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martes, 19 de diciembre de 2017

¡¡El Señor lo dijo y Ud. lo acaba de repetir!!

Cuando uno sale de una Iglesia, no queda más que pasar por las puertas. En ellas habitualmente se  instalan personas que tienen alguna necesidad, y apelan al amor de Dios para pedir alguna ayuda. Esto que les cuento me pasó hace un par de meses en la parroquia Santa Inés de Bohemia de La Villita, en Chicago. Estuve ahí todo el mes de agosto dando una mano como cura: La Villita es uno de los más grandes barrios latinos de la ciudad, y en esta parroquia cada domingo se celebran 9 misas, la mayoría en castellano, solo dos en Inglés.

Con Benjamín, seminarista, y los padres Miguel y Don, el día de Augustfest
Pues bien, iba saliendo de la última misa del día domingo, a eso de las 20:30. Ya estaba oscureciendo. En el evangelio que proclamamos ese día se recordaba el mandamiento más importante, en el que se resume toda la ley y los profetas: amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo. Iba saliendo de la Iglesia mientras cantábamos el canto final, y se me acercó un hombre que me dijo algo así como: "El Señor ha dicho que hay que amar al prójimo, y Ud. lo acaba de repetir, así es que deme algo para ir a comprar comida". Lo miré un momento y le dije: "El Señor ha dicho muchas más cosas, entre otras que es bueno compartir la mesa, así es que espéreme un momento, y vamos a comer juntos". Ahora me quedó mirando él a mi: "No, si yo quiero que me dé algo no más, Ud. no debe tener tiempo". A lo que repliqué: "No, si tengo tiempo, espéreme un momento que me saque esto y que confiese a una persona que me lo ha pedido, y vamos juntos a comer". Me miró con cara de incredulidad, mientras yo iba a sacarme los ornamentos.

Mientras iba a la sacristía se me acercaron un par de personas que nos habían visto hablar a advertirme que no me fiara mucho, que había gente violenta, que me cuidara, que otras veces han pasado cosas feas, que se ha sabido que no se puede confiar ni hacer amistad con quienes viven en las calles... Continué mi camino.

El campanario de la Iglesia Santa Inés de Bohemia
Después de confesar a quien me lo había pedido, y luego apagar las luces de la Iglesia, salí hacia la calle, pero mi nuevo amigo no estaba. Miré hacia un lado y otro, y lo vi un poco más allá. "Amigo, vamos a comer", le dije. "No pensé que fuera cierto que iba a salir, así es que ya me iba. Ud. debe estar muy ocupado". "No, vamos a comer". Así es que partimos a un supermercado cercano que atrás tiene un restaurante mexicano.

Mientras caminábamos me decía que le diera para comer, porque quería llevarle algo a un compañero que vería más tarde, como  las 11, debajo del puente ferroviario donde pasaban la noche. Insistía en hablarme de los mandamientos de nuestro Señor, del amor al prójimo, y yo le encontraba toda la razón, pero le decía que a nuestro Señor le gustaba mucho comer con sus amigos, y sentarse a la mesa, y conversar, y que qué le parecía eso.

Un poco a regañadientes aceptó. Entramos al lugar, y él pidió carne asada - para llevar - dijo. Bueno - pensé yo - mientras lo preparan aprovechemos de conversar un poco. Yo pedí lo mismo. Y nos sentamos a esperar. Conversamos un buen rato, primero presentándonos. Él venía de Honduras, estaba hace tiempo en Chicago, y se lamentaba de tener que estar viviendo en la calle y pidiendo para comer. Me contó de su familia, que tenía un hermano pastor, y varias cosas más. También que había varias hospederías y lugares para acogida de quienes vivían en la calle, donde uno se podía bañar, y servir un plato de comida, y le daban ropa. Yo a su vez le conté de mi, que venía de Chile, que estaba temporalmente en la parroquia. Y así, conversamos un buen rato, también de algunas cosas más personales, y me atreví a darle algunos consejos, entro otros que aprovechara algunos de los lugares donde se podía bañar, ¡para bañarse!

