Elegir (Mt. 10, 37-42)
Las palabras de Jesús en este domingo se dirigen a sus discípulos enviados en misión. Son palabras exigentes que invitan a elegir: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí… El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. No desvalorizan los afectos, sino que los ordenan desde un centro nuevo. Cuando Cristo ocupa ese lugar, todo lo demás se reconfigura.
Hemos comenzado el invierno y hemos vivido la noche más larga en el hemisferio sur. Desde ahora, poco a poco, los días comenzarán a alargarse. Es tiempo de poda y de renovación: se corta lo superfluo para que la vida brote con más fuerza. A la luz del Evangelio, la pregunta es inevitable: ¿de qué necesitamos despojarnos para ser más fieles a Jesús?
En el Chile de hoy, marcado por desconfianzas y fragmentación, estas palabras resultan quizás incómodas pero muy necesarias. Hemos aprendido a proteger lo propio y a convivir con la distancia. La fe corre el riesgo de volverse un refugio íntimo, sin incidencia en la vida pública. Pero el Evangelio no permite esa separación: seguir a Cristo transforma nuestra manera de mirar al otro y de asumir nuestras responsabilidades en la esfera pública.
Esto se vuelve particularmente evidente y dramático frente a las personas en situación de calle. Por un lado, el gobierno activa el Código Azul para evitar que alguien muera de frío; por otro, algunos municipios desalojan rucos, desguareciendo aún más a quienes ya viven en la intemperie. ¿Cómo no somos capaces de ofrecer una alternativa mejor? ¿Qué lugar ocupa el más vulnerable en nuestras decisiones concretas?
“El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. En una cultura centrada en la seguridad y el éxito individual, Jesús propone la entrega. No como pérdida, sino como camino a la vida verdadera: optar por el bien común, sostener la verdad, comprometerse con quienes quedan al margen.
Y esa exigencia se encarna en lo simple: dar un vaso de agua. Estar atento a las necesidades de quienes viven a nuestro alrededor y procurar aliviarlas. No grandes gestos, sino decisiones cotidianas que hacen visible el amor y la proximidad.
Seguir a Cristo es, en definitiva, elegir: la verdad sobre la conveniencia, la fraternidad sobre la indiferencia, el compromiso sobre la distancia. Elegir también cargar la cruz de la coherencia. Porque no se trata de cuánto decimos creer, sino de cuánto estamos dispuestos a entregar… y, en esa medida, de cuánto estamos realmente dispuestos a vivir.
“El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.” Mt. 10, 39
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 10, 37-42
Dijo Jesús a sus apóstoles:
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.
Palabra del Señor.