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lunes, 11 de agosto de 2025

Empresas al servicio del bien común

Agosto, mes de la solidaridad, nos recuerda la vida y obra de san Alberto Hurtado, quien no solo fue un gran sacerdote y fundador del Hogar de Cristo y USEC, entre otras organizaciones, sino también un apasionado divulgador de la Doctrina Social de la Iglesia. En un tiempo como el nuestro, a más de 70 años de su muerte, su legado sigue siendo profundamente actual, y puede interpelar especialmente a quienes, desde el mundo de la empresa, tienen en sus manos herramientas poderosas para transformar la sociedad.

En el Hogar de Cristo y sus Fundaciones Súmate y Emplea, día a día estamos cerca de rostros concretos de exclusión: personas sin techo, que viven en las calles; adultos mayores que sufren mucha soledad; jóvenes descartados, sin claras perspectivas de desarrollo personal y laboral. Aunque sea un buen comienzo, no basta con sentir compasión. Como decía san Alberto: “la caridad comienza donde termina la justicia”. Por eso, necesitamos empresas, y personas dentro de ellas, que tengan la mirada amplia, capaces de identificar los dolores del entorno y, a la vez, de potenciar con decisión las capacidades y la autonomía de sus trabajadores, y desde ahí de quienes más lo necesitan.

La Doctrina Social de la Iglesia propone una comprensión del rol social de la empresa que va mucho más allá de la rentabilidad. No se trata de filantropía ocasional, sino de comprender que toda empresa es una “comunidad de personas” situada en un contexto particular, que existe para crear valor y riqueza; generar empleo digno y oportunidades de desarrollo; cuidar el medio ambiente –nuestra “casa común” a decir del papa Francisco– y también contribuir al bien común. La empresa, cuando es conducida con visión ética y sentido de misión, puede ser –y lo ha sido en nuestro país con notables resultados– un verdadero agente de transformación.

Hoy, cuando la pobreza vuelve a estar en el debate público y a hacerse más visible —no porque haya aumentado de golpe, sino porque la medimos mejor—, se vuelve urgente un compromiso empresarial que no sea sólo reactivo, sino profundamente proactivo. Promover prácticas laborales justas y aumentar la productividad; invertir en formación y en creación de nuevas competencias; innovar con propósito, favorecer la vida familiar y la crianza; integrar a los más excluidos a través del trabajo: todo esto forma parte de una manera robusta de entender la solidaridad.

En un país fragmentado, la empresa puede ser también un lugar de encuentro y pertenencia. En un mundo y tejido social tan heridos, puede ofrecer caminos de reconciliación. Y frente a una cultura del descarte, puede abrir espacio a una cultura del cuidado. San Alberto soñaba con un Chile más justo, fraterno y humano. Ese sueño es también tarea para los líderes empresariales de hoy. 

Construyamos juntos un país que no margine, sino que integre; que sea inclusivo, no extractivo; que no explote, sino que dignifique; que no contamine, sino que cuide. Esa es la solidaridad que necesitamos hoy: exigente, concreta, y profundamente humana. ¡Cuidemos el alma de Chile!

(Publicado en el sitio web de USEC Empresas al servicio del bien común – P. José Francisco Yuraszeck – Usec)

martes, 23 de febrero de 2016

Hacia una sociedad inclusiva

(Publicado originalmente en febrero de 2016 en http://territorioabierto.jesuitas.cl/hacia-una-sociedad-inclusiva/)



Hace unos meses llegó a mis manos un libro titulado ¿Por qué fracasan los países?[1] , en el que con bastante información documentada se hace un balance histórico del crecimiento y desarrollo en el mundo.

El ejemplo dramático con el que comienza el libro es el de Nogales, en el sur de Arizona -Estados Unidos- y el norte de Sonora -México-. Las “dos ciudades” tienen el mismo clima, y la procedencia de sus habitantes es más o menos la misma, aunque actualmente su nivel de vida es radicalmente distinto. Un muro de acero de siete metros de altura los separa. Lo que los autores intentan mostrar es cómo los distintos acuerdos políticos y económicos que se realizaron a lo largo del tiempo entre estos dos países, asociados al distinto modo de colonización, equilibrios de poder, instituciones y leyes, etc., dan cuenta del resultado actual.