Cuando finalmente estuvo lista la comida nos paramos y la recibimos, y me acerqué a la caja a pagar, pero el cajero me dijo: "estamos OK, una señora ya pagó todo". Me di vuelta para encontrarla. "No, si ya se fue", me dijo el cajero. "Bueno, muchas gracias, habría sido bueno agradecerle a ella también".

Así es que salimos los dos, cada uno con su caja de carne asada para llevar. Yo le insinué que se llevara también la que tenía yo para su amigo. Él me dijo: "No, ¿y usted qué va a comer? Muchas gracias, deme su bendición." Así es que nos abrazamos, le dí una bendición, y luego le pedí una a él de vuelta. "¿Cómo?", me dijo. "Si pues, yo le dí una bendición a Ud. Ahora le pido que Ud. me bendiga a mi". "Ni modo". Así es que me fui contento de vuelta a la casa parroquial, con una bendición, un nuevo amigo, y carne asada con frijoles regalado por alguna señora caritativa.

No nos sacamos una foto, y por respeto no voy a decir su nombre, pero recuerdo con cariño este encuentro, y quería compartirlo. Días después nos volvimos a encontrar y nos saludamos con afecto. 

sábado, 29 de julio de 2017

Derribando muros para vivir juntos

Tras terminar - hace algo más de cuatro semanas - dos años de estudios en Roma, he comenzado un tiempo de visitas a distintas ciudades, intentando asomarme al modo en que en cada lugar los compañeros jesuitas a través de sus instituciones e iniciativa personal, en alianza y colaboración con otros, asumen el desafío de vivir juntos la ciudad y transformarla.

Mural en vestigios del Muro de Berlín 1
Mural en vestigios del Muro de Berlín 2
La primera escala ha sido Berlín. Impresionan los vestigios de la II Guerra Mundial y de la Guerra Fría. Por todos lados hay museos y memoriales, convertidos en paseo obligado de turistas. Tal vez lo más decidor y conocido de todo ese tiempo es el muro de Berlín. Hoy quedan solo algunos cientos de bloques de los miles que tuvo, y los han transformado en un mural en que artistas de distintas latitudes expresan los muros que hay que derribar hoy y el modo de hacerlo posible (pinche sobre las fotos para ver los detalles).

En Berlín una de las principales labores que realiza el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) es la de defender a quienes han solicitado asilo y por distintas razones son deportados, mientras esperan en centros de detención. Intentan coordinarse a nivel Europeo con los demás países y juntos forman parte del Foro Consultivo de FRONTEX, la autoridad europea de control de fronteras y costas, para denunciar abusos y atropellos a los Derechos Humanos.

La segunda parada ha sido en Essen, antiguo centro minero e industrial  hoy reconvertido al sector de servicios aunque con alta tasa de desempleo. Ahí siguen llegando como antaño migrantes y refugiados en busca de un futuro mejor. La mayoría viene de Siria y Líbano, y les exigen aprender alemán para poder obtener un trabajo. Mientras tanto les dan un permiso que deben ir renovando cada uno o tres meses, con lo que difìcilmente consiguen un trabajo transitorio. A los más afortunados y que tienen un oficio, el Estado les asigna una pensión mientras aprenden la lengua

Abuna Frans van del Lugt, S.J.
Hace solo 12 semanas dos compañeros jesuitas, Lutz Mueller y Ludger Hilldebrand, abrieron la 'Abuna Frans Haus', en la que viven con 5 refugiados. Pueden recibir a 3 más. El nombre de la casa es en recuerdo del padre Frans van der Lugt, jesuita holandés que vivió desde 1966 en Siria: defendía con su testimonio cotidiano que antes que cristianos o musulmanes, somos todos seres humanos. El padre Frans fue asesinado el 7 de abril de 2014 en Homs, tras algunos meses de resistirse a abandonar la ciudad asolada por la guerra civil (Ver noticia). Abuna es la palabra árabe para decir Padre o Sacerdote.

