domingo, 25 de octubre de 2020

Amar con tutti

 

Amar con tutti (Mt. 22, 34-40)

El mandamiento central de los cristianos, en su doble orientación hacia Dios y hacia el prójimo, es un motor de inspiración para la vida de todas las personas. En este tiempo de pandemia, la distancia física nos ha recordado que no podemos vivir sin amar. El amor debiera transformar nuestras relaciones y nuestras instituciones, tanto a nivel local como global.

La pregunta que responde Jesús a los fariseos en el evangelio de hoy (“Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley”), lo lleva a recordar las enseñanzas que recibió de niño en su casa y seguramente también en la sinagoga cercana a ella. Las palabras de la Escritura que están en el Pentateuco, aquellas que comienzan con “Escucha Israel…” (Dt. 6, 5), se habrán agolpado en su memoria, así como en la de cualquiera que conociera más o menos parte de la tradición judía. Era una respuesta de memoria, casi obvia. Jesús completa este aspecto medular de su cultura haciendo semejante a ese primer mandamiento de amor a Dios, el de amar al prójimo, con una nota de reciprocidad. El amor de totalidad a Dios como principal mandamiento junto al amor al que está cerca, está a la base de la espiritualidad cristiana. Los cristianos, a lo largo de los siglos, hemos procurado hacer operativo este mandamiento en medio del mundo, actualizándolo según las cambiantes circunstancias y posibilidades.

Conocimos a comienzos de octubre la Encíclica Social del papa Francisco, Fratelli tutti, en la que encontramos una invitación a vivir con conciencia de ser parte de una fraternidad universal. Les invito a leerla. El papa toma como pórtico de entrada el emotivo encuentro de Francisco de Asís con el Sultán, como paradigma del encuentro de fraternidad entre dos personas de distintas culturas y tradiciones religiosas. Un segundo pórtico es la parábola del Buen Samaritano, desde donde nos invita el papa Francisco a considerar el modo como nos relacionamos unos con otros. En ella Jesús pone como ejemplo de quien cumple a cabalidad el mandamiento más importante de la ley, el mismo que se nos ofrece en el evangelio de hoy, a un forastero, que seguramente no conocía la ley, pero que movido a compasión se detuvo ante un herido botado al lado del camino e hizo lo que estuvo a su alcance para cuidarlo.

Durante la semana que pasó se difundió el resultado final de una comisión asesora del Ministerio de Desarrollo Social y Familia que miró en profundidad cómo está la cohesión social en nuestro país. Sus tres principales dimensiones son (1) la calidad de los vínculos que establecemos; (2) el sentido de pertenencia a los distintos colectivos o comunidades; (3) la orientación al bien común. De otras maneras estamos hablando también de amor, desplegado en vínculos y relaciones significativos, en comunidades activas, y en la orientación de cada cual a velar por el bien de todos, de cada uno, de la comunidad, antes que del propio querer e interés. Destaca el informe, como fortalezas, la creciente valoración en nuestro país a la diversidad sexual; a la diversidad étnica o relacionada con las demandas de reconocimiento de nuestros pueblos originarios; en menor medida a la presencia de migrantes entre nosotros (con mucha diversidad de pareceres según condición socioeconómica); y también a un cierto orgullo de ser chilenos. En los nudos problemáticos, por mencionar algunos, destacan el debilitamiento de los vínculos sociales significativos (¡estamos teniendo menos amigos!); también de la confianza en otras personas y en las instituciones; destaca también la abismante desigualdad, la sensación de abusos que quedan impunes, también la baja en la participación electoral como expresión de desafección por la política.

Hoy estamos celebrando un plebiscito que puede ser la puerta de entrada a un proceso de redacción de una nueva constitución. Sin ingenuidades, dejemos que resuene en nosotros este mandamiento a amar con todo, y pidamos a Dios la gracia de que este proceso nos lleve a hacer que nuestro país sea más amable con todos. Transformemos nuestra sociedad, y las instituciones que nos hemos dado para organizarnos, en espacios que hagan posible la vivencia de estos mandamientos, que como sabemos, de poco sirven que estén escritos si no los ponemos en práctica cada día.