Uno de los conceptos desarrollados en el libro, que permite evaluar con profundidad el éxito o el fracaso de los países en el largo plazo, es el de las instituciones, tanto políticas como económicas. Los autores del libro, D. Acemoglu y J. Robinson, las dividen entre inclusivas y extractivas.

¿Qué caracteriza, según estos autores, a las instituciones inclusivas? En el aspecto económico, posibilitan y fomentan la participación de la gran mayoría de las personas en actividades económicas que aprovechan mejor su talento y sus habilidades, y permiten que cada persona pueda elegir libremente lo que desea. En el ámbito político, las instituciones inclusivas están suficientemente centralizadas (o sea, son capaces de ejercer con eficacia el “monopolio” del poder que les ha sido confiado), y son pluralistas (el poder político reside en una amplia coalición o pluralidad de grupos). Esto hace que el poder se pueda repartir ampliamente en la sociedad, lo que limita considerablemente su ejercicio arbitrario o que éste vaya en beneficio del propio interés. Este tipo de instituciones allana el camino a dos motores de la prosperidad: la tecnología y la educación.

¿Y cuáles son las instituciones extractivas? En general, tienen las propiedades opuestas de las inclusivas. Su objetivo es extraer rentas y riquezas de una parte de la sociedad para beneficiar a otra, y en general, son reticentes a la innovación y a los grandes cambios tecnológicos. En el ámbito político, concentran el poder en manos de una elite reducida y fijan pocos límites al ejercicio de su poder.

Adivine.

Sí.
Las sociedades inclusivas muestran con el tiempo mejores resultados, entre otras cosas, porque posibilitan en mejor medida la sustentabilidad social, económica y política. Aunque las sociedades extractivas puedan mostrar buenos resultados en un breve periodo de tiempo, en el largo plazo se estancan. Acemoglu y Robinson dan ejemplos de lo uno y de lo otro, tanto de países que podrían haber sido catalogados de capitalistas, como de los que podrían haber sido llamados comunistas.

En el libro Tejado de vidrio[2], Mario Waissbluth, después de hacer un descarnado análisis de la realidad y ofrecer pistas para recuperar las confianzas en Chile, se sirve de las categorías de las instituciones políticas y económicas extractivas o inclusivas para caracterizar a nuestro país.

Adivine.

Sí.

Según el autor, la institucionalidad política y económica de nuestro país puede ser categorizada como extractiva.

¿Qué se puede hacer? ¡Lea el libro, el autor da varias pistas!

Me atrevo a decir como intuición fundamental, y en sintonía con lo que hizo San Ignacio de Loyola en tiempos de grave crisis eclesial -tal vez tanto más grave que la de ahora-, que hay que hacer el esfuerzo de cambiar las cosas desde dentro para hacernos más inclusivos. En el ámbito político es acertado que se estén creando nuevos partidos, y que se promueva la transparencia y el rendir cuentas, tal como lo ha hecho Ciudadano Inteligente. En el ámbito económico, es bueno saber que hay otros modos de hacer negocios, rentables a la vez que sustentables: por ejemplo, lo que ha realizado desde hace un tiempo Late, empresa de agua purificada que dona el 100% de sus utilidades a alguna de las instituciones de la Comunidad de Organizaciones Solidarias; o lo que ofrece Sistema B, que certifica a empresas que quieren ser las mejores para el mundo, combinando el lucro con la solución a problemas sociales y ambientales; o el lanzamiento de Doble Impacto -un fondo de inversión social que busca compatibilizar la rentabilidad con el desarrollo sustentable- en algunas semanas más. De seguro hay muchísimos otros buenos ejemplos.

Por estos días estoy leyendo la investigación del periodista Daniel Matamala sobre la influencia del dinero en la política en la historia de Chile, y como esto está afectando radicalmente la calidad de nuestra democracia e instituciones. Lo estoy empezando. La reflexión va por el mismo lado que lo dicho acá. No creo que sea coincidencia.

[1] D. Acemoglu – J. Robinson, Por qué fracasan los países. Planeta, Barcelona, 2012
[2] Waissbluth, M., Tejado de Vidrio: como recuperar la confianza en Chile. Penguin Random House, Santiago de Chile, 2015

jueves, 19 de noviembre de 2015

Soberanía Territorial

(Publicado originalmente en noviembre de 2015 en http://territorioabierto.jesuitas.cl/soberania-territorial/)


En nuestras ciudades, se puede observar con evidencia cotidiana cómo la premisa “si cada uno busca salvaguardar su propio interés se consigue el mayor bien para todos”, en un buen número de casos, es falsa. Quien decide usar su vehículo particular, en vez del transporte público, contribuye a crear los tacos que se generan cotidianamente en nuestras calles. Externalidades negativas les llaman. Antes de seguir adelante, una aclaración: aunque escribo considerando la experiencia de Santiago de Chile, esto mismo se puede aplicar a otros lugares.

