Mirada renovada (Mt. 14, 22-33)
Chile atraviesa un tiempo de cierta incertidumbre. Lo percibimos en la inquietud de las familias, en el persistente desempleo y la creciente informalidad, pero también en la fragilidad de las confianzas, en la dificultad para construir acuerdos duraderos y en la sensación de que avanzamos con algo de viento en contra. Pareciera faltar un relato común que oriente y aglutine.
El Evangelio de este domingo nos presenta a los discípulos de Jesús en una barca sacudida por las olas durante la noche. No es sólo una descripción de un episodio ocurrido hace dos mil años. Es también un retrato de la experiencia humana. Todos conocemos de esas travesías en las que el esfuerzo parece insuficiente, el horizonte desaparece y la tormenta amenaza con ocupar todo el campo de visión.
Lo sorprendente es que Jesús no aparece cuando las aguas están tranquilas. Llega precisamente en medio de la tempestad. Camina sobre aquello que provoca temor y dirige a sus discípulos una palabra que conserva intacta su fuerza: “No teman”.
Quizás éste sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. No dejar que el miedo se convierta en el principal intérprete de la realidad. Miedo a la inseguridad, a la incertidumbre económica, a la polarización, al deterioro de la convivencia o a la posible pérdida de aquello que valoramos. Cuando el miedo ocupa el centro de la vida personal o social, dejamos de construir futuro y comenzamos simplemente a resistir.
Pedro se atreve a salir de la barca. Mientras mantiene la mirada puesta en Jesús, avanza sobre las aguas. Pero cuando fija su atención en la violencia del viento, comienza a hundirse. La escena contiene una enseñanza que trasciende lo religioso y alcanza la vida de cualquier comunidad humana. Los pueblos también corren el riesgo de hundirse cuando terminan convencidos de que la tormenta es más poderosa que la esperanza, cuando los problemas ocupan todo el horizonte y se pierde de vista aquello que da sentido y dirección.
En este Mes de la Solidaridad, la figura de san Alberto Hurtado ilumina de manera especial este Evangelio. Él comprendió que la mirada cristiana no consiste en apartarse de la realidad, sino en verla más profundamente. Donde muchos observaban pobreza, abandono o exclusión, él reconocía el rostro sufriente de Cristo. Por eso repetía una convicción que transformó la historia social de Chile: el pobre es Cristo.
Tal vez allí se encuentre una clave para nuestra propia travesía. Pedro se sostuvo sobre las aguas mientras tuvo la mirada puesta en Cristo. Como sociedad, también necesitamos preguntarnos dónde está puesta nuestra mirada. Si somos capaces de descubrir a Cristo en quienes sufren, en las familias que viven con angustia el fin de mes, en las personas mayores que experimentan la soledad, en los jóvenes que buscan oportunidades y en quienes se sienten van quedando al margen de los beneficios del desarrollo, estaremos mirando en la dirección correcta.
Porque las tempestades que hoy sacuden nuestra convivencia no se calmarán únicamente mediante mejores diagnósticos o nuevas políticas, por necesarias que sean. También necesitan una renovada capacidad de compasión, de responsabilidad compartida y de solidaridad concreta. Una mirada renovada. Una nación se fortalece cuando reconoce que el dolor del otro no es un problema ajeno, sino una tarea común. La gran pregunta para Chile no es cuán fuerte sopla el viento, sino qué estamos mirando en medio de él.
El Evangelio nos recuerda que las tormentas no tienen la última palabra. La tienen la confianza, la solidaridad y la esperanza. No una esperanza ingenua que desconoce las dificultades, sino aquella que se atreve a enfrentarlas con la convicción de que siempre es posible reconstruir, reconciliar y comenzar de nuevo.
Quizás lo que nuestro país necesita hoy es precisamente una mirada renovada. Una mirada capaz de descubrir oportunidades donde otros sólo ven amenazas; una mirada que reconozca en los más vulnerables no una carga, sino una presencia que nos interpela; una mirada que vuelva a poner en el centro la dignidad de cada persona.
Entonces, como en el Evangelio, la noche comenzará a ceder ante la aurora. Y la barca, todavía en medio del mar, encontrará nuevamente el rumbo. Porque ningún viento es eterno. Y porque cuando un pueblo aprende a mirar a Cristo en el rostro de quienes más lo necesitan, descubre que incluso las aguas más agitadas pueden abrir paso a una esperanza compartida.
Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy Yo; no teman” Mt. 14, 27
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 14, 22-33
Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.
A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy Yo; no teman”.
Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”.
“Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. Enseguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía:
“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: “Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”. “
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