domingo, 11 de octubre de 2026

Fiesta

 Fiesta (Mt.22, 1-14)

Las fiestas tienen algo profundamente humano. En ellas celebramos la vida, los afectos y las esperanzas compartidas. Por unas horas dejamos de lado diferencias y preocupaciones para reunirnos alrededor de una mesa común. Quizás por eso Jesús, cuando quiso explicar cómo es el Reino de Dios, recurrió a la imagen de una fiesta.

La parábola de este domingo presenta a un rey que celebra las bodas de su hijo. Todo está preparado. La mesa espera a los invitados. Sin embargo, quienes habían sido convocados no concurren. Cada uno tiene asuntos que atender, intereses que priorizar, ocupaciones que parecen más urgentes. La invitación pasa a segundo plano. La escena resulta sorprendentemente actual.

Vivimos en una sociedad marcada por la velocidad, la incertidumbre y la fragmentación. El debate público parece muchas veces dominado por la sospecha y la descalificación. Las instituciones enfrentan crecientes niveles de desconfianza. La seguridad preocupa a las familias. La economía busca recuperar dinamismo. Persisten brechas en educación, salud y oportunidades. Al mismo tiempo, experimentamos una sensación más profunda y difícil de medir: la erosión de aquello que nos permite reconocernos miembros de una misma comunidad.

En este contexto, la pregunta por un Futuro Común adquiere especial relevancia. No se trata simplemente de imaginar el país que queremos dentro de veinte o treinta años. Se trata de preguntarnos qué estamos haciendo hoy para hacerlo posible. Ningún futuro compartido puede construirse desde el aislamiento de los grupos, la lógica de vencedores y vencidos o la convicción de que el progreso de unos puede alcanzarse prescindiendo de otros.

La respuesta del rey en la parábola es significativa. Frente al rechazo de los invitados iniciales, no suspende la celebración. Tampoco reduce el número de asistentes. Abre las puertas. Envía a sus servidores a buscar personas por los caminos y las plazas. La fiesta se convierte en una invitación universal.

Hay aquí una lección que Chile necesita recordar. Los grandes desafíos nacionales exigen ampliar la mesa. Exigen convocar talentos diversos, escuchar miradas distintas y generar espacios donde sea posible colaborar más allá de las legítimas diferencias políticas, sociales o culturales. Un Futuro Común no surge espontáneamente; se construye cuando la sociedad aprende a encontrarse.

Sin embargo, el evangelio añade una dimensión igualmente importante. Entre los invitados aparece un hombre sin traje de fiesta. No se cuestiona su presencia, sino su disposición. Ha aceptado la invitación, pero no ha asumido las exigencias que ella supone.

Ese traje de fiesta simboliza una actitud interior. Es la responsabilidad que acompaña a la participación. Es el respeto por quien piensa distinto. Es la búsqueda honesta de la verdad. Es la disposición a contribuir antes que a exigir. Es la voluntad de cuidar los vínculos que hacen posible la vida en común.

Chile necesita crecimiento, seguridad y desarrollo. Pero necesita también confianza, reciprocidad y esperanza. Necesita ciudadanos, dirigentes, empresarios, trabajadores, académicos y comunidades capaces de comprender que el futuro no será obra de un sector ni de una generación aislada. Será el fruto de una tarea compartida.

La parábola concluye recordándonos que la invitación ya ha sido hecha. La mesa está preparada. La pregunta no es si hemos sido convocados, sino cómo respondemos a ese llamado.

Tal vez el desafío más urgente de nuestro tiempo consista precisamente en redescubrir que no hemos sido invitados a una competencia interminable entre intereses contrapuestos, sino a una fiesta. Una fiesta donde cada persona tiene un lugar, una responsabilidad y una contribución que ofrecer. Porque el Futuro Común que anhelamos comenzará a hacerse realidad cuando decidamos sentarnos a la misma mesa y trabajar juntos por el bien de todos. Futuro Común es una plataforma creada por el Hogar de Cristo, Colunga y la Comunidad de Organizaciones Solidarias. Puede conocer más de su invitación a conversar en futurocomun.cl


“El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”.

