domingo, 29 de agosto de 2021

¡Hipócritas!

Existe siempre una distancia entre lo que creemos o deseamos, y lo que vivimos. Pero todo tiene un límite. Jesús acusa a quienes lo interpelan de hipócritas. Han confundido la tradición con los mandamientos de Dios.

 

Hoy es el último domingo del  mes de agosto, ocasión de pronto festejo para las personas mayores, que anhelan pasarlo. El lunes recién pasado se han definido las candidaturas presidenciales, parlamentarias y de Cores, y la Convención Constitucional va avanzando en las comisiones, particularmente en lo relacionado al reglamento. Se espera que pronto comience el debate más relacionado con el contenido de la nueva constitución. Desde el Hogar de Cristo, junto a otras organizaciones de la sociedad civil, ofreceremos los primeros días de septiembre el documento “Constitución y Pobreza”, como un modo de ayudar a que no perdamos de vista en la conversación de este tiempo a quienes entre nosotros son más vulnerables.

El evangelio que se nos regala el día de hoy tiene su dureza. Explicita el conflicto creciente de Jesús con un grupo de fariseos y escribas llegados de Jerusalén, que lo llevará a enfrentar algún tiempo después duros momentos: el de su detención, el juicio, hasta su muerte en cruz. Sus discípulos, en ese trance, lo dejarán solo. Es cierto que existe siempre una distancia entre lo que creemos o deseamos, y lo que vivimos. Pero todo tiene un límite. La dinámica de la que somos testigos en este pasaje de Marcos, es aquella en la que se confunden tradiciones y costumbres, y el apego irrestricto a ellas, con lo medular de la fe. ¿Cuáles son aquellos principios irrenunciables para un cristiano?

En este caso particular existe una tensión entre lo puro y lo impuro. Le reprochan a Jesús que sus discípulos, antes de comer o al volver del mercado, no se lavan las manos. Con los años una medida higiénica – que nos recuerda las que tenemos que seguir teniendo en contexto de pandemia – se transformó en un ritual revestido de religiosidad. Buscando cuidar la salud de las personas, se hizo que ese rito fuera – para algunos – indispensable para la salvación de todos.

Jesús acusa a quienes lo interpelan de hipócritas. Han confundido la tradición con los mandamientos de Dios. Son adoradores de la boca para afuera, no de corazón. Se nos presenta acá la eterna novedad del Evangelio, que nos va moviendo el horizonte con el mandamiento del amor, en oposición a la rigidez de formas que no tienen por qué permanecer para siempre. Quienes queremos seguir los pasos de Jesús hemos de estar abiertos a la novedad, sin eliminar del todo el temor por lo que tiene de potencial incertidumbre. “¡Mejor me quedo con lo antiguo!”, parecen decir los fariseos. Los tiempos que vivimos son una oportunidad de renovación, tanto en el seno de la Iglesia como, en sentido amplio, en nuestro país. El culto agradable a Dios es el de la libertad, del amor, la fraternidad, la alegre misericordia y las obras de justicia solidaria ante todo necesitado. Desde la fe se nos invita a la flexibilidad ante las rigideces e integrismos, a confiar en que Dios va conduciendo la historia, y a involucrarnos en lo que esté a nuestro alcance para que venga su Reino.

Me permito cerrar estas palabras haciéndoles una invitación. El próximo domingo celebraremos en Chile el Día de la Condolencia y el Adiós. A través de las radios asociadas a ARCHI, se nos ha invitado a hacer memoria de las personas que han muerto en este tiempo de pandemia. Les invito, siguiendo esta iniciativa, a encender una vela en su ventana el próximo domingo a las 21:00, y a entrar al sitio  https://www.diadelacondolenciayeladios.cl/ para compartir los nombres y coordenadas biográficas de quienes nos han dejado. ¡Que el dolor no nos sea indiferente!

          

Fragmento del Evangelio: ¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” (…) Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres.

domingo, 1 de agosto de 2021

Hambre y sed, ¿de qué?

Hoy domingo primero de agosto comienza en nuestro país el Mes de la Solidaridad, en el que queremos recordar a san Alberto Hurtado. Lo hacemos en un contexto particular: en medio, aún, de una pandemia que ha afectado gravemente nuestras vidas; con un retroceso evidente en la lucha contra la pobreza, particularmente, de la pobreza extrema, según se ha dado a conocer en la CASEN2020, todo indica que debido a las consecuencias económicas de la misma pandemia; el desempleo se alza por varios meses sobre los dos dígitos; estamos ad portas de una elección presidencial y del parlamento, lo que nos está haciendo revitalizar nuestras conversaciones pensando en el futuro de Chile; instalada hace cuatro semanas, se encuentra ya caminando sus primeros pasos la convención constitucional hacia la redacción de una carta magna que nos cobije y oriente nuestro camino. ¡En la zona central de Chile los aromos comienzan a teñirse de amarillo, se acerca a grandes pasos la primavera!

