domingo, 5 de julio de 2020

¡Vengan! ¡Yo los aliviaré!

Desde la alabanza que el mismo Jesús hace a su Padre Dios, Señor del Cielo y de la Tierra, que ha querido revelarse a los pequeños, brota esta invitación a acercarse a Él y llevar juntos toda aflicción y agobio.

Vivimos desde hace algunos meses un tiempo de incertidumbres, de muchos “no-saberes”. Con la pandemia COVID-19 se nos ha movido el piso y se nos han evidenciado nuestras fragilidades y vulnerabilidades, tanto personales como colectivas. La precariedad habitacional y el hacinamiento crítico hacen que para muchos sea imposible tomar medidas de cuidado. Muchas pujantes empresas, de distintos tamaños, están en grave riesgo de continuidad operacional, y con ellas se arriesgan muchos puestos de trabajo y el sustento para tantas familias. Muchos de nuestros compatriotas que en las últimas décadas habían dejado atrás el umbral de la pobreza, vuelven peligrosa y abruptamente a ella. Junto a distintas iniciativas de solidaridad, que no dejan de ser esperanzadoras, ante las amenazas crecientes a la salud, cunde el desánimo, el dolor por la enfermedad, también el duelo por la muerte. En el pasaje del evangelio según san Mateo que se nos ofrece hoy en la liturgia, Jesús hace una contraposición entre dos grupos. Por un lado se encuentran los sabios y los prudentes. A ellos se les han ocultado “estas cosas”. En cambio a los pequeños, tales “cosas” les han sido reveladas. Ante la fragilidad que hemos experimentado, pareciera ser que hoy somos todos pequeños. ¿Cuáles son esas “cosas”?

Ante todo se refiere a lo que Jesús ha ido anunciando y realizando en los capítulos anteriores: su proyecto denominado el Reino de los cielos, que considera llamar discípulos; que explicita una nueva felicidad en las bienaventuranzas; que lo lleva a sanar a los enfermos y endemoniados, a perdonar pecados; a darle cumplimiento y resignificar la Ley anunciada y vivida desde antiguo (“se dijo”… “yo les digo”); en la barca con sus discípulos, a calmar la tormenta: “¡Hasta los vientos y el mar le obedecen!” (cf. Mt. 8, 23ss). Esta manifestación de Jesús despierta reacciones contrarias, la de los sabios y prudentes, y reacciones de adhesión, la de los pequeños. El resto del relato de hoy nos da también algunas pistas, especialmente al destacar la íntima comunión del Hijo con el Padre: Jesús se sabe enviado por su Padre. De esa íntima comunión de vida en la que participamos también como parte de la familia humana.

Lo que pedimos tan repetidamente en el Padre Nuestro, que pareciera ser trivial: “Danos hoy el pan de cada día” (cf. Mt. 6, 5ss), cuando empieza a faltar, adquiere otra relevancia. Las palabras con que concluye el texto de hoy son un bálsamo de alivio ante la aflicción y el agobio. Se trata de llevar juntos el peso, como una yunta de bueyes, poniendo todo en las manos de Jesús, de la comunidad, en el tejido social que nos sostiene, ese que hay que reparar para que nos sostenga a todos. Somos el Cuerpo de Cristo, unidos en interdependencia, llamados a estar atentos a quienes van quedado al lado del camino, o no tienen en qué afirmarse. En estos tiempos de aflicción, tendremos que reaprender algunas cosas: saber descansar, meditar, hacer silencio, reencontrarnos con nosotros mismos, con la naturaleza que hiberna, con los cercanos, comunicarnos en profundidad, conectarnos, siendo pacientes y humildes de corazón, como Jesús es y nos invita a ser.

Concluyo estas palabras haciendo un homenaje a Vivian Soto y Claudio Leiva, trabajadores de Hogar de Cristo, que murieron hace algunos días víctimas de la pandemia. Y en ellos saludo a todas las personas, trabajadores de la salud y de organizaciones como el Hogar, que de distintas maneras están aliviando la carga y el sufrimiento de tantas personas en estos días, arriesgando sus vidas. En Jesús, sus palabras y promesas, encontremos esperanza y alivio para vivir este tiempo.