 

José Fco. Yuraszeck Krebs, S.J.

Capellán General Hogar de Cristo

           

Fragmento del Evangelio: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas”. (Mt. 22, 34-40)

sábado, 26 de septiembre de 2020

Del dicho al hecho...

Este domingo se nos presenta en el evangelio una parábola que puede aplicarse a todas las esferas de nuestra existencia cotidiana: nos revela la distancia que existe entre lo que declaramos y lo que efectivamente concretamos. El mayor fruto está en el hacer, no en el decir.

(Lecturas del día de hoy en este enlace)

La parábola que se nos ofrece en la liturgia de hoy está dirigida a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, profesionales de la religión de su tiempo. ¿A quién iría dirigida hoy? Es un relato en extremo sencillo, que pone frente a frente a dos hijos ante una solicitud de su padre: quien respondió que sí a la solicitud, no llegó; el que respondió inicialmente que no iría, finalmente llegó. Ya lo dice el saber popular: “del dicho al hecho, hay mucho trecho”.

San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales nos invita a considerar que “el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”. De distintas formas a lo largo de los siglos, los seguidores de Jesús han explicitado la enseñanza de esta parábola. Aunque parece claro que esta afirmación no es ninguna novedad del cristianismo, sino constatación de una dinámica muy humana, que por cierto se aplica también a quienes quieren seguir a Jesús. Más coloquialmente, afirmamos que no hay que ser como el cura Gatica, que predica pero no practica. Lo que se opone más profundamente a que la fe sea creíble, no es la increencia, sino la incoherencia. Esto que vale para la fe, también para cualquier ideología o doctrina profesada.

La contraposición que hace Jesús en la parábola, aunque simple, es dura. Coloca en primer lugar en la carrera hacia el Reino de Dios a los publicanos y prostitutas, personas que por sus conductas impuras son rechazadas del ámbito religioso, precisamente por los sumos sacerdotes y ancianos que son sus interlocutores. Jesús pone a los excluidos, en razón de su conducta, en primer lugar. No parece ser tan relevante para Jesús la solemne profesión de fe o una gran declaración pública de adhesión a su persona, sino más bien la apertura humilde al misterio de su presencia en el mundo. No es a los sanos ni a los justos que ha venido a redimir, sino a los endemoniados, a los pecadores, que se abren a la eficaz acción liberadora del Reino. Ejemplos de esto en los evangelios hay por montones. El mismo apóstol y evangelista Mateo que celebramos el lunes de la semana pasada es llamado por Jesús desde su banco de publicano. Leemos en Lucas la historia de Zaqueo, jefe de publicanos, que recibe a Jesús en su casa, y da pasos gozosos de conversión. Los leprosos, antes excluidos, son sanados e incluidos por Jesús. La mujer sorprendida en adulterio del capítulo 8 de Juan no es apedreada, sino perdonada.

Hoy, último domingo de septiembre, es el día de oración por Chile. Les invito a elevar una oración para que pasemos del dicho al hecho: que los anhelos de tiempos mejores para todos, más vigentes que nunca en estos tiempos de pandemia, se vayan concretando en acciones cotidianas. Tenemos la ilusión de que basta con que alguna acción se fije en una declaración, o en una ley, para que inmediatamente tal acción se realice. Son las instituciones y las personas en ellas, con sus acciones y proyectos, las que van concretando aquello que se declara. El debate constitucional que para muchos debiera incluir el anhelo de la garantización de derechos sociales, ha de considerar ante todo sus concreciones realizables entre nosotros. Participemos en este hito de nuestra democracia, y al mismo tiempo hagamos los mayores esfuerzos de organización y colaboración a todo nivel para que las palabras expresadas y las esperanzas que tenemos, se hagan realidad.

Fragmento del Evangelio: Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él” (Mt. 21,28-32)

domingo, 30 de agosto de 2020

Perder para ganar

 La fe cristiana está atravesada por esta paradoja fundamental. En el sufrimiento y el sacrificio, cuando se orienta a hacer el bien, encontramos lo medular del Misterio Pascual de Jesús. Hay más alegría en dar que en recibir; en amar que en ser amado; la vida se la gana, perdiéndola, ofreciéndola, en un misterio de amor que, al igual que en la vida de Jesús, nos redime de nuestros egoísmos y de la mera satisfacción del autointerés.