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 22, 1-14

 

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los fariseos, diciendo:

 

El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir.

 

De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas”. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

 

Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para acabaran con aquellos homicidas e

 

incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”.

 

Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

 

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: “Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”.

 

Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.


domingo, 20 de septiembre de 2026

 Bienvenida (Mt. 19, 30-20,16)

Hemos vivido días de encuentro. Las Fiestas Patrias nos han reunido en torno a la mesa, la conversación, el baile y los juegos, también la gratitud a Dios en el Te Deum, mientras la primavera comienza a desplegar sus colores y nos recuerda que la vida siempre encuentra caminos para florecer.

La semana pasada tuve la oportunidad de participar en el Chile Day, realizado en Madrid y Londres. Este encuentro reúne a empresarios, inversionistas y autoridades con el propósito de mostrar al mundo las capacidades y oportunidades de nuestro país. 

Algunas de las intervenciones han sido ampliamente difundidas por distintos medios. Hay un par de frases que se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Una de ellas recogía un verso conocido: “Verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero”. La invitación era simple y profunda: mantener nuestra capacidad de acoger a quienes llegan desde lejos para trabajar, emprender o aportar al desarrollo del país. Naturalmente, ello supone respeto por las leyes y por las reglas que nos permiten convivir, pero también exige una disposición sincera a abrir espacio al otro.

Otra frase vino de un expositor extranjero. Ante la pregunta sobre qué hacía falta para atraer más inversión a Chile, respondió con una observación tan directa como desafiante: “Que los chilenos vuelvan a invertir en Chile”. Recordaba luego la gran salida de capitales desde Chile los últimos años, por distintas razones. Me dejó pensando. ¿Cómo vamos a pedir a otros que confíen en nosotros si algunos entre nosotros parecen haber perdido parte de esa confianza? Ninguna sociedad crece únicamente por sus recursos naturales o sus indicadores económicos. También necesita confianza: la confianza para emprender, para construir, para asumir riesgos y para apostar por el futuro.

El Evangelio de este domingo nos ofrece una perspectiva sorprendente. En la parábola de los trabajadores de la viña, algunos llegan temprano y otros cuando la jornada está por terminar. Sin embargo, todos reciben el mismo salario. Los primeros se sienten perjudicados, pero el dueño les responde: “¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”.

Jesús nos invita a mirar con otros ojos a quienes llegaron después. No como una amenaza, sino como personas que también tienen una dignidad que merece ser reconocida. Tal vez por eso esta parábola tiene algo muy actual que decirnos: pienso en los migrantes que han llegado a Chile durante los últimos años. Son, literalmente, los últimos que llegaron. Muchos dejaron atrás situaciones difíciles buscando trabajo, seguridad o una nueva oportunidad. Acogerlos con humanidad no significa renunciar al orden ni a las normas. Significa reconocer que también ellos pueden contribuir a la viña común que estamos llamados a cultivar entre todos y a disfrutar del esfuerzo común.

Pienso también en quienes observan nuestro país desde fuera, considerando invertir, emprender o generar empleo. Más allá de las cifras, buscan un país que crea en sí mismo. La bienvenida es mucho más que una cortesía. Es una expresión de confianza. Una nación crece cuando es capaz de decirles a otros, y también a sí misma: “Hay un lugar para ti aquí”. 

Quizás ese sea el desafío de esta primavera que despunta. Volver a confiar. En nuestro país, en nuestras capacidades y en las personas que llegan a compartir nuestro camino. Porque todos hemos sido alguna vez los últimos en llegar. Y todos sabemos cuánto puede cambiar la vida cuando alguien nos da la bienvenida.

“¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?” (Mt. 20, 15)


 Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 19, 30—20, 16

Jesús dijo a sus discípulos: “Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron.

Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”.

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.

Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”.

El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿O no tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.

domingo, 30 de agosto de 2026

Retírate

 Retírate (Mt. 16, 21-27)

La expresión de Jesús a Pedro en el evangelio de este domingo sorprende por su dureza. “¡Retírate!”. Pedro acaba de confesar su fe en el Maestro, pero ahora intenta apartarlo del camino que conduce a Jerusalén, al sufrimiento y a la cruz. Quiere evitarle el dolor. Habla desde el afecto, pero piensa según la lógica humana. Por eso Jesús lo corrige con firmeza.