Fragmento del Evangelio:Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt. 11, 25-30)

domingo, 7 de junio de 2020

Cuestión de amor

En este domingo de la Santísima Trinidad, se nos recuerda el “nosotros”, que es la base de la fe cristiana, desde la conciencia creyente de unir Creación, Redención y Futuro en la confesión y vivencia de un Dios que es amor.

El texto del Evangelio de hoy forma parte del pasaje del encuentro de Jesús con Nicodemo. En este encuentro se expresa la búsqueda sincera de un hombre religioso, que ha oído hablar de Jesús y quiere conocerlo más de cerca. El misterio de la presencia actuante de Dios en el mundo se muestra, según este relato, en el amor de la entrega del Hijo que ofrece a todos la salvación. No ha venido a juzgar, sino a salvar, a redimir, a amar.

Dentro de la vida de fe cristiana, una de las expresiones y gestos que más se repite es el de la señal de la cruz, acompañada de la invocación del nombre de Dios trino. Esto se remonta a la vida de las primeras comunidades. Entre los saludos con que comienzan varias cartas de San Pablo, utilizados en la liturgia hasta el día de hoy, se nos habla de la Gracia que viene de Dios Padre, del Amor y la Misericordia que se nos ofrece en Jesús, y de la Comunión y la Paz que provoca el Espíritu Santo. La fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en nombre de quien se bautiza, y también en nombre de quien nos congregamos a orar, actuantes en nuestra vida cotidiana incluso más allá de las fronteras de la Iglesia, es la señal que distingue a los cristianos.

Nuestra fe debiera ir dándole forma a nuestra vida, y viceversa: la propia experiencia cotidiana debiera ir demandando a nuestra fe respuestas existenciales y profundas, que le den sentido y plenitud. La fragilidad y vulnerabilidad, y también la muerte, que se nos han acercado tan visible y dramáticamente en estos últimos meses, le dan un espesor especial a la promesa de vida eterna a quienes crean en el Hijo de Dios, tal como le expresa Jesús a Nicodemo. Si la salud no nos acompaña, que al menos se nos acerque la salvación prometida por Jesús a quienes creen en Él. El amor entra al mundo desde su creación y ante todo con la presencia de Jesús, Dios con nosotros, que nos ofrece su Espíritu para que participemos de su proyecto recreador y renovador. “Donde hay amor y caridad, Dios ahí está”, reza una antigua antífona que se canta en la celebración de San Alberto Hurtado.

Hemos sido testigos en estos días de una multiplicidad de iniciativas de servicio y generosidad: en los cuidados de salud en los hospitales, residencias sanitarias y de personas mayores; también en albergues y programas sociales para personas en situación de calle o con algún tipo de discapacidad; en la cotidianidad alterada en nuestras casas convertidas en gimnasios, oficinas y salas de clase a distancia; en la gestión de donaciones de insumos médicos, ventiladores mecánicos y elementos de protección personal; en las ollas comunes y otros espacios de solidaridad y comunidad que van en ayuda de quienes están teniendo dificultad para proveerse por sí mismos de alimentos; en la atención a los migrantes que han quedado imposibilitados de volver a sus países; en los espacios y encuentro de oración online, ante la imposibilidad de celebraciones presenciales; en diversos servicios de escucha, consuelo y cuidado telefónico o por redes sociales; ¡se podría alargar la lista con otros nombres y servicios! Y, por cierto, los mejores esfuerzos parecen ser insuficientes ante la magnitud de la crisis sanitaria y social en que estamos sumergidos.

En esta fiesta del Dios amor, celebramos la cercanía y presencia de Jesús, que se inclina, se acerca, hasta hacerse límite, fragilidad y vulnerabilidad, y que nos sigue regalando su Espíritu, que sopla por donde quiere. Que ese movimiento redentor nos anime también en nuestras acciones cotidianas, a estar atentos a las necesidades de quienes viven a nuestro alrededor, y movidos a compasión, le podamos dar forma concreta a este mandamiento del amor en que se expresa nuestra fe en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Amén!