La preparación de Lutz y Ludger ha tomado tiempo. Había que arreglar la casa de tres pisos: hace más de 10 años que nadie usaba el superior (mansarda). Ahí han acomodado la pequeña comunidad jesuita - donde tuve la suerte de hospedarme. En el segundo y primero están las habitaciones de los refugiados. En el primero hay una acogedora y extensa cocina-comedor. Es el espacio común, que permite que cada cual cocine, además de ser el lugar de encuentro en las comidas. Uno de los requisitos para poder vivir en la casa es estar dispuesto a colaborar, con un sistema de turnos, en el aseo y cuidado cotidiano.

En el momento de la despedida
Pero no se ha tratado solo de habilitar la casa o de organizar el día a día. Han ido invitando desde hace más de un año a los vecinos: para compartirles la idea de abrir de nuevo la casa aledaña a la iglesia del barrio, y vivir ahí junto a un grupo de refugiados. No han hecho grandes encuentros, sino tan solo con 2 o 3 vecinos a la vez, para contarles los propósitos y pedir ayuda con la acogida. Para sorpresa de Lutz y Ludger, entre todos los vecinos han reunido las cosas necesarias para habilitar las habitaciones y la casa entera: camas, lámparas, estantes, colgadores de ropa, sillones, mesas, sillas ¡hasta un piano les llegó de regalo!

Jesús Buen Pastor
Uno de los arreglos que hicieron a la casa que más llamó mi atención ha sido el de botar un muro lateral: de esa forma - sin el muro - se puede entrar y salir por ahí a la casa y no solo por la puerta principal que da a la calle. Pero además - sin ese muro - todos los que pasan por la calle pueden mirar para adentro, saludar, hasta entrar y sentarse a la mesa, y ver que es posible vivir juntos, no solo teóricamente sino de verdad, cada día.

Algunos vecinos se interrogaban si es que permanecería o no la imagen de Jesús, Buen Pastor, en la fachada de la casa: pensaban que por el hecho de albergar refugiados musulmanes, debiera sacarse esa imagen. La respuesta de Lutz y Ludger ha sido la de iluminarla: tras los pasos de Jesús Buen Pastor intentan caminar juntos, abrir las puertas de la casa y acoger a quien quiera acercarse.

Las ciudades pueden ser lugares muy hostiles para quienes vienen de afuera, o para quienes de distintas formas viven tras los muros de la exclusión. He aprendido en estos días, de forma muy concreta, que aún hoy hay muros que derribar. Y cuando alguno de ellos cae se nos señala - como un faro que ilumina en medio de la noche - que es posible vivir juntos. Ya les contaré de otros encuentros y aprendizajes.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Peregrinación a Taizé

El lugar de acogida y el campanario que llama a la oración
Hace unas semanas, entre el primer y el segundo semestre de los estudios que realizo en Roma, se me regaló la posibilidad de ir a Taizé. Situado cerca de Cluny - antiguo monasterio central de la orden benedictina que configuró Europa desde el siglo XI, en la Borgoña francesa - la comunidad de Taizé es un lugar de peregrinación impresionante.




Antigua iglesia románica de Taizé
Los orígenes de esta comunidad se remontan a los tiempos de la segunda guerra mundial, cuando muchas personas arrancaban en busca de refugio. Francia estaba dividida en dos: el pequeño pueblo de Taizé quedaba a pasos de la frontera. El hermano Roger - fundador de la comunidad - ante la emergencia consiguió esconder a muchas personas, aunque al mismo tiempo comenzó a preguntarse cómo crear un espacio inclusivo, de encuentro, que dejaran de odiarse y matarse quienes decían compartir la misma fe, hermanos, hijos del mismo Padre Dios (algo más de la historia de la comunidad se encuentra acá). El hermano Roger fue asesinado en agosto de 2005. Sus restos descansan en las afueras de la pequeña iglesia de Taizé. Se puede saber algo más de su vida acá.