 

La palabra “retírate” tiene varias resonancias. Puede significar “apártate”, cuando algo se transforma en obstáculo para cumplir una misión. También puede entenderse como “ponte detrás de mí”, que es el lugar del discípulo y no el de quien pretende indicar el camino al Señor. Pero existe una tercera lectura que quizás nos ayuda especialmente hoy: retírate un momento, toma distancia, vuelve a mirar las cosas desde una perspectiva más profunda.

 

Al concluir agosto, Mes de la Solidaridad, y disponernos a comenzar septiembre, Mes de la Patria, vale la pena aceptar esa invitación. Retirarnos por un instante del ruido cotidiano, de las urgencias y de los cálculos inmediatos para preguntarnos qué es realmente lo esencial. No se trata de escapar de la realidad, sino de contemplarla mejor.

 

La solidaridad auténtica, aquella que recordamos especialmente en torno al legado de san Alberto Hurtado, nunca ha sido un ejercicio cómodo. Implica tiempo, generosidad y capacidad de cargar con preocupaciones ajenas. Quien sirve de verdad descubre pronto que el amor encuentra resistencias: la indiferencia, el cansancio, la incomprensión y, muchas veces, las propias limitaciones. Sin embargo, es precisamente allí donde el Evangelio sitúa el seguimiento de Cristo. No en la búsqueda de una vida sin dificultades, sino en la disposición a entregarse por algo más grande que uno mismo.

 

Pedro representa una tentación permanente: la de querer llegar al fin sin aceptar el camino. La de privilegiar la seguridad por sobre la misión. La de buscar los frutos sin asumir las exigencias de la siembra. Jesús, en cambio, recuerda que ciertas dificultades no son necesariamente señal de fracaso. Algunas forman parte de la fidelidad a aquello que vale la pena.

 

Esto es importante también para la vida social. Al acercarse las fiestas patrias solemos agradecer los bienes que compartimos como nación: la historia, las tradiciones, los afectos y la pertenencia a una comunidad. Pero una patria no se construye solo con celebraciones. Se construye cuando las personas están dispuestas a contribuir al bien común, aun cuando ello demande esfuerzo, renuncia o perseverancia.

 

En el fondo, la corrección de Jesús a Pedro apunta a una confusión frecuente: la de los medios con los fines. La seguridad, el reconocimiento, el éxito e incluso nuestras instituciones son medios necesarios y valiosos. Pero no son el fin último. Cuando los convertimos en absolutos terminan ocupando un lugar que no les corresponde. El fin es siempre mayor: la voluntad de Dios, la dignidad de toda persona, el amor que da sentido a la existencia.

 

Quizás por eso el “retírate” del Evangelio no es una invitación a alejarse, sino a reordenarse. A sacar del centro aquello que no debe ocuparlo. A tomar la distancia suficiente para reconocer nuevamente qué es lo que merece nuestra entrega.

 

Al terminar un mes dedicado a la solidaridad y comenzar otro dedicado a la patria, la palabra de Jesús nos invita a discernir qué obstáculos debemos apartar y qué compromisos debemos asumir. Porque el seguimiento de Cristo no consiste en evitar toda dificultad, sino en caminar con fidelidad hacia aquello que realmente importa.

 

“El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.    Mt. 16, 24

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”.

Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”.


domingo, 9 de agosto de 2026

Mirada Renovada

 Mirada renovada (Mt. 14, 22-33)

Chile atraviesa un tiempo de cierta incertidumbre. Lo percibimos en la inquietud de las familias, en el persistente desempleo y la creciente informalidad, pero también en la fragilidad de las confianzas, en la dificultad para construir acuerdos duraderos y en la sensación de que avanzamos con algo de viento en contra. Pareciera faltar un relato común que oriente y aglutine.

