Bienvenida (Mt. 19, 30-20,16)
Hemos vivido días de encuentro. Las Fiestas Patrias nos han reunido en torno a la mesa, la conversación, el baile y los juegos, también la gratitud a Dios en el Te Deum, mientras la primavera comienza a desplegar sus colores y nos recuerda que la vida siempre encuentra caminos para florecer.
La semana pasada tuve la oportunidad de participar en el Chile Day, realizado en Madrid y Londres. Este encuentro reúne a empresarios, inversionistas y autoridades con el propósito de mostrar al mundo las capacidades y oportunidades de nuestro país.
Algunas de las intervenciones han sido ampliamente difundidas por distintos medios. Hay un par de frases que se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Una de ellas recogía un verso conocido: “Verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero”. La invitación era simple y profunda: mantener nuestra capacidad de acoger a quienes llegan desde lejos para trabajar, emprender o aportar al desarrollo del país. Naturalmente, ello supone respeto por las leyes y por las reglas que nos permiten convivir, pero también exige una disposición sincera a abrir espacio al otro.
Otra frase vino de un expositor extranjero. Ante la pregunta sobre qué hacía falta para atraer más inversión a Chile, respondió con una observación tan directa como desafiante: “Que los chilenos vuelvan a invertir en Chile”. Recordaba luego la gran salida de capitales desde Chile los últimos años, por distintas razones. Me dejó pensando. ¿Cómo vamos a pedir a otros que confíen en nosotros si algunos entre nosotros parecen haber perdido parte de esa confianza? Ninguna sociedad crece únicamente por sus recursos naturales o sus indicadores económicos. También necesita confianza: la confianza para emprender, para construir, para asumir riesgos y para apostar por el futuro.
El Evangelio de este domingo nos ofrece una perspectiva sorprendente. En la parábola de los trabajadores de la viña, algunos llegan temprano y otros cuando la jornada está por terminar. Sin embargo, todos reciben el mismo salario. Los primeros se sienten perjudicados, pero el dueño les responde: “¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”.
Jesús nos invita a mirar con otros ojos a quienes llegaron después. No como una amenaza, sino como personas que también tienen una dignidad que merece ser reconocida. Tal vez por eso esta parábola tiene algo muy actual que decirnos: pienso en los migrantes que han llegado a Chile durante los últimos años. Son, literalmente, los últimos que llegaron. Muchos dejaron atrás situaciones difíciles buscando trabajo, seguridad o una nueva oportunidad. Acogerlos con humanidad no significa renunciar al orden ni a las normas. Significa reconocer que también ellos pueden contribuir a la viña común que estamos llamados a cultivar entre todos y a disfrutar del esfuerzo común.
Pienso también en quienes observan nuestro país desde fuera, considerando invertir, emprender o generar empleo. Más allá de las cifras, buscan un país que crea en sí mismo. La bienvenida es mucho más que una cortesía. Es una expresión de confianza. Una nación crece cuando es capaz de decirles a otros, y también a sí misma: “Hay un lugar para ti aquí”.
Quizás ese sea el desafío de esta primavera que despunta. Volver a confiar. En nuestro país, en nuestras capacidades y en las personas que llegan a compartir nuestro camino. Porque todos hemos sido alguna vez los últimos en llegar. Y todos sabemos cuánto puede cambiar la vida cuando alguien nos da la bienvenida.
“¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?” (Mt. 20, 15)
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 19, 30—20, 16
Jesús dijo a sus discípulos: “Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron.
Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”.
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.
Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”.
El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿O no tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”
Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.