confía en que cada desierto puede convertirse en camino,
en que cada división puede abrir paso a un diálogo nuevo, en que cada
fragilidad puede convertirse en el comienzo de una vida renovada. La Cuaresma
no pide perfección, sino humildad y coraje. El coraje de revisar, de escuchar,
de cambiar, de comenzar de nuevo. Y la humildad de reconocer que solos no
podemos, que necesitamos caminar juntos.
Jesús
salió del desierto fortalecido, más lúcido y más disponible para su misión.
También nosotros podemos salir de esta Cuaresma con un espíritu renovado: más
serenos, más atentos, más unidos, más abiertos al prójimo. Tal vez la transformación
que anhela nuestro mundo comience simplemente por la decisión cotidiana de
escucharnos más y de caminar juntos.
Texto breve del evangelio: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” Mt. 4, 4b
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Mt 4, 4b
El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios
EVANGELIO
Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado
+ Evangelio de
nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 1-11
Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser
tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta
noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres
Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.
Jesús le respondió: “Está escrito: “El hombre no vive
solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso
en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios,
tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y
ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”.
Jesús le respondió: “También está escrito: “No tentarás al
Señor, tu Dios”.
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde
allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le
dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”.
Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está
escrito: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”.