En el texto del evangelio según San Juan que proclamamos hoy se nos ofrece parte del discurso del Pan de Vida. Jesús nos ha enseñado, en el Padrenuestro, a pedir a Dios el pan de cada día. El pan es siempre mucho más que el mismo pan: es alimento, es nutrición, por cierto. Pero consideremos todo lo que tiene que ocurrir para que llegue el pan a una mesa, ¡se requiere de mucha colaboración! Al presentar el pan y el vino en la misa decimos que es “fruto de la tierra, de la vid, y del trabajo humano”.

Necesitados de alimento y de determinadas condiciones materiales para poder subsistir, corremos siempre el riesgo de encandilarnos con lo meramente material. No basta con el pan, aunque el pan sea sumamente necesario para subsistir, y esté escaseando en las mesas de millones de familias de nuestro país. En este relato, tras la multiplicación de los panes, Jesús se identifica como el Pan de vida: nos ofrece sentido, saciedad, compañía. ¡Nos ofrece también vida eterna!

¿Qué tenemos que hacer?, le preguntan a Jesús. La respuesta es la fe, ¡tienen que creer! El seguimiento de Jesús no se refiere tanto a una lista de mandamientos que cumplir o prescripciones rituales que celebrar, sino a unas actitudes que desarrollar, en la relación con los demás, con las cosas, con la creación, también con uno mismo. Estas actitudes brotan de la fe en Jesús, en su persona y su proyecto. Somos invitados a configurar nuestra existencia en sintonía con la vida de Jesús. Algo así hizo el padre Hurtado, y nos invitaba a preguntarnos una y otra vez: ¿Qué haría Cristo en nuestro lugar?

Junto a distintas organizaciones que están inspiradas en las enseñanzas del Padre Hurtado hemos desarrollado para este mes la campaña “Anteojos para ver al otro”. Queremos invitar a quien quiera sumarse a desarrollar el sentido social: somos con los demás, y lo que hacemos o dejamos de hacer, afecta a los otros. Queremos promover particularmente la visibilización y el reconocimiento de los pobres y los excluidos, los que van quedando al margen del camino del progreso. Los que no alcanzan a participar del Pan que colaborativamente producimos. En ellos el padre Hurtado reconocía al mismo Cristo. Siguiendo las enseñanzas de Jesús y del Padre Hurtado, mantengamos viva nuestra fe. No nos dejemos vencer por el miedo, no perdamos la esperanza, no permitamos que la desconfianza campee entre nosotros. Sigamos promoviendo el bien común en todos los rincones de nuestra sociedad.


Fragmento del Evangelio: Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed

 

domingo, 4 de julio de 2021

Entre nosotros

Hoy comienza, tras largos meses de tensa espera, desde noviembre de 2019, la convención constitucional que deberá, en un plazo máximo de un año, redactar una nueva constitución para nuestro país. Uno de los elementos que ha llamado la atención en distintas partes del mundo ha sido la composición de esta convención: ha considerado escaños reservados para representantes de los pueblos originarios, además de estructurarse de modo paritario entre varones y mujeres. Una gran mayoría de los participantes no pertenecen a partidos políticos.

El relato del evangelio que se nos ofrece hoy nos muestra a Jesús que visita su pueblo, el lugar donde fue criado, donde lo conocen bien, de cabro chico. Como lo conocen tanto, de hace tanto tiempo, quienes lo escuchan le dan poco crédito, dudan de su sabiduría, de su autoridad y poder. Han escuchado su fama de profeta sanador, que ha hecho milagros en distintas partes. Sin estudios, sin venir de la elite de los fariseos, de los escribas o de los maestros de la ley, dudan que un simple hijo de carpintero pueda hablar y actuar en nombre de Dios. No le creen. “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia, en su casa”, les dice Jesús.

En sintonía con tal reacción, he escuchado en estos últimos meses a varias personas dudar de la posibilidad de que un grupo tan heterogéneo de personas sea capaz de llegar a acuerdos razonables y favorables para todos. Tales dudas están motivadas por el temor, por prejuicios y también por desconocimiento respecto de los participantes de la convención.