El Evangelio de este domingo nos presenta a los discípulos de Jesús en una barca sacudida por las olas durante la noche. No es sólo una descripción de un episodio ocurrido hace dos mil años. Es también un retrato de la experiencia humana. Todos conocemos de esas travesías en las que el esfuerzo parece insuficiente, el horizonte desaparece y la tormenta amenaza con ocupar todo el campo de visión.

Lo sorprendente es que Jesús no aparece cuando las aguas están tranquilas. Llega precisamente en medio de la tempestad. Camina sobre aquello que provoca temor y dirige a sus discípulos una palabra que conserva intacta su fuerza: “No teman”.

Quizás éste sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. No dejar que el miedo se convierta en el principal intérprete de la realidad. Miedo a la inseguridad, a la incertidumbre económica, a la polarización, al deterioro de la convivencia o a la posible pérdida de aquello que valoramos. Cuando el miedo ocupa el centro de la vida personal o social, dejamos de construir futuro y comenzamos simplemente a resistir.

Pedro se atreve a salir de la barca. Mientras mantiene la mirada puesta en Jesús, avanza sobre las aguas. Pero cuando fija su atención en la violencia del viento, comienza a hundirse. La escena contiene una enseñanza que trasciende lo religioso y alcanza la vida de cualquier comunidad humana. Los pueblos también corren el riesgo de hundirse cuando terminan convencidos de que la tormenta es más poderosa que la esperanza, cuando los problemas ocupan todo el horizonte y se pierde de vista aquello que da sentido y dirección.

En este Mes de la Solidaridad, la figura de san Alberto Hurtado ilumina de manera especial este Evangelio. Él comprendió que la mirada cristiana no consiste en apartarse de la realidad, sino en verla más profundamente. Donde muchos observaban pobreza, abandono o exclusión, él reconocía el rostro sufriente de Cristo. Por eso repetía una convicción que transformó la historia social de Chile: el pobre es Cristo.

Tal vez allí se encuentre una clave para nuestra propia travesía. Pedro se sostuvo sobre las aguas mientras tuvo la mirada puesta en Cristo. Como sociedad, también necesitamos preguntarnos dónde está puesta nuestra mirada. Si somos capaces de descubrir a Cristo en quienes sufren, en las familias que viven con angustia el fin de mes, en las personas mayores que experimentan la soledad, en los jóvenes que buscan oportunidades y en quienes se sienten van quedando al margen de los beneficios del desarrollo, estaremos mirando en la dirección correcta.

Porque las tempestades que hoy sacuden nuestra convivencia no se calmarán únicamente mediante mejores diagnósticos o nuevas políticas, por necesarias que sean. También necesitan una renovada capacidad de compasión, de responsabilidad compartida y de solidaridad concreta. Una mirada renovada. Una nación se fortalece cuando reconoce que el dolor del otro no es un problema ajeno, sino una tarea común. La gran pregunta para Chile no es cuán fuerte sopla el viento, sino qué estamos mirando en medio de él.

El Evangelio nos recuerda que las tormentas no tienen la última palabra. La tienen la confianza, la solidaridad y la esperanza. No una esperanza ingenua que desconoce las dificultades, sino aquella que se atreve a enfrentarlas con la convicción de que siempre es posible reconstruir, reconciliar y comenzar de nuevo.

Quizás lo que nuestro país necesita hoy es precisamente una mirada renovada. Una mirada capaz de descubrir oportunidades donde otros sólo ven amenazas; una mirada que reconozca en los más vulnerables no una carga, sino una presencia que nos interpela; una mirada que vuelva a poner en el centro la dignidad de cada persona.

Entonces, como en el Evangelio, la noche comenzará a ceder ante la aurora. Y la barca, todavía en medio del mar, encontrará nuevamente el rumbo. Porque ningún viento es eterno. Y porque cuando un pueblo aprende a mirar a Cristo en el rostro de quienes más lo necesitan, descubre que incluso las aguas más agitadas pueden abrir paso a una esperanza compartida.

 

Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy Yo; no teman” Mt. 14, 27

 

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 14, 22-33

 

Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

 

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.

 

A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

 

Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy Yo; no teman”.

 

Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”.

 

“Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. Enseguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía:

 

“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

 

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: “Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios”. “