domingo, 30 de agosto de 2026

Retírate

 Retírate (Mt. 16, 21-27)

La expresión de Jesús a Pedro en el evangelio de este domingo sorprende por su dureza. “¡Retírate!”. Pedro acaba de confesar su fe en el Maestro, pero ahora intenta apartarlo del camino que conduce a Jerusalén, al sufrimiento y a la cruz. Quiere evitarle el dolor. Habla desde el afecto, pero piensa según la lógica humana. Por eso Jesús lo corrige con firmeza.

 

La palabra “retírate” tiene varias resonancias. Puede significar “apártate”, cuando algo se transforma en obstáculo para cumplir una misión. También puede entenderse como “ponte detrás de mí”, que es el lugar del discípulo y no el de quien pretende indicar el camino al Señor. Pero existe una tercera lectura que quizás nos ayuda especialmente hoy: retírate un momento, toma distancia, vuelve a mirar las cosas desde una perspectiva más profunda.

 

Al concluir agosto, Mes de la Solidaridad, y disponernos a comenzar septiembre, Mes de la Patria, vale la pena aceptar esa invitación. Retirarnos por un instante del ruido cotidiano, de las urgencias y de los cálculos inmediatos para preguntarnos qué es realmente lo esencial. No se trata de escapar de la realidad, sino de contemplarla mejor.

 

La solidaridad auténtica, aquella que recordamos especialmente en torno al legado de san Alberto Hurtado, nunca ha sido un ejercicio cómodo. Implica tiempo, generosidad y capacidad de cargar con preocupaciones ajenas. Quien sirve de verdad descubre pronto que el amor encuentra resistencias: la indiferencia, el cansancio, la incomprensión y, muchas veces, las propias limitaciones. Sin embargo, es precisamente allí donde el Evangelio sitúa el seguimiento de Cristo. No en la búsqueda de una vida sin dificultades, sino en la disposición a entregarse por algo más grande que uno mismo.

 

Pedro representa una tentación permanente: la de querer llegar al fin sin aceptar el camino. La de privilegiar la seguridad por sobre la misión. La de buscar los frutos sin asumir las exigencias de la siembra. Jesús, en cambio, recuerda que ciertas dificultades no son necesariamente señal de fracaso. Algunas forman parte de la fidelidad a aquello que vale la pena.

 

Esto es importante también para la vida social. Al acercarse las fiestas patrias solemos agradecer los bienes que compartimos como nación: la historia, las tradiciones, los afectos y la pertenencia a una comunidad. Pero una patria no se construye solo con celebraciones. Se construye cuando las personas están dispuestas a contribuir al bien común, aun cuando ello demande esfuerzo, renuncia o perseverancia.

 

En el fondo, la corrección de Jesús a Pedro apunta a una confusión frecuente: la de los medios con los fines. La seguridad, el reconocimiento, el éxito e incluso nuestras instituciones son medios necesarios y valiosos. Pero no son el fin último. Cuando los convertimos en absolutos terminan ocupando un lugar que no les corresponde. El fin es siempre mayor: la voluntad de Dios, la dignidad de toda persona, el amor que da sentido a la existencia.

 

Quizás por eso el “retírate” del Evangelio no es una invitación a alejarse, sino a reordenarse. A sacar del centro aquello que no debe ocuparlo. A tomar la distancia suficiente para reconocer nuevamente qué es lo que merece nuestra entrega.

 

Al terminar un mes dedicado a la solidaridad y comenzar otro dedicado a la patria, la palabra de Jesús nos invita a discernir qué obstáculos debemos apartar y qué compromisos debemos asumir. Porque el seguimiento de Cristo no consiste en evitar toda dificultad, sino en caminar con fidelidad hacia aquello que realmente importa.

 

“El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.    Mt. 16, 24

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”.

Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”.


domingo, 9 de agosto de 2026

Mirada Renovada

 Mirada renovada (Mt. 14, 22-33)

Chile atraviesa un tiempo de cierta incertidumbre. Lo percibimos en la inquietud de las familias, en el persistente desempleo y la creciente informalidad, pero también en la fragilidad de las confianzas, en la dificultad para construir acuerdos duraderos y en la sensación de que avanzamos con algo de viento en contra. Pareciera faltar un relato común que oriente y aglutine.

