domingo, 15 de marzo de 2026

Volver a ver

Volver a ver (Jn. 9, 1 – 41)

El evangelio de este domingo nos presenta una de las escenas más humanas y reveladoras de todo el cuarto evangelio: un hombre que no veía, que nunca había visto, que no conocía la luz ni los colores, y que, de pronto, recibe la vista como un regalo inmerecido. Jesús lo toca, lo envía a lavarse, y él, sencillamente, se deja conducir. Y, al volver, lo hace viendo. Los encuentros y diálogos posteriores lo llevarán a afirmar con profunda convicción su fe en Jesús.

La conversión a la que estamos invitados en esta cuaresma - ya estamos en el cuarto domingo, a solo tres semanas de la Semana Santa - comienza muchas veces así: con un gesto que no se fuerza, con una apertura humilde, con un deseo sincero de luz, con un brote pequeño y frágil.

En estos días en que nuestro país ha vivido un cambio de autoridades, este evangelio se vuelve especialmente iluminador. La alternancia política a la que nos hemos ya acostumbrado —tan propia de una democracia que madura— implica que quienes antes eran oficialismo ahora se convierten en oposición, y viceversa. Los roles cambian, las responsabilidades se redistribuyen, y los acentos se modifican. Pero hay algo que no debiera cambiar jamás: la capacidad de ver. Ver la historia que nos trajo hasta aquí. Ver al otro no como enemigo, sino como persona. Ver que compartimos la misma tierra, el mismo sol, la misma casa común, el mismo destino.

A veces, como en el relato evangélico, podemos quedar atrapados en cegueras que no reconocemos: la sospecha permanente, del prejuicio, del miedo, del rencor o incluso de la indiferencia. Y como los fariseos del relato, podemos convencernos de que vemos más que otros. Así como la soberbia enceguece, la ignorancia es muy atrevida.

El desafío de este momento histórico no es sólo político; es profundamente humano. El país es uno solo, pero quienes lo habitamos somos cada vez más diversos. Y, en medio del reconocimiento de esa diversidad, todos necesitamos pedir lo mismo que el ciego del evangelio: la gracia de ver.

Ver el valor como servidores públicos de quienes llegan, y también de quienes se van. Ver que detrás de cada postura hay una historia, un anhelo, un temor o una esperanza. Ver que nadie posee todo el bien, ni toda la verdad, ni toda la solución. Ver que el país no se construye desde trincheras, sino desde encuentros y acuerdos amplios.

Y ver, sobre todo, a quienes suelen quedar fuera del campo visual: los que llevan años intentando insertarse; las mujeres y jóvenes desempleados; los que viven en las calles y correteamos de un lado a otro sin lograr una solución real; los que están fuera del sistema escolar; los que han tenido que venir de lejos escapando de realidades penosas; los que buscan un espacio digno para aportar al bien común y de sus familias desde sus talentos y capacidades. Ellos también “vuelven viendo” cuando se encuentran en una comunidad que les abre espacio.

Hoy, más que nunca, necesitamos esa luz humilde y valiente que Jesús ofrece. Una luz que no se impone, y que cuando nos ilumina nos transforma. Una luz que nos devuelve la capacidad de reconocernos como hermanos, más allá de las diferencias legítimas y necesarias. Una luz que nos recuerda que Chile es tarea de todos, y que nadie sobra en esa tarea. Que este domingo podamos repetir, con la misma honestidad del ciego sanado: “Señor, quiero ver”. Y que ese deseo se convierta en un modo nuevo de caminar juntos.

Texto breve del evangelio: “Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada” Jn. 9, 32-33

 

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 8, 12

“Yo soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la Vida”, dice el Señor.

EVANGELIO

Fue, se lavó y vio

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 9, 1-41

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”

“Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús-; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”

Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”.

Él decía: “Soy realmente yo”.

Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”

Él respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi”.

Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”

Él respondió: “No lo sé”.

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.

Él les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.

Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.

Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?” Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un profeta”.

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”.

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”.

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios.

Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”.

“Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”.

Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”

Él les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”

Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste”.

El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”.

Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?” Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”

Él respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”

Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.

Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.

Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”.

Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece”.

Palabra del Señor

O bien más breve:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 9, 1.6-9. 13-17. 34-38

Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole:

“Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”

Unos opinaban: “Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece”.

Él decía: “Soy realmente yo”.

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.

Él les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”. Algunos fariseos decían:

“Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.

Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”

Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un profeta”.

Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones?” Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”

Él respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”

Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.

Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.

Palabra del Señor