 

Estamos terminando agosto, mes de la solidaridad en memoria del Padre Hurtado. Desde hace pocas semanas ha comenzado en varias comunas de nuestro país el desconfinamiento, paso a paso, aunque en algunos casos hemos tenido que volver atrás. Comienzo estas letras acentuando la importancia de que sigamos cuidándonos y siendo responsables con las libertades que poco a poco se nos devuelven, que los riesgos aún son altos. Soy consciente de que esto que les pido, contradice un poco lo que viene a continuación.

El evangelio que proclamamos hoy encierra una paradoja: el movimiento de Jesús hacia Jerusalén junto con sus discípulos lo llevará a sufrir, hasta dar la vida en la cruz, por enfrentarse con quienes tienen la intención de darle muerte. ¿Quién en su sano juicio puede querer algo así? En este pasaje del evangelio Él mismo lo explicita, aunque quienes lo acompañan ya se van dando cuenta del fervor que despierta en las muchedumbres, y la oposición que eso genera entre los “ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas”, la clase dirigente que lo considera una amenaza, y por tanto quiere borrarlo del mapa. Pedro, el impulsivo pescador, profundamente humano, se planta delante para impedir que Jesús siga su camino y ponga en riesgo, desde su comprensión del asunto, su vida y proyecto.

Pedro, y con él los demás, no ha entendido algo, y tardará un tiempo en comprenderlo. Si el grano de trigo no muere, no da fruto. La vida de Jesús, y las nuestras también, se plenifican cuando se entrega, eligiendo el bien y no lo que circunstancialmente nos conviene. Es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Su proyecto no es otro que el Reino de Dios, que se realiza y hace presente en cada gesto de entrega y amor desinteresado, como de quien sana, libera y sirve sin esperar recompensa, más que la bienaventuranza y alegría asociada.

Ante la disyuntiva de ir a Jerusalén, el lugar del riesgo y de la probable muerte, o echar pie atrás salvando el propio pellejo, Jesús no se pierde. Con dureza le dice a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mi Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.” El horizonte de Jesús, insisto, es el de la realización de la voluntad de su Padre, eso que llamamos el Reino de Dios: un horizonte escatológico que se concreta ya en este tiempo presente, en cada gesto de amor y entrega, de ofrenda de la propia vida. ¡Donde hay amor y caridad, Dios ahí está! Jesús nos invita, con Pedro, a seguir sus pasos, a ir detrás de Él, a no ser un obstáculo para su presencia y acción redentora en el mundo.

En el contexto en que estamos, muchos indicadores muestran que vamos perdiendo. La economía ha retrocedido varios puntos del PIB, se han destruido millones de empleos que sin duda tardarán un tiempo en recuperarse. ¿Volveremos alguna vez a lo mismo que antes? Miles de familias, empujadas por la pérdida de sus fuentes de trabajo, y la imposibilidad de pagar arriendos, se van a vivir en campamentos. En muchos lugares escasean los alimentos, falta la salud, falta también compañía, especialmente entre las personas mayores que han debido estar especialmente confinadas.

La primavera anuncia brotes verdes. Ha reverdecido la organización comunitaria y de base, que atiende necesidades de alimento, y también de compañía. El sacrificio abnegado de los equipos médicos y de salud, de atención social a personas mayores o que viven en la calle, todo ello organizado y sostenido de muy distintas formas, ha sido y sigue siendo una buena y alegre noticia. Ante la emergencia se han ido moviendo las fronteras de lo posible, en destinación de recursos y otras iniciativas. Hemos valorado quizás como nunca los vínculos primordiales, esos que no nos están permitidos abrazar ni cultivar del todo por las medidas sanitarias.

Sigamos tras los pasos de Jesús, mirando nuestra vida con sus ojos, y preguntándonos hondamente, ¿qué haría Él en nuestro lugar? Que la respuesta a esta pregunta del Padre Hurtado siga haciendo brotar iniciativas que posibiliten el triunfo del amor por sobre el egoísmo.