En conversaciones con algunos convencionales para compartir impresiones desde que fueron elegidos, me contaban de la multiplicidad de encuentros que se han ido sucediendo en distintos espacios territoriales, virtuales y también en los medios de comunicación. Alguno me decía lo interesante que estaba resultando darse cuenta que entre personas que a priori pensaban estar en total desacuerdo, han podido reconocer temas en los que hay convergencias e intersecciones.

Ensanchar el nosotros del que nos sentimos parte, incluyendo a personas de diversos orígenes, raíces, culturas, que hemos nacido o que vivimos desde hace tiempo en nuestro país que llamamos Chile, es quizás uno de los principales objetivos simbólicos de esta convención constituyente. Este anhelo me recuerda la tercera estrofa de “Los Momentos” –canción de Eduardo Gatti que cumplió hace poco 50 años–: “Cada  uno aferrado a sus dioses, producto de toda una historia, los modelan y los destruyen, y según eso ordenan sus vidas, en la frente les ponen monedas, en sus largas manos les cuelgan candados, letreros y rejas”.

Espero que la constitución sea esa casa común que a todos nos cobije y acoja, y que a su vez defina los pilares de la institucionalidad que posibilite la prosperidad, la justicia y la paz. Me parece que ese es un anhelo sentido por una inmensa mayoría. Espero también que la convención constituyente sea un momento profundo de encuentro entre personas diversas que quieren su país, que se reconozcan mutuamente valorando la sabiduría, autoridad y poder que les ha sido confiado a través de un proceso eleccionario participativo, y no se aferren a sus propias concepciones, biografías, dioses, sino que se abran a escuchar las de los otros, para que brote algo bueno entre nosotros, y se orienten nuestras vidas e instituciones a algo mejor que lo que hemos podido construir hasta ahora.

         

Fragmento del Evangelio: <“¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es ésa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas, de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?” Y Jesús era para ellos motivo de escándalo>

domingo, 6 de junio de 2021

Pan que se comparte

Tras las fiestas de Pascua, que han culminado hace dos semanas con la Solemnidad de Pentecostés, este domingo se nos invita a celebrar en el seno de la iglesia católica la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Corpus Christi, en latín. Hasta hace poco se celebraba un día jueves, y en nuestro país era feriado civil. Ahora en domingo. Solía ir acompañada de procesiones festivas por las calles alrededor de parroquias y templos. Hoy tendremos que celebrar discretamente, estamos en tiempo de pandemia.

Esta celebración viene a reforzar festivamente el que reconocemos – en la tradición cristiano católica - la presencia viva y actuante del mismo Cristo en las especies de pan y vino consagradas en la Eucaristía. Aunque sea bueno llamar al pan, pan, y al vino, vino, ellos nunca son sólo el pan y el vino. En ellos –fruto de la tierra y del trabajo humano, como rezamos en el ofertorio– hacemos evidente la cadena de interdependencia que nos conecta a unos con otros, con la naturaleza, con el mismo Dios creador, que en la persona de Jesús ha querido ofrecernos caminos de plenitud. Muy poco de lo que tenemos y somos es simple mérito individual: conectados en eslabones de amor y cooperación somos capaces de colaborar en la construcción de un mundo mejor.

En la tradición más antigua de la iglesia la Eucaristía es un momento de encuentro de acción de gracias y de memoria del gesto de Jesús: no sólo el de la última cena que se recuerda en el evangelio que proclamamos hoy, o el de su muerte y resurrección, sino el de toda su vida ofrecida para la vida del mundo. Es explicitación de su ejemplo, su persona, su proyecto, llamado el Reino de Dios: que vivamos siguiendo sus enseñanzas, alimentados por el pan vivo que es su palabra, transformando nuestro mundo para bien.

“El pan que tú retienes, le pertenece al hambriento”. Esta frase de San Ambrosio conecta las obras de misericordia corporales, tal como han sido explicitadas en la parábola del Juicio Final (Mt. 25, 31ss), con la dimensión comunitaria y de interdependencia que mencionamos. Reflexionaba esta semana en un encuentro online, Enrique Cueto, director de LATAM, mirando nuestra historia reciente y la crisis en que estamos sumergidos: “Si uno hiciera una revisión, por el lado de los privados, deberíamos haber sido capaces de distribuir mucho más el éxito. Creo que el Estado tampoco ha estado a la altura y, además, ha habido mucha desconfianza entre ambos. Pero hay que ponerle el hombro, escuchar, respetarse y pensar que no hay blancos o negros, solo grises”

