Fiesta (Mt.22, 1-14)
Las fiestas tienen algo profundamente humano. En ellas celebramos la vida, los afectos y las esperanzas compartidas. Por unas horas dejamos de lado diferencias y preocupaciones para reunirnos alrededor de una mesa común. Quizás por eso Jesús, cuando quiso explicar cómo es el Reino de Dios, recurrió a la imagen de una fiesta.
La parábola de este domingo presenta a un rey que celebra las bodas de su hijo. Todo está preparado. La mesa espera a los invitados. Sin embargo, quienes habían sido convocados no concurren. Cada uno tiene asuntos que atender, intereses que priorizar, ocupaciones que parecen más urgentes. La invitación pasa a segundo plano. La escena resulta sorprendentemente actual.
Vivimos en una sociedad marcada por la velocidad, la incertidumbre y la fragmentación. El debate público parece muchas veces dominado por la sospecha y la descalificación. Las instituciones enfrentan crecientes niveles de desconfianza. La seguridad preocupa a las familias. La economía busca recuperar dinamismo. Persisten brechas en educación, salud y oportunidades. Al mismo tiempo, experimentamos una sensación más profunda y difícil de medir: la erosión de aquello que nos permite reconocernos miembros de una misma comunidad.
En este contexto, la pregunta por un Futuro Común adquiere especial relevancia. No se trata simplemente de imaginar el país que queremos dentro de veinte o treinta años. Se trata de preguntarnos qué estamos haciendo hoy para hacerlo posible. Ningún futuro compartido puede construirse desde el aislamiento de los grupos, la lógica de vencedores y vencidos o la convicción de que el progreso de unos puede alcanzarse prescindiendo de otros.
La respuesta del rey en la parábola es significativa. Frente al rechazo de los invitados iniciales, no suspende la celebración. Tampoco reduce el número de asistentes. Abre las puertas. Envía a sus servidores a buscar personas por los caminos y las plazas. La fiesta se convierte en una invitación universal.
Hay aquí una lección que Chile necesita recordar. Los grandes desafíos nacionales exigen ampliar la mesa. Exigen convocar talentos diversos, escuchar miradas distintas y generar espacios donde sea posible colaborar más allá de las legítimas diferencias políticas, sociales o culturales. Un Futuro Común no surge espontáneamente; se construye cuando la sociedad aprende a encontrarse.
Sin embargo, el evangelio añade una dimensión igualmente importante. Entre los invitados aparece un hombre sin traje de fiesta. No se cuestiona su presencia, sino su disposición. Ha aceptado la invitación, pero no ha asumido las exigencias que ella supone.
Ese traje de fiesta simboliza una actitud interior. Es la responsabilidad que acompaña a la participación. Es el respeto por quien piensa distinto. Es la búsqueda honesta de la verdad. Es la disposición a contribuir antes que a exigir. Es la voluntad de cuidar los vínculos que hacen posible la vida en común.
Chile necesita crecimiento, seguridad y desarrollo. Pero necesita también confianza, reciprocidad y esperanza. Necesita ciudadanos, dirigentes, empresarios, trabajadores, académicos y comunidades capaces de comprender que el futuro no será obra de un sector ni de una generación aislada. Será el fruto de una tarea compartida.
La parábola concluye recordándonos que la invitación ya ha sido hecha. La mesa está preparada. La pregunta no es si hemos sido convocados, sino cómo respondemos a ese llamado.
Tal vez el desafío más urgente de nuestro tiempo consista precisamente en redescubrir que no hemos sido invitados a una competencia interminable entre intereses contrapuestos, sino a una fiesta. Una fiesta donde cada persona tiene un lugar, una responsabilidad y una contribución que ofrecer. Porque el Futuro Común que anhelamos comenzará a hacerse realidad cuando decidamos sentarnos a la misma mesa y trabajar juntos por el bien de todos. Futuro Común es una plataforma creada por el Hogar de Cristo, Colunga y la Comunidad de Organizaciones Solidarias. Puede conocer más de su invitación a conversar en futurocomun.cl
“El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 22, 1-14
Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los fariseos, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas”. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para acabaran con aquellos homicidas e
incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: “Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.
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