Al llegar a la Comunidad me recibieron muy amablemente. Solo había en esos días 800 personas, sobre todo jóvenes, me dijeron. Durante el verano llegan a haber más de 5000 personas cada semana, quedándose de domingo a miércoles o de jueves a domingo, o bien la semana entera. Para el alojamiento han habilitado una suerte de barracas-habitaciones, con 3 camarotes cada una. Además durante el verano es posible acampar. Para quienes prefieran hacer un retiro en silencio hay también un espacio habilitado.

El espacio principal de oración en Taizé: la Iglesia de la Reconciliación.
El centro de la vida en la comunidad de Taizé se encuentra en la oración común, que se realiza tres veces al día en la Iglesia de la Reconciliación: temprano en la mañana, al mediodia, al atardecer. Entre medio se ofrecen espacios de catequesis bíblica, para aprender la música, prestar algún servicio de limpieza o preparación de alimentos, encuentros por países, alguna charla temática ofrecida por algún visitante especialista. Estando allá me tocó saber de la situación de los cristianos perseguidos en Medio Oriente. También escuché a uno de los hermanos de Taizé hablar de la experiencia de encuentro entre cristianos y musulmanes en distintos lugares del mundo. Los hermanos viven de su trabajo: algunos de los productos que fabrican artesanalmente, además de los libros con los cantos y la música, se pueden comprar en una tienda.


Con el hermano Claudio
Tuve la suerte de encontrarme con uno de los hermanos de la comunidad de Taizé que es chileno. Claudio - originario de Concepción - me invitó a almorzar el domingo con los demás hermanos. También hice amistad con peregrinos de Holanda, Canadá, Alemania, Bélgica y Francia. Algunos venían en grupos, otros solos: nos encontramos en los distintos talleres que se ofrecían. En un espacio así se hace fácil bajar las barreras que ponemos cotidianamente al encuentro con el que está al lado y entablar conversación y amistad.

Con amigos de Bélgica y Francia



Por estos meses se cumplen 500 años del momento en que Martín Lutero pegó sus 95 tesis en la iglesia del castillo de Wittenberg. Es bien conocida la historia posterior de reforma, contrareforma, excomunión, distancia, desencuentros, hasta guerras y persecuciones violentas. Recién en los últimos 60 años se ha promovido con insistencia desde la Iglesia Católica la integración, el encuentro, el diálogo profundo con otras Iglesias cristianas, intentando hacer posible la esperanza de vivir juntos.

Inspirados en la experiencia de Taizé, en muchos lugares del mundo se realizan periódicamente encuentros de oración usando sus cantos e invitando a una experiencia ecuménica. En las últimas décadas se ha profundizado también en el encuentro interreligioso, más allá de las fronteras del cristianismo.


Con amigos de Canadá, Alemania y Holanda

Alejada del ruido y la vertiginosa vida de las ciudades, la comunidad de Taizé me ha confirmado la importancia del encuentro, la fraternidad y el diálogo, incluyendo en todo ello la oración común de alabanza al Dios creador y redentor. Lejos de la ciudad y el mundanal ruido - como antiguamente se erigían monasterios - el modo de acoger a peregrinos de todas partes del mundo y de invitar a la plegaria común que pude percibir en Taizé es una invitación para la vida en las ciudades.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Superando Babel al cantar y rezar juntos



 ¿Será posible salir de Babel, entenderse y construir juntos otra ciudad que no se acaba?

Durante la Congregación General 36 de la Compañía de Jesús, que ya lleva transcurriendo unas seis semanas, se me ha regalado la posibilidad de participar en el equipo que anima cada día la oración de la mañana. Con la música, la escucha de la Palabra y de algunos textos ignacianos, con el silencio y la intercesión responsorial, los más de doscientos delegados de todo el mundo que participan de esta reunión se disponen al intercambio y discusión de mociones e ideas, a la redacción de documentos, y también a la elección de compañeros para ocupar alguna responsabilidad en la conducción de este cuerpo que somos.