El milagro de multiplicar los panes, que reconocemos en Jesús, tiene mucho que ver con hacer posible la cooperación y los acuerdos. Y junto con ello, procurar que el pan llegue a todos los que tienen hambre. Hagamos lo que esté a nuestro alcance para que en esta convención constituyente que se avecina, y en cada uno de los procesos de instalación de nuevas autoridades, quienes han sido elegidos para representarnos y conducirnos se comporten como verdaderos compañeros y compañeras: quienes comparten el pan, quienes se sientan a la misma mesa, y la ensanchan para que todos encontremos un lugar en ella. Procuremos que las reglas de convivencia de esta casa común que es nuestro país posibiliten que todos sus hijos e hijas podamos tener lo que necesitamos para vivir, desplegar nuestras capacidades y libertades, y ser profundamente felices.

 

José Fco. Yuraszeck Krebs, S.J.

Capellán General Hogar de Cristo

           

Fragmento del Evangelio: “Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

domingo, 9 de mayo de 2021

Mínimos comunes

En cuanto al tiempo litúrgico, nos encontramos en el VI Domingo de Pascua. Pero ante todo –me recordará alguno– es hoy el Día de la Madre: un día especial para expresar gratitud y cariño a quienes nos han traído al mundo, criado y cuidado. Al igual que varios de mis sobrinos, ¡le voy a hacer un dibujo a mi mamá!

En nuestro país seguimos, al igual que el mundo entero, sumidos en la pandemia. Las postergadas elecciones de constituyentes, gobernadores, alcaldes y concejales, se realizarán el próximo fin de semana. Y hemos sido testigos de una propuesta de agenda de mínimos comunes, en que los poderes ejecutivo y legislativo podrían avanzar, para ir en ayuda de personas, familias y empresas muy afectadas por la crisis económica producto de las restricciones sanitarias. Se trata de acudir a acompañar, aliviar y sostener, con medidas bien concretas, a muchos compatriotas que lo siguen pasando muy mal.

El texto del evangelio de hoy, situado en la larga exhortación que Jesús hace a sus discípulos en la última cena, nos habla de amistad, de encuentro, de amor, de vínculos, de dar la vida por los amigos. Es quizás un buen marco para hablar de estos mínimos comunes que debieran orientar ampliamente nuestra vida en sociedad, incluyendo el amor que transforme nuestro país y a todas las personas en él. De eso se trata la vida en comunidad.

Hace unos días hemos recibido la noticia de la muerte del biólogo Humberto Maturana, a los 92 años. Algunas de las palabras de una de sus últimas entrevistas – hace justo un mes– me parece sintonizan muy bien con este mensaje del evangelio, y nos muestran un camino para llegar a esos mínimos comunes, desde donde construir mucho más: lo primero es que llegó el momento de mirarnos y escucharnos. ¡No somos seres aislados! Conversemos para ponernos de acuerdo. Se trata de generar espacios de profunda colaboración. Y de acoger las quejas que teníamos sobre nuestra convivencia nacional como verdaderas. ¡Que el bienestar brote de una convivencia basada en el respeto y la colaboración, no en la competencia!

En sintonía con este mensaje, me ha impactado profundamente el testimonio desgarrador del reportaje del periodista Matías Sánchez en la revista Sábado de este diario la semana pasada: se daba cuenta de redes de explotación sexual comercial que asolaban algunas residencias de protección de niñas, evidenciando la fragilidad de nuestra convivencia y de los sistemas e instituciones que nos hemos dado para el cuidado del bien común y especialmente de quienes no cuentan con el tejido social que –como una madre– los cobije, defienda, cuide y sostenga. Hay muchos otros ejemplos, en distintos ámbitos de la vida en sociedad, en que la fragilidad e impotencia de las instituciones redunda en daños y heridas profundas a las personas y comunidades.

Pidamos juntos a Dios poder retomar las sendas del encuentro, el diálogo y la conversación fraterna, para abordar juntos tantos desafíos que tenemos. Puede que en la arena social y política haya adversarios: no los consideremos enemigos. Evitemos las descalificaciones y también los ofertones populistas: tentación siempre presente en un año de tantas elecciones. Un mínimo común a defender debiera ser el respeto y la responsabilidad, y un máximo al que aspirar, que nos amemos los unos a los otros, como nos invita Jesús en el evangelio.


Fragmento del Evangelio: “Éste es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que Yo les mando. (…) No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. (Jn. 15)