domingo, 15 de septiembre de 2024

Identidad

               A pocos días de celebrar las fiestas patrias es pertinente reflexionar sobre nuestra identidad. ¿Qué es lo que nos hace ser lo que somos? ¿Nuestra historia, con sus alegrías y dolores? ¿El himno, la bandera, los volantines? ¿Las empanadas, la chicha, la cueca? ¿La creciente corrupción, la sensación de inseguridad, la persistente desigualdad?

Tengo la impresión de que se ha ido enriqueciendo y complejizando nuestra identidad, y valoramos, o al menos reconocemos, cada vez más la diversidad. La inusitada rapidez de la migración forzada de cientos de miles de personas provenientes de Venezuela, Colombia, antes de Haití, más antes de Perú, han enriquecido nuestra sociedad con variadas expresiones, modos de habitar el mundo, cultura religiosa y culinaria. Y por contraste o diferencia, nos ha hecho reconocer y valorar la también diversa identidad chilena, particularmente en relación con nuestros pueblos originarios. No cabe duda que estamos en tiempos de identidades difusas, cada vez más abiertos al mundo entero que nos entra por todos lados.

En el texto del evangelio según san Marcos que proclamamos hoy, la pregunta de Jesús a sus discípulos, primero respecto de lo “que dice la gente” y luego acerca de “quien dicen ellos” que es, refiere –precisamente– a su identidad. Las respuestas que ellos le dan conectan en primer lugar con el pasado, la identidad histórica de su pueblo –apelando a la figura admirada de los profetas, Elías, o Juan Bautista– y luego, ante la pregunta que busca una implicación personal, conectan con las esperanzas, también identitarias, de la comunidad a la que pertenecen: “Tú eres el Mesías”, es decir, el ungido, el rey que estaban esperando, para ser congregados y conducidos por el camino de la paz.

La segunda parte de este relato nos abre al futuro y en particular a la oposición que se vislumbra generará el modo particular de ser Mesías de Jesús: lo llevará a ser condenado a la muerte de cruz tras lo cual será resucitado. Sabemos que –al igual que todos los Evangelios– esto ha sido escrito después de que sucedieron los hechos que anticipa. Pedro, el mismo que ha declarado con vehemencia la identidad redentora de Jesús, quiere interponerse en este segundo momento en su camino, ante el anuncio del conflicto que se desarrollará en Jerusalén con quienes detentan la autoridad religiosa tradicional.

Este relato nos introduce en un aspecto central del modo de ser Mesías de Jesús, eso que llamamos el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección, y que se manifiesta en cada momento de una vida entregada libremente por amor. En una de sus páginas más notables el Concilio Vaticano II expresó solemnemente en la Constitución Gaudium et Spes que “el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS22). O sea, que lo más propio del Espíritu es “soplar donde quiere”, desbordando los estrechos cauces institucionales.

La exhortación final de Jesús acentúa el valor del seguimiento asociado a entregar la vida libremente por la Buena Noticia, no guardarse. ¿Cuál es esa Buena Noticia? Que hay más alegría en dar que en recibir, en amar que en ser amado. La identidad más propia del cristiano y de toda persona de buena voluntad impulsada por el Espíritu, se fragua en la entrega generosa por amor, construyendo familia y comunidad, velando por el bien común, atendiendo preferentemente a los más pobres entre nosotros, como Jesús hizo en su tiempo. Y al mismo tiempo, y como consecuencia de ello, enfrentando el conflicto y la oposición que se pueda suscitar, como le ocurrió también a Jesús.

Pasemos unas felices fiestas patrias, valorando la diversidad que nos constituye, y todo esfuerzo por hacer que Chile y la Iglesia sea cada vez mejor, venga de donde venga. 

domingo, 25 de agosto de 2024

Permanecer

 Permanecer (Jn. 6, 60-60)

Culmina este domingo el relato del Pan de Vida que forma parte del capítulo sexto del Evangelio según San Juan, y que nos ha acompañado por las últimas cuatro semanas. Jesús se ha identificado como el Pan que sacia para siempre toda hambre. ¿Se refiere a la Eucaristía? Sí y a mucho más también.

