domingo, 6 de junio de 2021

Pan que se comparte

Tras las fiestas de Pascua, que han culminado hace dos semanas con la Solemnidad de Pentecostés, este domingo se nos invita a celebrar en el seno de la iglesia católica la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Corpus Christi, en latín. Hasta hace poco se celebraba un día jueves, y en nuestro país era feriado civil. Ahora en domingo. Solía ir acompañada de procesiones festivas por las calles alrededor de parroquias y templos. Hoy tendremos que celebrar discretamente, estamos en tiempo de pandemia.

Esta celebración viene a reforzar festivamente el que reconocemos – en la tradición cristiano católica - la presencia viva y actuante del mismo Cristo en las especies de pan y vino consagradas en la Eucaristía. Aunque sea bueno llamar al pan, pan, y al vino, vino, ellos nunca son sólo el pan y el vino. En ellos –fruto de la tierra y del trabajo humano, como rezamos en el ofertorio– hacemos evidente la cadena de interdependencia que nos conecta a unos con otros, con la naturaleza, con el mismo Dios creador, que en la persona de Jesús ha querido ofrecernos caminos de plenitud. Muy poco de lo que tenemos y somos es simple mérito individual: conectados en eslabones de amor y cooperación somos capaces de colaborar en la construcción de un mundo mejor.

En la tradición más antigua de la iglesia la Eucaristía es un momento de encuentro de acción de gracias y de memoria del gesto de Jesús: no sólo el de la última cena que se recuerda en el evangelio que proclamamos hoy, o el de su muerte y resurrección, sino el de toda su vida ofrecida para la vida del mundo. Es explicitación de su ejemplo, su persona, su proyecto, llamado el Reino de Dios: que vivamos siguiendo sus enseñanzas, alimentados por el pan vivo que es su palabra, transformando nuestro mundo para bien.

“El pan que tú retienes, le pertenece al hambriento”. Esta frase de San Ambrosio conecta las obras de misericordia corporales, tal como han sido explicitadas en la parábola del Juicio Final (Mt. 25, 31ss), con la dimensión comunitaria y de interdependencia que mencionamos. Reflexionaba esta semana en un encuentro online, Enrique Cueto, director de LATAM, mirando nuestra historia reciente y la crisis en que estamos sumergidos: “Si uno hiciera una revisión, por el lado de los privados, deberíamos haber sido capaces de distribuir mucho más el éxito. Creo que el Estado tampoco ha estado a la altura y, además, ha habido mucha desconfianza entre ambos. Pero hay que ponerle el hombro, escuchar, respetarse y pensar que no hay blancos o negros, solo grises”

El milagro de multiplicar los panes, que reconocemos en Jesús, tiene mucho que ver con hacer posible la cooperación y los acuerdos. Y junto con ello, procurar que el pan llegue a todos los que tienen hambre. Hagamos lo que esté a nuestro alcance para que en esta convención constituyente que se avecina, y en cada uno de los procesos de instalación de nuevas autoridades, quienes han sido elegidos para representarnos y conducirnos se comporten como verdaderos compañeros y compañeras: quienes comparten el pan, quienes se sientan a la misma mesa, y la ensanchan para que todos encontremos un lugar en ella. Procuremos que las reglas de convivencia de esta casa común que es nuestro país posibiliten que todos sus hijos e hijas podamos tener lo que necesitamos para vivir, desplegar nuestras capacidades y libertades, y ser profundamente felices.

 

José Fco. Yuraszeck Krebs, S.J.

Capellán General Hogar de Cristo

           

Fragmento del Evangelio: “Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

domingo, 9 de mayo de 2021

Mínimos comunes

En cuanto al tiempo litúrgico, nos encontramos en el VI Domingo de Pascua. Pero ante todo –me recordará alguno– es hoy el Día de la Madre: un día especial para expresar gratitud y cariño a quienes nos han traído al mundo, criado y cuidado. Al igual que varios de mis sobrinos, ¡le voy a hacer un dibujo a mi mamá!

En nuestro país seguimos, al igual que el mundo entero, sumidos en la pandemia. Las postergadas elecciones de constituyentes, gobernadores, alcaldes y concejales, se realizarán el próximo fin de semana. Y hemos sido testigos de una propuesta de agenda de mínimos comunes, en que los poderes ejecutivo y legislativo podrían avanzar, para ir en ayuda de personas, familias y empresas muy afectadas por la crisis económica producto de las restricciones sanitarias. Se trata de acudir a acompañar, aliviar y sostener, con medidas bien concretas, a muchos compatriotas que lo siguen pasando muy mal.

El texto del evangelio de hoy, situado en la larga exhortación que Jesús hace a sus discípulos en la última cena, nos habla de amistad, de encuentro, de amor, de vínculos, de dar la vida por los amigos. Es quizás un buen marco para hablar de estos mínimos comunes que debieran orientar ampliamente nuestra vida en sociedad, incluyendo el amor que transforme nuestro país y a todas las personas en él. De eso se trata la vida en comunidad.