La ayuda del equipo de intérpretes y traductores ha sido fundamental para poder entenderse, y para dar la libertad a cada cual de poder expresarse en la propia lengua materna.  Son diversos los idiomas que se hablan. Hay tres oficiales: el inglés, el español (castellano) y el francés. Solo cinco de los delegados dicen no entender el inglés. La segunda lengua más hablada es el español, seguida -por lejos- del francés. La preponderancia de estos idiomas da cuenta de la colonización de los otrora imperios occidentales por todo el mundo. Aunque en buena parte de los países que alguna vez fueron colonias extranjeras se mantienen las lenguas locales, para poder comunicarse con el resto del mundo usan estas otras. ¿De qué maneras puede expresarse esta diversidad?

Aquí es donde, me parece, ha tenido un papel importante la música, tanto en los ritmos como en el lenguaje. Hemos cantado y hemos sido bendecidos en distintas lenguas: zwajili, guaraní, hindi, inglés, ruso, griego, catalán, árabe, lituano, alemán, latín, gujarati, japonés, coreano, chino, español, tamil… y seguro que se me van algunos. En este enlace se pueden encontrar las oraciones de cada día, tanto descargando los textos como viendo los videos.

Con las melodías y ritmos es un poco más difícil. Ya los instrumentos que tenemos a la mano – guitarra, violín, teclado – cargan la balanza hacia un cierto tipo de música. Además de los cantos de Taizé, que el menos en su melodía son más o menos mundialmente conocidos y existen versiones en varios idiomas, hemos intentado incluir ritmos de otras latitudes. Al comenzar la oración procuramos tocar alguna melodía para calmar los ánimos y aquietar las aguas. Hemos tocado música de Taizé, Pink Floyd, Cesareo Gabarain, Simon&Garfunkel, Julio Numhauser, Víctor Jara, Jorge Drexler, Cristóbal Fones, Fito Paez, Johann Sebastian Bach, The Secret Garden, Martín Valverde, Violeta Parra, y varios otros, combinando melodías explícitamente religiosas con otras que pertenecen a la música popular.

Esta experiencia me ha permitido valorar el poder de la música como constructora de identidades colectivas. El hecho de cantar juntos de algún modo produce o realiza a la comunidad que se congrega. Y, ciertamente, ha sido posible notar cómo al pasar las semanas los delegados han podido cantar juntos.



Francisco José de Roux, jesuita colombiano participante de la CG, y que ha colaborado por años en los diálogos de paz entre los grupos en conflicto en Colombia, habla de este grupo de congregados como una parábola del proceso de diálogo, unificación, reconciliación, encuentro, etc. que Dios quiere conducir en el mundo, entre grupos diversos, de distintas razas, lenguas y experiencias. Este hecho, según él, es lo más significativo de la realización de la Congregación General. Acá puedes ver su testimonio.



lunes, 31 de octubre de 2016

Vivir en comunidad una Fe que ilumina

Una de las particularidades de vivir en Roma en una comunidad conformada por 70 sacerdotes de más de 40 países distintos, es que podríamos tener muy poco contacto con la sociedad italiana: siempre hay suficiente 'cuento' al interior de la comunidad. Además cada uno puede perfectamente, y con razones de sobra, dedicar su tiempo en exclusiva a los estudios.

Con Roberto arriba del bus que nos llevó en mayo a la fiesta de la primavera (junio 2016)
Aconsejado por un amigo jesuita que había estado años atrás acá, he participado desde hace poco más de un año en la comunidad San Roberto Bellarmino de Fede e Luce. Inspiradas en la experiencia y espiritualidad de Jean Vanier y El Arca - comunidades permanentes de personas con distintas capacidades - las comunidades de Fede y Luce se reúnen más o menos un domingo al mes, a compartir la fe y el almuerzo, a celebrar la vida, a cantar juntos,  a hacer alguna actividad formativa o recreativa, a acompañarse y cuidarse. El encuentro mensual y su preparación es una invitación a gozar de la simplicidad de estar juntos, atentos a lo que cada uno necesita y dispuestos a poner lo propio.
 