Somos testigos en este momento del cuarto evangelio de una cierta estampida. Jesús se empieza a quedar solo, lo que es de algún modo un anticipo de su pasión y muerte en cruz, momento de soledad y abandono mayor. ¿Por qué lo abandonan? El relato señala que es por la dureza de su enseñanza, por las consecuencias que de ella emanan, y se subentiende que también por lo difícil que resulta intentar  seguir sus pasos. Por eso pregunta a los Doce "¿También ustedes quieren irse?".

Lo sublime del mandamiento del amor a Dios y al prójimo, que es el primero y más importante de los mandamientos en el decir del mismo Jesús, supera la lógica de la ley y amplía el ámbito religioso al mundo entero. Más allá de los estrechos límites del templo, y ni siquiera conectado con quienes conocían y debían custodiar la ley: está a la mano para ser implementado por todas las personas, impulsadas por el Espíritu que desborda todo cauce institucional.

Escribía en 1924 Gabriela Mistral, en un texto titulado "Cristianismo con Sentido Social", lo siguiente: "nuestro cristianismo (...) se divorció de la cuestión social, la ha desdeñado, cuanto menos, y ha tenido paralizado o muerto el sentido de la justicia, hasta que este sentido nació en otros y les ha arrebatado a sus gentes". Algunos años después, en su libro "¿Es Chile un país Católico?", el padre Alberto Hurtado sacaba conclusiones similares. Y si bien la Mistral señalaba que "no es la ayuda social la forma más alta de una religión", desde la propuesta de fraternidad universal que brota del mensaje cristiano, que comprende a toda persona como hija del mismo padre Dios, no se entiende la fe sin un correlato en la vida cotidiana, construyendo comunidad y estando atentos y solícitos ante las necesidades de los demás. Para el padre Hurtado los grandes problemas materiales y morales que observa, "las miserias de nuestro pueblo", son fruto de la falta de un cristianismo integral en nuestra patria.

Lo que se constataba en la primera mitad del siglo pasado por Gabriela Mistral y Alberto Hurtado, solo se ha agudizado. El cristianismo ambiental de antaño parece haberse retirado para no volver, y sus enseñanzas y contenidos principales no han logrado ser transmitidos a las siguientes generaciones.

¿Hemos pensado en mandarnos cambiar de la Iglesia?

Somos testigos de un proceso profundo no solo de secularización sino de descristianización, al menos en lo que respecta a la esfera pública: urge una reflexión y desde ahí una acción que haga atractivo el seguir a Jesús, por los testigos que encarnen en su vida sus enseñanzas 

La respuesta de Pedro a Jesús en el Evangelio de hoy es conmovedora "¿Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. Pedro expresa de alguna forma que existe una jerarquía en los apetitos y necesidades humanas, en los que se entiende que la satisfacción de lo más básico para vivir es condición de posibilidad para todo lo demás, incluido el cultivo de la interioridad y el sentido de pertenencia a una comunidad. Anhelamos vida eterna solo cuando tenemos satisfechas las necesidades básicas en la vida de todos los días, eso que llamamos "el pan de cada día".

La invitación profunda que emana del evangelio es a permanecer: permanecer en el amor de Jesús; permanecer en la comunidad, con otros, sea en la forma que esta tenga; permanecer también en la fe que sostiene que Dios es el creador del universo y mueve la historia y los corazones humanos en ella para que acerquemos su reino de justicia y paz; permanecer en la fidelidad cotidiana a las promesas que hicimos en el bautismo, hacer el bien, evitar el mal, confiados en la misericordia y compasión infinitas de Dios que nos llama a ser así también, misericordiosos y compasivos, con los demás.

Texto breve del Evangelio:

"Jesús preguntó entonces a los Doce: ¿También ustedes quieren irse?”  Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios. Jn. 6, 68-69

EVANGELIO

¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 60-69

Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: ¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo:

¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?

El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve.

Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.