Santiago de Chile al atardecer con la luna saliendo en la cordillera
Era un lugar común hace unos 20 años, antes de construir las autopistas de las que hoy nos ufanamos -y también sufrimos- que, para disminuir los tiempos de viaje entre distintas zonas de la ciudad, debía desincentivarse el uso del automóvil. Para eso había que mejorar sustantivamente el transporte público, con vías segregadas y otros mecanismos que hicieran que, a la hora de tomar decisiones, el inestable equilibrio del impacto en la comunidad de las decisiones cotidianas que cada cual toma, se moviera hacia uno de mayor bien para todos.

Sabemos el resultado. Restricción vehicular, tarificación vial, aumento en los costos de los estacionamientos. Estas son solo algunas de las posibles medidas que la autoridad territorial debiera tomar para generar cambios en los comportamientos individuales que, finalmente, provocan un daño. Es labor de la autoridad política velar por el bien común, ejerciendo el poder que le ha sido confiado sobre quienes viven en un territorio. Cuando las instituciones que nos hemos dado no sirven para realizar los propósitos con que fueron creadas, hay que cambiarlas.

Apliquemos la misma premisa a lo que está ocurriendo con las estrategias de densificación territorial. En la última década en la Región Metropolitana de Santiago, se han impulsado distintas políticas públicas que premian la construcción de edificios y viviendas en zonas antiguas de la ciudad. Esto para aprovechar la infraestructura urbana disponible (agua potable, alcantarillado, comisarias, supermercados, metro, hospitales, colegios y universidades), en vez de ir más allá de los límites de la ciudad, donde todo eso falta, y los tiempos de desplazamiento hacia el trabajo y el estudio son considerables.

En lo que se refiere a las políticas de vivienda social, se ha promovido la posibilidad de la “densificación predial”, es decir, construir una segunda vivienda en un sitio propio o de un familiar, o del “subsidio de localización”, que ha permitido, en un buen número de casos, erradicar campamentos construyendo viviendas sociales bien cerca de su localización primera, facilitando, entre otras cosas, el que no se rompa el frágil tejido social de las familias que viven ahí.
 Otro caso de similar naturaleza es el del subsidio para la construcción y compra de departamentos en el centro de Santiago y otras comunas circundantes. Aunque no sabemos del todo cuál es el real impacto que tienen estas medidas, es evidente que motivan decisiones de constructoras e inmobiliarias.Un interesante ejercicio es subir al cerro San Cristóbal y ver la ciudad y su crecimiento desde allá. Con claridad se puede observar la cantidad de edificios que han proliferado en torno a las estaciones del metro. ¿Cuál es la consecuencia que tiene sobre los territorios el que, en un corto periodo de tiempo, se multiplique por 50 o 100 la cantidad de habitantes que viven en él?

Las respuestas son diversas, e incluyen aspectos positivos y negativos. Interesante es que desde una aproximación multidisciplinar, hay numerosas organizaciones sociales y académicas que están intentando responder estas preguntas. Recomiendo asomarse a la web www.plataformaurbana.cl en la que uno puede suscribirse a un newsletter cotidiano. Por estos días, promueven varias iniciativas que justamente tratan de responder estas preguntas.

Bastante se ha hablado de la necesidad de una autoridad que tenga efectivo poder para abordar las complejidades de una metrópoli y velar por el bien común de todos los que la habitamos. Sin lugar a dudas hay que tener una mirada en lo macro, y hasta ahora muchos coinciden en que esta visión ha faltado (o ha fallado). Pero, además, es importante la base, la organización local, barrial o territorial.

Un ejemplo virtuoso es el que acontece desde hace algún tiempo en el barrio Yungay, y tantos otros sectores antiguos de Santiago, que se van organizando y renovando. Pero, lamentablemente, hay muchos otros ejemplos en los que el precario equilibrio se mueve hacia un resultado peor para todos. Es el caso de los llamados guetos urbanos que el mismo Estado ha provocado, en razón de las políticas de vivienda social de décadas pasadas. El “tío Emilio”, como cariñosamente le dicen, lo hizo evidente hace poco en el programa “En su propia trampa” de Canal13.

