domingo, 19 de julio de 2026

Juntos

Juntos (Mt. 13, 24-20)

Mientras un nuevo frente de lluvias y fuertes vientos recorre buena parte de Chile, volvemos a experimentar una verdad que a veces olvidamos: ante las grandes dificultades, dependemos unos de otros. Nos necesitamos. ¡Nadie se salva solo! La emergencia obliga a coordinar esfuerzos, dejar de lado diferencias secundarias y concentrarnos en lo esencial. Autoridades, servicios públicos, fuerzas armadas, empresas, organizaciones sociales y ciudadanos comprenden que ninguna solución duradera nace de la confrontación, sino de la colaboración.

El Evangelio de este domingo parece dialogar directamente con esta experiencia. Jesús cuenta la parábola de un hombre que sembró buena semilla en su campo. Sin embargo, mientras todos dormían, un enemigo sembró cizaña entre el trigo. Cuando ambas plantas comenzaron a crecer, los trabajadores propusieron una solución inmediata: arrancar la maleza. Pero el propietario los sorprendió: les pidió esperar. Temía que, al intentar eliminar la cizaña, terminaran destruyendo también el trigo.

La primera enseñanza de esta parábola es una advertencia contra la impaciencia. Vivimos tiempos en que todo parece exigir respuestas instantáneas. Las redes sociales, los debates políticos y la conversación pública nos empujan a emitir juicios rápidos y categóricos. Con facilidad clasificamos a las personas entre quienes están de nuestro lado y quienes consideramos responsables de todos los males. La vida real, sin embargo, es más compleja que los eslóganes. Las sociedades no se construyen sobre la pureza absoluta ni la unanimidad. Una democracia sana no elimina las diferencias; aprende a convivir con ellas para orientarlas hacia el bien común.

Uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo es confundir al adversario con un enemigo. Cuando eso ocurre, el objetivo deja de ser resolver los problemas comunes y pasa a ser derrotar o desacreditar al otro. Entonces el debate se empobrece, la confianza se erosiona y los acuerdos se vuelven más difíciles.

La parábola de Jesús ofrece una sabiduría muy actual. Nos recuerda que el afán de extirpar aquello que consideramos negativo puede terminar dañando aquello que queremos proteger. La historia está llena de ejemplos donde la intolerancia, la exclusión o la descalificación permanente terminaron debilitando la convivencia y fragmentando comunidades.

Esto vale tanto para la ciudadanía como para el mundo político. Los ciudadanos tienen derecho a exigir y fiscalizar. Las autoridades, la responsabilidad de liderar y decidir. Pero ninguna de estas tareas puede realizarse adecuadamente si se pierde la capacidad de escucharse. Un país no avanza cuando cada sector se encierra en sus propias certezas; avanza cuando es capaz de construir espacios de encuentro aun en medio de desacuerdos profundos.

En una sociedad cada vez más diversa y plural, esta actitud resulta indispensable. Chile necesita fortalecer su capacidad de diálogo y recuperar la convicción de que los problemas comunes requieren esfuerzos compartidos. La seguridad, el crecimiento económico, la creación de empleos, la calidad de la educación o el cuidado de los más vulnerables entre nosotros no se resolverán desde trincheras enfrentadas, sino desde una colaboración responsable entre ciudadanos, instituciones y autoridades.

Cuando pasen las lluvias y vuelvan los días más tranquilos, seguirá pendiente la tarea más importante: construir una convivencia capaz de resistir las tormentas que vendrán en adelante. El futuro de Chile depende, en buena medida, de nuestra capacidad de hacerlo juntos. Porque la verdadera sabiduría no consiste en arrancar apresuradamente toda cizaña que creemos ver en el campo, sino en trabajar cada día para que el trigo crezca con más fuerza, más abundancia y más esperanza para todos.

“Al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha” Mt. 13, 29

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 13, 24-30

Jesús propuso a la gente esta parábola:

El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”

Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”.

Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”

“No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”.