Pero hay entre ustedes algunos que no creen.

En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

Y agregó: Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo.

Jesús preguntó entonces a los Doce: ¿También ustedes quieren irse?

Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.

domingo, 4 de agosto de 2024

Pan

 Pan (Jn. 6, 24-35)

Desde el domingo pasado, y por las siguientes tres semanas, estaremos leyendo el llamado discurso del “Pan de Vida” tal y como se encuentra en el capítulo sexto del evangelio según san Juan. Tras la multiplicación de los panes - el relato de la semana pasada - Jesús ofrece una reflexión bien profunda acerca del sentido de las búsquedas humanas en diálogo con quienes acuden a su encuentro. ¿Por qué lo buscan? ¿Porque multiplicó el pan y permitió que miles de personas saciaran su hambre?, o ¿hay algo más?

El pan es “fruto de la tierra y del trabajo humano”, como decimos al celebrar la misa, en la oración del ofertorio. Una larga cadena de operaciones permite que cada día tengamos pan en la mesa. Alguien tiempo atrás se preocupó de preparar la tierra y de sembrar. Esperó pacientemente que creciera el trigo. A su debido tiempo cosechó y molió luego el grano para hacer harina. En otro lugar amasó el pan con otros ingredientes y lo horneó. Finalmente, de formas bien diversas, llegó a la mesa y lo podemos comer. El que veneremos la presencia real de Jesús en forma de pan, de algún modo conecta toda la cadena de esfuerzos humanos para llegar al pan, con la vida divina que se nos ofrece místicamente.

Cuando en la Misa el sacerdote recuerda las palabras de Jesús “Hagan esto en conmemoración mía”, ¿se refiere simplemente a juntarse para celebrar la misa? En mi entender es mucho más que eso: se trata de conectar profundamente, y en lo cotidiano, con la vida de Jesús, entregada y ofrecida por amor. Nos congregamos para celebrar agradecidos, pero desde ahí somos enviados a vivir día a día aquello que creemos y celebramos. El comulgar con Jesús en la Eucaristía ha de llevarnos a la comunión fraterna con toda persona: el poder transformador de una vida entregada por amor es como levadura en la masa. He aquí que afirmemos como Iglesia ser también el Cuerpo de Cristo, que se parte y comparte para la vida del mundo.

De un modo similar, en un discurso titulado “Hambre de Pan y Evangelio”, ofrecido en un Congreso Eucarístico realizado a fines de los años 70, Pedro Arrupe, entonces superior general de la Compañía de Jesús, afirmaba que la Eucaristía estaba incompleta en todo el mundo si en algún lugar del mundo alguien sufría hambre. La conexión del sacrificio eucarístico, que es expresión de la vida ofrecida por Jesús, con las grandes dificultades de entonces para que una buena proporción de la humanidad tuviera las  condiciones mínimas para subsistir, nos desafía aún hoy.

En nuestro país, hace poco más de 80 años, Alberto Hurtado afirmaba: “la misa es mi vida y mi vida es una misa prolongada”, en profunda sintonía con lo que luego señaló el Concilio Vaticano II: la Eucaristía es la fuente y también la cumbre de la vida de la Iglesia. La comprensión integrada de los momentos de la vida sigue siendo hoy un desafío, en tiempos en que la fe tiende a replegarse al ámbito privado o individual, sin empapar nuestras vidas del sentido comunitario y del compromiso social que implica.

En este mes de Agosto, mes de la Solidaridad, instituido hace 30 años precisamente en memoria del Padre Hurtado, roguemos para que al acercarnos a recibir el Pan de Vida, surjan también entre nosotros renovados compromisos en favor de quienes no tienen a la mano el pan de cada día, aquello necesario para el buen vivir. Eso hará más creíble nuestra fe.

Fragmento del Evangelio: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna” (Jn. 6, 26-27)

 

 ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Mt 4, 4b

Aleluya.

El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Aleluya.

EVANGELIO

El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 24-35

Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste?

Jesús les respondió:

Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse.

Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es Él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.

Ellos le preguntaron: ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?