Fragmento del Evangelio:Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.” (Jn. 3, 16-18)

domingo, 10 de mayo de 2020

Comunión en la fragilidad


Comunión en la fragilidad
La emergencia sanitaria y la distancia en que nos hemos obligado a estar, ha despertado la conciencia de una “antiguamente-nueva” forma de comunión, la de nuestra común vulnerabilidad y fragilidad.

En el evangelio de hoy proclamamos parte de las palabras de despedida puestas en boca de Jesús al final del relato de la última cena. Jesús ha lavado los pies a sus discípulos, se ha mostrado, en sintonía con su vida y enseñanzas, como el que sirve. Y en estas palabras ofrece a los suyos una nueva perspectiva, un horizonte nuevo, ante la inminencia de su Pasión. Jesús es camino, verdad y vida para alcanzar a Dios, a quien llama Padre. La íntima comunión entre Jesús y su Padre Dios, de la que nos hace participar, se expresa en una comunión entre nosotros: para todos hay un lugar en la casa del Padre. En el prólogo de este mismo evangelio, se afirma poéticamente que el Verbo, la Palabra Eterna de Dios creador, se hizo carne y acampó entre nosotros. Aunque en las diversas oraciones de nuestras celebraciones, a cada rato, y particularmente en el Credo afirmamos el carácter todopoderoso de Dios, en la persona de Jesús ese todo-poder se hace toda-vulnerabilidad, toda-fragilidad.
Precisamente algo de lo que se nos ha revelado radicalmente en este tiempo de pandemia global es nuestra común fragilidad y vulnerabilidad. Un virus invisible a simple vista ha puesto en jaque nuestra economía, nuestras costumbres y hábitos, nos ha hecho encerrarnos en nuestras casas. Si estábamos habituados a participar de la comunión sacramental, presencia real de Cristo en la Eucaristía, ahora hemos debido acoger esta comunión que nos une a todos los seres humanos, en la presencia real de Cristo en cada uno de nosotros que conformamos su Cuerpo.
Desde esta comunión con lo más vulnerable (y los más vulnerables) entre nosotros, es oportuno levantar la cabeza a diversas situaciones de precariedad y reconocer que para muchos parece no haber un lugar en nuestro mundo. Me refiero primeramente a la situación que en nuestro país están viviendo ciudadanos peruanos, venezolanos, bolivianos y de otras nacionalidades: no pueden pagar arriendos, han perdido el empleo, o ya se terminó la temporada agrícola. Con las fronteras de sus países cerradas, y poco más que lo puesto, algunos han podido ser recibidos en parroquias o casas de retiro, otros están en las calles, afuera de las puertas de sus consulados, o acampando en plazas.
De modo más permanente, en nuestro país hay aproximadamente 15 mil personas en situación de calle. Probablemente con la crisis económica que está sucediendo a la sanitaria este número va a aumentar. Tomé conocimiento de uno de ellos contagiado de COVID. A pesar de diversos esfuerzos, no hubo manera de que fuera recibido en alguno de los albergues dispuestos por la autoridad. Tras algunas horas en la urgencia de un hospital, él mismo se arrancó, le perdieron el rastro. Y es que hay algunos grupos, por sus particularidades, que no han aparecido del todo en el radar de la autoridad ni en el horizonte de las medidas tomadas por la emergencia, o bien algunas de estas medidas simplemente son insuficientes.
Las respuestas que han dado y van a seguir ofreciendo nuestras autoridades y las instituciones que nos hemos dado para cuidar el bien común y a los más pobres entre nosotros, no tienen forma de atender de buena manera la totalidad de estas particularidades. Aquí es donde esta comunión en la fragilidad y vulnerabilidad que hemos constatado, ha de propiciar entre los cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad – como ha ido ocurriendo – diversas iniciativas de solidaridad y servicio que procuren aliviar la indigencia y anhelos de sobrevivencia de miles, haciendo posible que haya verdaderamente un lugar para todos.

José Fco. Yuraszeck Krebs, S.J.
Capellán General Hogar de Cristo

Fragmento del Evangelio: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habi­taciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde Yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy”. (Jn. 14, 1-12)