                Fragmento del Evangelio: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt. 16,21-27)

domingo, 2 de agosto de 2020

Todos comieron hasta saciarse

 El relato de la multiplicación de los panes que se nos ofrece hoy, apunta a una de las necesidades primordiales de toda persona: que no falte el pan en la mesa. La solución ofrecida por Jesús acentúa la importancia de la pertenencia a una comunidad, a un “nosotros”, que permite que subsistamos en la adversidad, en el descampado.

 El pasado 21 de julio se cumplieron 4 meses desde la primera víctima fatal del COVID-19 en nuestro país. Esta semana que ha pasado se ha dado inicio en algunas comunas el proceso que paso a paso debiera llevarnos al desconfinamiento. Vayamos despacito, que los rebrotes pueden ser muy dañinos, como ha estado ocurriendo en otros países.  Aún no somos capaces de vislumbrar la totalidad del impacto social y económico que esta emergencia sanitaria provocará. Lo que es claro es que con el frenazo a la economía, ha aumentado a niveles no vistos en décadas el desempleo, y con ello, comienza a arreciar el hambre. Se han activados distintas campañas de cajas de alimentos, las del gobierno y de muchísimas organizaciones de la sociedad civil. Se han activado también muchísimas ollas comunes. Hace algunos días, y tras un intenso debate en el congreso, existe la posibilidad de que quien así lo desee, saque el 10% de sus propios fondos previsionales para aliviar sus necesidades.

El relato de la multiplicación de los panes que se nos ofrece en la liturgia de hoy puede iluminar el momento que estamos viviendo. Ante la hora que avanza, y el hambre que empieza a arreciar entre la multitud que lo acompañaba, Jesús le dice a sus discípulos: “Denles ustedes de comer”. Existía la posibilidad de desentenderse, de proponer que cada cual se las arreglara por sí mismo. Jesús ordena otra cosa. Sigue resonando en nosotros la petición que hacemos repetidamente en el Padre Nuestro: ¡¡Danos hoy nuestro pan de cada día!!

Vemos en este relato un modo de ser de Jesús que lo muestra muy conectado con la necesidad, toda necesidad. Ante el encuentro con la muchedumbre brota presurosa la compasión. Se pone manos a la obra, y con sus acciones comienza a sanar a los enfermos. ¿De qué necesitamos ser sanados nosotros? Del germen de individualismo que impide que construyamos comunidad y busquemos soluciones colectivas a los problemas que son de todos. Comer es mucho más que nutrirse ingiriendo alimentos: en torno a una mesa se gesta amistad, se acompaña la vida, se construye familia y hogar.

La vacuna contra el individualismo no es otra que crear fraternidad y comunidad. Compartir lo que tenemos, hacernos compañeros, hermanos. Urge que apoyemos y no demos la espalda a las necesidades y carencias, en sus más diversas formas. Urge que quienes puedan mantengan el compromiso con iniciativas que, por más pequeñas e insignificantes que parezcan – como parecían insignificantes los cinco panes y dos peces disponibles -  hacen ver en todo otro a un hermano.

Concluyo estas palabras haciendo un breve homenaje – se podría escribir un libro - al padre Josse van der Rest, S.J., fallecido el pasado viernes 24 de julio. Jesuita belga, en Chile desde 1958, desde entonces ha prestado diversos servicios como sacerdote en el Hogar de Cristo. Ha sido el gran impulsor de la Fundación de Viviendas del Hogar de Cristo (hoy Fundación Vivienda): por décadas atendió la necesidad de emergencia habitacional en las, entonces llamadas, poblaciones callampa. Se le reconoce como el inventor de la mediagua. Al crear el Selavip en 1971 extendió ese servicio a muchos países de América Latina, África y Asia. En sintonía con el evangelio de hoy, ha destacado por hacerse cercano y hermano de los pobres, compartiendo lo que tenía con los que no tenían mucho, construyendo comunidad y desatando solidaridad. ¡Descansa en paz Josse! ¡Sigue inspirando nuestro actuar en las circunstancias que enfrentamos nosotros hoy!

Fragmento del Evangelio: “Jesús vio a una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos. (…) Después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse” (Mt. 14, 13-21)