El Evangelio de este domingo nos presenta a los discípulos de Jesús en una barca sacudida por las olas durante la noche. No es sólo una descripción de un episodio ocurrido hace dos mil años. Es también un retrato de la experiencia humana. Todos conocemos de esas travesías en las que el esfuerzo parece insuficiente, el horizonte desaparece y la tormenta amenaza con ocupar todo el campo de visión.

Lo sorprendente es que Jesús no aparece cuando las aguas están tranquilas. Llega precisamente en medio de la tempestad. Camina sobre aquello que provoca temor y dirige a sus discípulos una palabra que conserva intacta su fuerza: “No teman”.

Quizás éste sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. No dejar que el miedo se convierta en el principal intérprete de la realidad. Miedo a la inseguridad, a la incertidumbre económica, a la polarización, al deterioro de la convivencia o a la posible pérdida de aquello que valoramos. Cuando el miedo ocupa el centro de la vida personal o social, dejamos de construir futuro y comenzamos simplemente a resistir.

Pedro se atreve a salir de la barca. Mientras mantiene la mirada puesta en Jesús, avanza sobre las aguas. Pero cuando fija su atención en la violencia del viento, comienza a hundirse. La escena contiene una enseñanza que trasciende lo religioso y alcanza la vida de cualquier comunidad humana. Los pueblos también corren el riesgo de hundirse cuando terminan convencidos de que la tormenta es más poderosa que la esperanza, cuando los problemas ocupan todo el horizonte y se pierde de vista aquello que da sentido y dirección.

En este Mes de la Solidaridad, la figura de san Alberto Hurtado ilumina de manera especial este Evangelio. Él comprendió que la mirada cristiana no consiste en apartarse de la realidad, sino en verla más profundamente. Donde muchos observaban pobreza, abandono o exclusión, él reconocía el rostro sufriente de Cristo. Por eso repetía una convicción que transformó la historia social de Chile: el pobre es Cristo.

Tal vez allí se encuentre una clave para nuestra propia travesía. Pedro se sostuvo sobre las aguas mientras tuvo la mirada puesta en Cristo. Como sociedad, también necesitamos preguntarnos dónde está puesta nuestra mirada. Si somos capaces de descubrir a Cristo en quienes sufren, en las familias que viven con angustia el fin de mes, en las personas mayores que experimentan la soledad, en los jóvenes que buscan oportunidades y en quienes se sienten van quedando al margen de los beneficios del desarrollo, estaremos mirando en la dirección correcta.

Porque las tempestades que hoy sacuden nuestra convivencia no se calmarán únicamente mediante mejores diagnósticos o nuevas políticas, por necesarias que sean. También necesitan una renovada capacidad de compasión, de responsabilidad compartida y de solidaridad concreta. Una mirada renovada. Una nación se fortalece cuando reconoce que el dolor del otro no es un problema ajeno, sino una tarea común. La gran pregunta para Chile no es cuán fuerte sopla el viento, sino qué estamos mirando en medio de él.

El Evangelio nos recuerda que las tormentas no tienen la última palabra. La tienen la confianza, la solidaridad y la esperanza. No una esperanza ingenua que desconoce las dificultades, sino aquella que se atreve a enfrentarlas con la convicción de que siempre es posible reconstruir, reconciliar y comenzar de nuevo.

Quizás lo que nuestro país necesita hoy es precisamente una mirada renovada. Una mirada capaz de descubrir oportunidades donde otros sólo ven amenazas; una mirada que reconozca en los más vulnerables no una carga, sino una presencia que nos interpela; una mirada que vuelva a poner en el centro la dignidad de cada persona.

Entonces, como en el Evangelio, la noche comenzará a ceder ante la aurora. Y la barca, todavía en medio del mar, encontrará nuevamente el rumbo. Porque ningún viento es eterno. Y porque cuando un pueblo aprende a mirar a Cristo en el rostro de quienes más lo necesitan, descubre que incluso las aguas más agitadas pueden abrir paso a una esperanza compartida.

 

Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy Yo; no teman” Mt. 14, 27

 

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 14, 22-33

 

Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

 

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.

 

A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

 

Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy Yo; no teman”.

 

Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”.

 

“Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. Enseguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía:

 

“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

 

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: “Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”. “