Jesús les respondió: La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado.

Y volvieron a preguntarle: ¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura:

"Les dio de comer el pan bajado del cielo”.

Jesús respondió:

Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.

Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Jesús les respondió:

Yo soy el pan de Vida.

El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

 

domingo, 14 de julio de 2024

Ligeros

 Ligeros (Mc. 6, 7-13)

              En el evangelio que proclamamos hoy observamos como Jesús envía a sus discípulos a extender su acción sanadora, con poderes “sobre los espíritus impuros”. Lo hacemos tras varias semanas en que hemos estado contemplando el actuar del mismo Jesús, destacando el asombro de quienes son testigos de su autoridad para hacer el bien  –“¿quién es este que hace estas cosas?” – y también el peso que tiene la fe de las propias personas al acoger tales acciones reparadoras en sus vidas (“Tu fe te ha salvado”).

              En el conocimiento y creencias de entonces, estaban íntimamente vinculadas la salud corporal con la mental y la espiritual. En la cultura y sabiduría de algunos de nuestros pueblos originarios también se aborda de manera integral a las personas. El aporte de la ciencia y medicina contemporáneas ha permitido aumentar considerablemente la esperanza de vida en poco tiempo. Aunque siempre cabe preguntarse, ¿con qué sentido vivimos la vida?

              En el relato de hoy destaca el modo en que Jesús envía a sus discípulos. La suya es una invitación a confiar en lo que llamamos la providencia divina, que tiene su mejor cara en la compasión, la escucha y la hospitalidad prodigada por quienes quieran recibir a los enviados. El andar ligeros de equipaje, sin tanto aparataje ni aseguramiento, abre camino a la acción del Espíritu que mueve los corazones. De nuevo el peso de la acción divina está puesto, de algún modo, en la acción humana de acoger y abrirse a la acción sanadora.

              Con relativa facilidad podemos, los seguidores de Jesús, olvidar estas palabras referidas al modo de estar en el mundo y de relacionarnos con las cosas y con quienes nos rodean.

              El desprestigio del clero y la baja sostenida entre quienes se dicen católicos, asociado a los abusos eclesiásticos, aunque también a la secularización, expresa una pérdida de poder de la Iglesia que, mirando el modo como Jesús envía, no es necesariamente algo malo. Lo que debiera caracterizar a quienes seguimos a Jesús encuentra en estas páginas un molde, en que la sencillez, austeridad y humildad deben brillar, más que otras consideraciones mundanas que pueden hacer tanto daño. También una característica que parecemos haber perdido, es la de sacar la voz, hacer uso de la palabra, considerando que somos herederos y depositarios de un saber que sana y ha llenado de sentido la vida de muchos.

Personas como Teresa de Calcuta o Alberto Hurtado, por mencionar a dos insignes seguidores de Jesús en el siglo XX en distintos lugares del mundo, nos mostraron varias cosas muy vigentes aún hoy: en primer lugar, el valor universal de la compasión, de tener los sentidos abiertos a las necesidades de quienes viven alrededor y procurar aliviarlas; además, la alegría de servir es contagiosa, más allá de las estrechas barreras institucionales que a veces ponemos en las iglesias. Y, entre otras cosas, que el abandono en la providencia, el andar ligeros de equipaje, casi con lo puesto, no defrauda.

              En nuestra cultura cada vez más materialista e individualista, las buenas noticias que estamos invitados a vivir los cristianos, son fuente de plenitud y sentido. Atrevámonos a vivirlas y comunicarlas. No olvidemos el cómo: ligeros. Que la Virgen del Carmen que celebramos este martes nos anime e inspire en nuestro caminar.          

Fragmento del Evangelio: “Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.”


ACLAMACIÓN AL EVANGELIO  Cf. Ef 1, 17-18

Aleluya.

El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestros corazones, para que podamos valorar la esperanza a la que hemos sido llamados. Aleluya.

EVANGELIO

Los envió.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos  6, 7-13

Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.

Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.

Les dijo: Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos.