Lamentamos que en actual gobierno no se continuara con el Programa Segunda Oportunidad, que permitía a familias que ya habían recibido un subsidio habitacional en barrios con graves problemas de convivencia y seguridad, acceder a una nueva vivienda (lo comentamos hace dos años). Además se procedería a demoler las antiguas viviendas para dotar al barrio de parques e infraestructura urbana, un beneficio para quienes decidieran permanecer ahí. Por razones de diversa naturaleza, en muchos lugares, no se ha podido forjar el tejido social que hace que no sea la ley del más fuerte la que se imponga. Se requiere actuar decididamente con todas las facultades que ofrecen la ley y las instituciones para recuperar ahí la soberanía territorial.

Coincidentemente, el último informe de Desarrollo Humano del PNUD en Chile se refiere a los tiempos de la politización de los chilenos. El próximo informe, que debiera salir el 2016, abordará el tema del Territorio.

Ciudadanos democráticamente responsables que se organizan, son capaces de visibilizar sus necesidades, y no solo esperan que venga la autoridad a resolverlas, sino que hacen lo que está a su alcance para, entre todos, resolverlas y así constituirse como comunidad. Y, al mismo tiempo, pueden exigir a quien tiene que velar por el bien común que efectivamente lo haga. La sociedad y país que construimos reflejan lo que vive cada uno y las comunidades a las que pertenecemos.

lunes, 7 de marzo de 2011

Actuando sobre nuestras ciudades

(Publicado originalmente en marzo de 2011 en http://territorioabierto.jesuitas.cl/actuando-sobre-nuestras-ciudades/)

Favela en Rio de Janeiro
La ciudad que habitamos es, guardando las diferencias, como un gran organismo viviente. En nuestra América Latina las ciudades y la sociedades están enfermas. Somos la región más urbanizada del mundo (Según el Informe de ONU-Habitat  sobre el estado de las ciudades de América Latina y el Caribe, el 2010 el 79% de los latinoamericanos vivíamos en ciudades, mientras que en 1950 el porcentaje llegaba tan solo al 41%).

Al mismo tiempo, el informe citado señala que somos la región más desigual del planeta. Si queremos, junto con superar la extrema miseria, derribar las inmensas barreras de la desigualdad, tenemos que pensar (y actuar) sobre nuestras ciudades.

Esta intervención debiera hacerse tanto en lo que se llama planeación urbana (intervención física-espacial), como en lo que dice relación con la gobernanza (conjunto de valores cuyo principal interés es la formulación de juicios éticos y políticos). Y esto a todo nivel: desde la reforma de la administración pública, hasta la promoción de la organización de base, como las juntas de vecinos o las asociaciones de consumidores,  incluyendo las organizaciones estudiantiles.

¿No es todo esto bien sabido? Sí, pero… se olvida. Por mirar los árboles no vemos el bosque. En el enfrentamiento de los enormes desafíos que tenemos nadie debe restarse. Y urge que dejemos de lado la pequeña política, que busca tan solo obtener en el corto plazo buenos -pero cortos- resultados electorales, para fortalecer la gran Política, que comienza muchas veces con gestos pequeños. En esto estamos al debe. La reconstrucción emprendida en nuestro país es una enorme oportunidad, siempre que no dejemos de recordar que la ciudad no son solamente casas, calles, edificios, sino que sus personas asociadas en instituciones.

¡Cuán fácil nos resulta aislarnos de lo que pasa a nuestro alrededor! Vamos en el metro, en la micro o en el auto, cada cual enchufado a la música que más le gusta! Me parece bueno que una señora subiera el video de la agresión que sufriera en una micro del Transantiago hace unos días arguyendo “estar aburrida de que todos se queden callados”.

En su reciente visita a Chile, el sacerdote jesuita Adolfo Nicolás, cabeza de la Compañía de Jesús en el mundo, nos invitó, en distintas instancias, a escuchar la “música” de los pobres. Para ello hay que acallar otras “músicas”, y acercarse sin miedos ni prejuicios, establecer vínculos y asociarse, interrogando lo que por costumbre nos parece obvio que ocurra. Hay múltiples maneras de transformar nuestras ciudades. Sólo debemos descubrir cuál es la propia.