Con Simona en la fiesta de la primavera (junio de 2016)

Hay varias palabras o expresiones que se me ocurren para describir la experiencia de participar en esta comunidad: cuidado; inclusión; acogida; cariño; gratuidad; caminar juntos; esperar al que va más lento y caminar a su ritmo; reconocimiento. Estos meses con mis nuevos amigos de Fede e Luce me han abierto los sentidos y me han dado algunas pistas para comprender un poco más de qué se trata la eficacia del Evangelio que es promesa de felicidad.

lunes, 3 de octubre de 2016

Cuando era más joven ( ˘˘з)♬♪

            Fablice Manirakiza nació en Burundi. En virtud de la persecución política y étnica de la que era testigo y víctima en su tierra, y del reclutamiento forzado para sumarse a la milicia cuando era un niño, decidió arrancar apenas se le presentó la ocasión. Tras escapar de su país vivió algunos años en un campo de refugiados en Tanzania. Estando ahí comenzó a canalizar sus problemas y angustias a través de la música.
Llegó a Australia en 2007 y afortunadamente su petición de Refugio fue acogida favorablemente. Tras andar por distintos lugares, intentando encontrar redes de apoyo, llegó al Artful Dodgers Studio de Jesuit Social Services. Ahora es conocido como FLYBZ: grabó hace algunos años su primer disco.  Fui testigo de su relato conmovedor acerca de como este lugar se había convertido en un verdadero hogar: un lugar donde desarrollarse y crecer, junto a muchos otros jóvenes.
A quienes llegan acá se les ofrece la posibilidad de explorar su creatividad a través de la música u otras manifestaciones artísticas, y a partir de ello, a participar de otros programas como Connexions y el Jesuit Community College. Tal vez el caso de Fablice sea excepcional respecto del relativo éxito que ha alcanzado como artista: pero de casos como el de él en realidad está plagado. Le pedí que nos sacáramos una foto y aceptó feliz.
Pude escuchar a Fablice dar un testimonio de su experiencia, y hablaba de San Ignacio y de la Espiritualidad Ignaciana como una herramienta de transformación social, usando la imagen de un puente que une mundos distintos y posibilita comunicación y crecimiento. Y pude escuchar y bailar su música en vivo y en directo, entre otras una canción llamada When I was younger, en que cuenta de su experiencia y aprendizajes hasta ahora, a partir de lo que le enseñaron sus papás antes de que los asesinaran: creer en Dios, que nos acompaña y ayuda; tratar a los demás con amor y respeto; ocuparse de tener una buena educación con lo que esté a la mano. Realmente muy inspirador (el video con la canción se puede ver a continuación).

 Una de las consignas del Jesuit Social Services que pude ver en vivo y en directo en este y otros programas ha sido la de nunca dejar de confiar en las personas, especialmente si son jóvenes. Ofrecen espacios como este Estudio, pero además van a la cárceles para ayudar a la reinserción de quienes cumplen su condena; acompañan a quienes han pedido asilo; trabajan con quienes han sufrido la pérdida de un ser querido que se ha suicidado; acompañan a los pueblos originarios en sus luchas y organización, y un largo etcétera. 
Muchas de estas iniciativas son financiadas con aportes de particulares y otras tantas son parte de programas del mismo gobierno que buscan contribuir a que los que por distintas razones tienen alguna dificultad o tropiezo, puedan ponerse de pie y aportar con su vida, talentos, creatividad, etc., a la sociedad. La aproximación proactiva a los problemas de distinta índole que afectan a la juventud me ha llamado positivamente la atención: más que criminalizar o solucionar todo con multas o medidas precautorias (que no es que no lo hagan en algunos casos), se trata de ayudar a cada cual a sacar lo mejor de sí. Una de las aproximaciones que tienen en el trabajo con jóvenes es el de la reducción de daño, que en Chile ha sido implementada y promovida por la Fundación Paréntesis, asociada al Hogar de Cristo.

Para conocer algo más de estas instituciones y personas, puedes seguir los siguientes enlaces:

miércoles, 7 de septiembre de 2016

¿Cómo puedo ser tan gordo como Ud.?

