domingo, 22 de febrero de 2026

Escuchar

 Escuchar (Mt. 4, 1 – 11)

El Evangelio que proclamamos hoy, Primer Domingo de Cuaresma, nos lleva al desierto donde Jesús enfrenta las tentaciones que buscan apartarlo de su misión. Ese desierto no es solo un lugar geográfico: es un espacio interior donde desaparecen los ruidos y se impone lo esencial. Cada año, la Cuaresma nos invita también a entrar allí, no para evadir el mundo, sino para comprenderlo mejor, para reencontrarnos con nuestra verdad más profunda y para avanzar hacia una vida más plena y fraterna. Las cenizas que hemos bendecido e impuesto el miércoles pasado son una invitación profunda a la humildad, y a realizar esta travesía de 40 días hasta la Semana Santa con un corazón bien dispuesto.

Hoy, muchas sociedades, familias y personas viven desiertos distintos: tensiones sociales, desencuentros políticos, fragmentación cultural, incertidumbres económicas, soledad creciente, tragedias inesperadas, como los incendios en Biobío y Ñuble. El desierto puede asustar, pero también puede ser un lugar de claridad. En el Evangelio, Jesús descubre que ninguna tentación tiene la última palabra cuando el corazón se aferra firmemente a la verdad y al amor. La Cuaresma quiere recordarnos justamente eso: que los momentos difíciles pueden convertirse en puntos de inflexión, en oportunidades para renovar la esperanza y para reconstruir los vínculos que nos sostienen.

En su carta para la Cuaresma, el Papa León XIV nos invita a asumir este tiempo de manera comunitaria. Su llamado a “escuchar y ayunar juntos” es profundamente actual. Vivimos en un mundo donde a menudo hablamos más de lo que escuchamos, donde expresamos opiniones velozmente pero con poca capacidad de comprender al otro, donde reaccionamos antes que reflexionar. Ayunar juntos significa hacer espacio para lo verdaderamente importante. Ayunar de palabras innecesarias, de juicios precipitados, de autosuficiencias, de irritaciones que nos dividen. Y escuchar juntos significa abrir el corazón para recibir al otro con respeto, con paciencia, con una disposición sincera a comprender su historia y su mirada.

Esta conversión no es solo personal. Las comunidades, los líderes, las instituciones y los sistemas que nos organizan también necesitan convertirse. No para cumplir exigencias externas, sino para reencontrar su propósito más noble: promover la dignidad de cada persona, favorecer relaciones más humanas, cuidar el bien común. Una institución se convierte cuando su estilo se vuelve más transparente, su servicio más cercano, su discernimiento más amplio, su corazón más compasivo. La Cuaresma nos invita a revisar nuestras prácticas, no para lamentarnos, sino para transformarlas.

La esperanza cristiana no es ingenua. No desconoce los dolores del mundo. Pero se atreve a ver más allá: confía en que cada desierto puede convertirse en camino, en que cada división puede abrir paso a un diálogo nuevo, en que cada fragilidad puede convertirse en el comienzo de una vida renovada. La Cuaresma no pide perfección, sino humildad y coraje. El coraje de revisar, de escuchar, de cambiar, de comenzar de nuevo. Y la humildad de reconocer que solos no podemos, que necesitamos caminar juntos.

Jesús salió del desierto fortalecido, más lúcido y más disponible para su misión. También nosotros podemos salir de esta Cuaresma con un espíritu renovado: más serenos, más atentos, más unidos, más abiertos al prójimo. Tal vez la transformación que anhela nuestro mundo comience simplemente por la decisión cotidiana de escucharnos más y de caminar juntos.

Texto breve del evangelio: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” Mt. 4, 4b


ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Mt 4, 4b

El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios

EVANGELIO

Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 1-11

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”. 

Jesús le respondió: “Está escrito: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”.

Jesús le respondió: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”.

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”.

Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”.

Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Frágiles

Frágiles (Mt. 4, 25 – 5, 12)

La realidad de los incendios que en las últimas semanas han asolado a tantas familias de nuestro país vuelve a recordarnos, con fuerza y crudeza, algo que solemos olvidar: somos frágiles. En minutos, aquello que consideramos firme —el hogar construido durante años, los recuerdos familiares, la seguridad del propio entorno y sus rutinas— puede quedar reducido, literalmente, a cenizas. No hay planificación perfecta ni tecnología suficiente que pueda garantizarnos una vida sin sobresaltos. Y, sin embargo, justamente ahí, en ese despojo que desnuda nuestra vulnerabilidad, aparece una de las paradojas más luminosas del Evangelio.

El texto de este domingo nos devuelve al inicio del Sermón de la Montaña. Mateo nos presenta a Jesús subiendo al monte, rodeado de multitudes que lo buscan porque intuyen que hay en Él una palabra capaz de sostener y darle sentido a la vida. Y la primera palabra que pronuncia —la que abre toda su enseñanza— es sorprendente: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”.

¿Cómo hablar de felicidad cuando lo que experimentamos es pérdida? ¿Cómo proclamar bienaventuranza cuando tantas familias hoy se encuentran afligidas, con sus casas destruidas y sus proyectos interrumpidos? Tal vez la respuesta se encuentre precisamente en lo que hemos visto florecer en medio de la tragedia. Porque si los incendios han puesto de manifiesto nuestra fragilidad, también han revelado una fuerza más honda, más verdadera: la resiliencia tenaz de quienes, aun entre lágrimas, ya levantan los primeros muros; la solidaridad inagotable de voluntarios, instituciones, iglesias, vecinos y desconocidos que se movilizan sin preguntar nombres ni condiciones; la capacidad del país entero y sus instituciones de ponerse en movimiento para que nadie enfrente solo su dolor.

En esa corriente de compasión activa se encarnan otras bienaventuranzas del Evangelio: “Felices los misericordiosos… Felices los que trabajan por la paz… Felices los que tienen hambre y sed de justicia”. No se trata de una felicidad superficial ni ingenua, sino de aquella que brota cuando, al reconocernos pobres, dejamos espacio para que el otro nos complete; cuando, al experimentar nuestra pequeñez, descubrimos que la vida se sostiene comunitariamente; cuando, desde el corazón herido, elegimos responder con empatía y no con indiferencia.

Entre las viviendas arrasadas por el fuego he visto manos que reparten agua, jóvenes que limpian escombros y ordenan ayudas recibidas en un centro de acopio, otras personas que preparan y reparten comida, y mucho más. He visto personas que, aun habiéndolo perdido todo, agradecen estar vivas y acompañadas. En ese tejido silencioso se hace visible el Reino anunciado por Jesús. Porque la verdadera grandeza humana no reside en la autosuficiencia, sino en la capacidad de sostenerse mutuamente, de llorar juntos y de ponerse de nuevo de pie. Eso que desde la comodidad y la autosuficiencia puede caer en el olvido.

Las bienaventuranzas no son un ideal inalcanzable ni una lista de obligaciones morales: son un modo de mirar la realidad desde el corazón de Dios. Y Dios mira con ternura a quienes hoy se sienten pobres y afligidos, abundantes en sufrimiento. Mira con predilección a quienes responden con misericordia y paz. Mira y llama “felices” a quienes, en medio del dolor, mantienen la esperanza. Les invito en particular a conocer el testimonio de “don Luis Cifuentes”, como se llama a sí mismo. Vecino de Lirquén, a sus 75 años, se alegra de estar vivo y tener energía para una vez más ponerse de pie, con la ayuda de Dios y tanta gente que se ha acercado. Lo encuentran, junto a otros testimonios similares, en las redes sociales del Hogar de Cristo.

Que el Evangelio de este domingo nos ayude a reconocer —en la fragilidad expuesta por los incendios y en la solidaridad que emerge con fuerza— la presencia viva de ese Reino que ya está germinando entre nosotros. Y que nos anime a seguir siendo constructores de consuelo, justicia, paz y fraternidad. Ahí, dice Jesús, ahí está la verdadera felicidad.

Texto breve del evangelio: Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.”


EVANGELIO

Felices los que tienen alma de pobres

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 25—5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. 

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.