Hace unos días hemos recibido la noticia de la muerte del biólogo Humberto Maturana, a los 92 años. Algunas de las palabras de una de sus últimas entrevistas – hace justo un mes– me parece sintonizan muy bien con este mensaje del evangelio, y nos muestran un camino para llegar a esos mínimos comunes, desde donde construir mucho más: lo primero es que llegó el momento de mirarnos y escucharnos. ¡No somos seres aislados! Conversemos para ponernos de acuerdo. Se trata de generar espacios de profunda colaboración. Y de acoger las quejas que teníamos sobre nuestra convivencia nacional como verdaderas. ¡Que el bienestar brote de una convivencia basada en el respeto y la colaboración, no en la competencia!

En sintonía con este mensaje, me ha impactado profundamente el testimonio desgarrador del reportaje del periodista Matías Sánchez en la revista Sábado de este diario la semana pasada: se daba cuenta de redes de explotación sexual comercial que asolaban algunas residencias de protección de niñas, evidenciando la fragilidad de nuestra convivencia y de los sistemas e instituciones que nos hemos dado para el cuidado del bien común y especialmente de quienes no cuentan con el tejido social que –como una madre– los cobije, defienda, cuide y sostenga. Hay muchos otros ejemplos, en distintos ámbitos de la vida en sociedad, en que la fragilidad e impotencia de las instituciones redunda en daños y heridas profundas a las personas y comunidades.

Pidamos juntos a Dios poder retomar las sendas del encuentro, el diálogo y la conversación fraterna, para abordar juntos tantos desafíos que tenemos. Puede que en la arena social y política haya adversarios: no los consideremos enemigos. Evitemos las descalificaciones y también los ofertones populistas: tentación siempre presente en un año de tantas elecciones. Un mínimo común a defender debiera ser el respeto y la responsabilidad, y un máximo al que aspirar, que nos amemos los unos a los otros, como nos invita Jesús en el evangelio.


Fragmento del Evangelio: “Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que Yo les mando. (…) No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. (Jn. 15)

domingo, 11 de abril de 2021

Re-construir

Los relatos de los encuentros tras la Resurrección de Jesús, como el que se nos ofrece en este Segundo Domingo de Pascua –llamado “de la Misericordia” –, hacen de epílogos de los evangelios, tras los extensos relatos de su Pasión y Muerte. La transición hacia la alegría pascual no es automática. Aún se perciben y viven el miedo, el temor, el encierro, el repliegue. No es para menos: están frescos los recuerdos del arresto, la tortura, la condena, del camino de la cruz y la muerte del Maestro.

En esa situación se encuentran los apóstoles de Jesús, reunidos en comunidad, con las puertas cerradas y, entonces, Él mismo se presenta en medio de ellos. Muestra las llagas de los clavos y el costado abierto; sus discípulos lo reconocen y se alegran. ¡Lo echaban mucho de menos! Les ofrece paz, sopla sobre ellos su aliento de vida, les envía. Nótese que a quienes hace algún tiempo lo traicionaron, les confía una misión de perdón.

En tiempos –los nuestros– en que tanto el pertenecer y el participar en una comunidad están muy debilitados, la ausencia de Tomás es orientadora. Desconfía, no les cree a los demás el testimonio que le dan. “Ver para creer”, dirá. El mismo Jesús vuelve a su encuentro, con los demás, la semana siguiente, y le saca una de las expresiones más preciosas de los evangelios: “Señor mío y Dios mío”.

El momento que vivimos en nuestro país es bien delicado. Hoy deberíamos haber estado votando, pero por razones sanitarias hemos debido posponer las elecciones. En muchos lugares se vive una desconfianza instalada. Las instituciones –partiendo por la Constitución– están muy debilitadas, requieren reformas profundas. También vivimos un proceso fuerte de disolución de vínculos y está muy frágil el tejido social, vivimos un profundo individualismo. Hemos conocido cómo y cuánto ha aumentado la cantidad de familias que viven en campamentos, lo que es expresión del déficit habitacional que arrastramos por años. La pandemia y sus consecuencias –como las medidas de cuarentena y otras restricciones impuestas por la autoridad– han evidenciado la vulnerabilidad, la fragilidad, hasta la precariedad en la que viven la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, y no parece dar tregua por ahora. Las ayudas estatales que se han ofrecido hasta ahora, no alcanzan.

Resucitar, levantarse de los muertos, tiene mucho de reconstruir vínculos, ponerse de pie, enfrentar el dolor y la muerte. Por un lado, se trata de volver a mirar la historia, las heridas, y sanarlas con el suave bálsamo de la verdad y el perdón; y también se trata de mirar el futuro, y preñarlo de esperanza colectiva. Que en este tiempo de Pascua se nos regale recuperar la alegría y la paz necesarias para emprender juntos los desafíos que solo juntos podemos asumir con resultados positivos para el bien común. Quizás el primer paso sea el de promover encuentros y diálogos verdaderos, que nos humanicen, reconstruyan confianzas y comunidades. De lo que se trata es de ¡atreverse a amar!

Fragmento del Evangelio: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. Tomás, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. (Jn. 3, 19-21)