Hace un tiempo tuve la oportunidad de visitar Manvi, un lugar donde los jesuitas de la provincia de Karnataka han iniciado hace unos 15 años un trabajo fecundo que incluye, entre otras cosas, un colegio, internados, y también un centro social para apoyar a las comunidades tribales que viven en las aldeas vecinas. Todo esto en coordinación con la cercana misión de Pannur, donde también tienen un colegio y un internado, además de un dispensario para la atención médica, llevado adelante por unas hermanas. Recientemente han terminado de construir en Pannur el templo parroquial.

Caminando un día sábado por la tarde por las canchas del campus que acoge todas estas instituciones, se me acercaron amistosamente unos muchachos. Tras las primeras preguntas rompehielo (cuál es su nombre, de dónde viene, hasta cuándo se queda, etc.) les pedí que me enseñaran las reglas del criquet, que sus compañeros jugaban unos metros más allá. Con gusto lo hicieron, a pesar de sus dificultades con el inglés y mi total ignorancia respecto de su propia lengua, el Kannada. (Entre nosotros, no me pareció muy entretenido el criquet, al menos al mirarlo, tal vez otra cosa sea jugarlo. ¿O será que no entendí?).

Tras terminar con la explicación, uno de ellos me preguntó, con voz más o menos seria: ¿Cómo puedo ser tan gordo como Ud.? 

De a primeras no me gustó nada la pregunta, y se lo dije. Puede que sea maceteado, que esté sanito, que parezca fuerte, ... pero ¿gordo? 

Entendí el fondo de la pregunta. A sus 16 años no consigue "echar cuerpo".

Le hablé de que tenía que preocuparse de comer bien, y también de hacer deporte. 

Lo que no le dije es que probablemente a esta altura no hay mucho que hacer: lo que no comiste cuando eras un niño, o lo que tu madre no comió mientras te amamantaba, es muy difícil de  recuperar. Ello determina de algún modo la contextura, y varios otros desarrollos posteriores, incluida la situación de salud, la espectativa de vida y en cierto sentido puede afectar también el desarrollo intelectual. Tampoco le dije que en el otro extremo, el sobrepeso o la obesidad tiene sus riesgos.

Estaban muy preocupados de que no me fuera a olvidar de sus nombres. Así es que les propuse sacarnos una foto y escribirlos en ella. Acá está. Akash de 10 años, Yallappai de 14, y los dos Basavaraj de 16. A mis 39 me veo ciertamente más grande - y gordo - que ellos. Atrás, sus compañeros juegan criquet.

Me alegré de que a ellos se les diera la oportunidad de hacer amistad, estudiar, hacer deporte y formarse en este lugar, además de recibir una buena alimentación cada día. Hay muchos otros lugares en los que esta posibilidad simplemente no existe.


lunes, 22 de agosto de 2016

El costo de la vida

Desde fines de marzo de 2015 ando patiparreando por distintos lugares, en algunos de paso, en otros más estable, y una de las cosas que me ha impresionado son las abismantes diferencias en el costo de la vida. Para ilustrar esto voy a acudir a una experiencia sensible: ¡un corte de pelo! No porque éste sea cada vez menos abundante en mi cabeza no requiere de cuando en cuando una enchulada. En Santiago de Chile solía ir a una peluquería que queda cerca de la Iglesia San Ignacio, y recuerdo que ahí me costaba alrededor de $2.500: o sea un poco menos de US$4.

Aviso de peluquería en Melbourne, Australia.
Estando en Berkeley, California, en junio de 2015, cuando ya los pocos pelos que tengo en la cabeza empezaron a desordenarse me puse a buscar un lugar. Y llegué a encontrar uno en las cercanías del Museo de Oakland, asociado a una escuela de peluquería - por lo tanto era un poco 'contigo aprendo', supuse -, que por la módica suma de US$12 me dejó como nuevo. El peluquero era un inmigrante chino que había instalado hace un buen número de años este local. Hizo muy bien su trabajo, aunque no pudimos cruzar muchas palabras, más allá de darle a entender que prefería que usara tijera y no máquina. Era de las peluquerías baratas - alrededor había algunas que cobraban desde US$25 - y el servicio bastante bueno. Lo mejor: en silencio.