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y sanaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

domingo, 23 de junio de 2024

Calma

 Calma (Mc. 4, 35-41)

Ha comenzado el invierno. Ya hace varias semanas en distintas regiones de nuestro querido país ha habido “frentes de mal tiempo” con abundantes lluvias, fuertes vientos, y consecuentemente, desbordes de ríos, corte de caminos y daño en muchas ciudades, familias y comunidades, que han visto inundadas sus casas, pasos bajo nivel y tierras de cultivo.

Pocas situaciones en nuestras vidas son tan caóticas y nos revelan la gran indefensión y fragilidad de nuestra condición humana como enfrentar las fuerzas de la naturaleza. Por más que sepamos que el agua busca su cauce y éste sea más o menos siempre el mismo. Es notable cómo no terminamos de aprender o de prepararnos para estos eventos que, de tanto en tanto, ocurren en distintos niveles –incluso en el de nuestras casas con alguna gotera–. Solemos lamentarnos ex post de acciones no realizadas, como limpiar canaletas o cauces de esteros o ríos, mejorar defensas que ayuden a encauzar mejor las aguas y aumenten entonces su capacidad. Así, nos vemos, de tanto en tanto, literalmente, desbordados.

La escena de Jesús en el evangelio de hoy es muy elocuente a la vez que desconcertante. Mientras los discípulos se muestran despavoridos, porque la barca en la que van parece zozobrar ante la fuerza del temporal y las olas, Él “estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal”. Al despertar Jesús, increpa al viento y al mar, y sobreviene una gran calma. Luego se dirige a sus asombrados discípulos y les reprocha su cobardía y falta de fe.

La sabiduría popular tiene varias alusiones a situaciones parecidas: por un lado decimos “al mal tiempo, buena cara” y, por otro, sostenemos que “después del temporal siempre viene la calma”. También se dice “siembra vientos y cosecharás tempestades”. Todas son metáforas meteorológicas que pueden aplicarse a situaciones de la vida en sociedad.

El estallido social de hace ya casi 5 años también se asemejó a aguas caudalosas desbordadas de su cauce. La institucionalidad no fue capaz de prever o anticiparse al fenómeno social, gatillado por el alza de los pasajes de la locomoción pública. No faltaron los oportunistas que intentaron hacer caer al gobierno. La violencia se desató en las calles. La policía también se vio completamente superada. Los dos procesos constitucionales fallidos ayudaron a encauzar, o al menos contener, los ímpetus destructores de las mareas desbocadas.

Ya han pasado sus años, pero soplan vientos que pueden devenir en tempestad. ¿A cuáles me refiero? Menciono al menos dos. En primer lugar, la lentitud para implementar una reforma al sistema de pensiones, que permita mejorar la jubilación de cientos de miles de personas mayores, pensando en ellas y en sus familias, para quienes el cuidado se transforma en una carga muy pesada, sobre todo para las mujeres. Segundo, la atención a los también cientos de miles de niños, niñas y jóvenes que están fuera del sistema escolar (ni siquiera sabemos con exactitud cuántos son). Hace un tiempo fue aprobada por el Consejo Nacional de Educación la modalidad de reingreso. Desde entonces la ley que crea una subvención preferencial para atender esta necesidad, espera en el Congreso, mientras el ejecutivo no le pone urgencia.

El evangelio de hoy resalta el poder de la palabra, que bien utilizada puede calmar mares y vientos o, en caso contrario, aumentar su poder destructivo. Elijamos bien y hagamos lo necesario para que también entre nosotros reine la calma.

Fragmento del Evangelio: Despertándose, Él increpó al viento y dijo al mar: “¡Silencio! ¡Cállate!”. El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.

 

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Lc 7, 16

Aleluya.

Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su pueblo. Aleluya.

EVANGELIO

¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 4, 35-41

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: Crucemos a la otra orilla. Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron en la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.

Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.

Lo despertaron y le dijeron: ¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?

Despertándose, Él increpó al viento y dijo al mar: ¡Silencio! ¡Cállate! El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.

Después les dijo: ¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe? Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros:

¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?.