Desde la costa oeste norteamericana me fui a Italia, y el siguiente corte de pelo me tocó en Nápoles - donde estuvimos todo agosto estudiando intensivamente italiano. Aunque no recuerdo su nombre, tengo imborrablemente grabada la escena del peluquero hablando hasta por los codos, preguntándome que de donde venía, donde me estaba quedando, etc. Cuando supo que en la comunidad jesuita cercana, me contó de su amistad de años con distintos sacerdotes, y que ahora algunas veces lo llamaban para que fuera a cortarle el pelo a los más ancianos que están bastante impedidos de moverse. El tipo muy simpático, el corte de pelo ahí no más, medio apurado a pesar de que no había nadie más esperando... €15.

Las siguientes ocasiones ya me tocaron en Roma - el destino estable de este tiempo fuera. Fuimos con un compañero venezolano a una peluquería ubicada en una de las calles que conectan la Piazza Navona con el Vaticano. Muy amables los peluqueros, y sin hacer muchas preguntas, aunque el precio del corte era €15, nos hicieron un 2x1, así es que quedamos en €10 cada uno. Fui ahí un par de veces más en los meses sucesivos.

Cerca de semana santa de 2016, y tras celebrarla en Monzambano (como les conté en otro posteo), mis pasos se dirigieron a Barcelona y a Madrid, en son de conocer obras sociales de los compañeros por allá. Pregunté a los padres de la comunidad de Sarriá algún dato y gustosos me ayudaron, advirtiéndome que si quería además pasar un buen rato, le hiciera un par de preguntas al peluquero sobre la situación política del país. Dicho y hecho. Por €17 me enteré de todas las copuchas - además de varias palabrotas que no tenía en mi léxico. Caro y no tan bueno, pero en fin...

A pesar de todo, de cuando en cuando hay que cortarse el pelo.
(En la foto con Anuranjan Hassa Purty S.J., Director de AROUSE, Gumla, India)
Ya a punto de comenzar el verano me enteré que en mi comunidad romana había un compañero indio que sabía cortar el pelo y que tenía todos los implementos para hacerlo (incluso hay una pequeña sala para ello). El costo: hacer aseo en la sala después. Buena conversa y buen corte de pelo. No fue tan difícil hacer aseo, al fin y al cabo tengo poco pelo. El costo, hablando en plata, €0.

Y la última cortada de pelo me encontró en Mundgod, un pequeño pueblo al norte del estado de Karnataka, en el sur de la India. Recomendado por el jesuita director del centro social donde estaba, y por tan solo Rps60, además del corte de pelo (que habitualmente cuesta Rps50) y sin consultarme siquiera, me gané un relajante masaje capilar y del cuello, que me vino bien después de varios días viajando en bus por las noches. No pude cruzar palabra - el peluquero hablaba solo Cannada -  sino que con gestos le di a entender cómo quería el corte. Fue por lejos - de todos los cortes de pelo de este año - quien le puso más empeño y dedicación. Rps60 al tipo de cambio del momento es un poco menos de US$1.

Podría hacer un ejercicio similar a este reseñando el costo y la calidad del transporte público. Lo dejo para otra ocasión. Simplemente al final agrego que el costo de la vida va reflejando el valor que le asignamos a los bienes y servicios que ofrecemos, recibimos y/o consumimos. Otra cosa es cómo traducimos a precio tal valor. En algunos casos los precios están inflados y debiéramos poder regatear - es casi una ofensa no hacerlo en algunos lugares -, en otros lados están establecidos y publicados a la vista de todos (en la India, por ejemplo, todo producto viene de fábrica con la inscripción del precio máximo que se puede cobrar; en varios lugares hay precios fijados de antemano, por ejemplo en servicios de taxi, como un modo de proteger al viajante del abuso de los taxistas).

Regálese 5 minutos y escuche a Juan Luis Guerra y los 4:40 en el Festival de Viña del año 2006: "El costo de la vida".